Liga de Campeones | Liverpool 1 - Chelsea 0

Dios salve a Reina

El español fue el héroe del Liverpool. Paró dos penaltis. Segunda final de Benítez en tres años

<b>EL NUEVO ÍDOLO DE ANFIELD</b>. Reina, que ya fue el jugador del Liverpool más destacado en Stamford Bridge, repitió ayer como héroe. El español, de 24 años, es el principal responsable de la solidez defensiva del Liverpool y sólo ha encajado cinco goles en la presente Champions tras diez partidos jugados.
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El Liverpool te enseña que se puede ser de un equipo por adopción y por seducción. No es necesario heredar el cariño ni la camiseta, hay amores adultos. Para convertirse a esta religión es suficiente con escuchar ese himno (canción que cantó Elvis sin éxito) y ese coro, basta con dejarse envolver: "Nunca caminarás solo. Al final de la tormenta hay un cielo dorado...". Resulta evidente que los dioses del fútbol también tienen canciones y colores favoritos. El Chelsea piensa que lo tiene todo, pero le falta un himno así. Que compren a Elton John, si pueden. Por ese motivo y por los brazos de Reina el Liverpool jugará la final de la Champions el próximo 23 de mayo en Atenas, dos años después de su triunfo en Estambul, por penaltis, esa lotería. Ja.

Visto con la perspectiva de los cinco minutos transcurridos, la eliminatoria tenía que propiciar un final así, liberado de estratagemas. Los dioses escogían armas: uno contra uno, sin entrenadores. Y en ese combate sopló el aliento de Anfield sobre el espíritu del Liverpool y su portero, Pepe Reina, desde ayer el mejor del mundo junto a Cech y Casillas. Eso valen sus dos penaltis parados: una final de Champions. También merecen una canción.

Todo es curioso, el fútbol y la vida. Al comenzar el partido, Reina era el único español sobre el terreno de juego (dos en el banco: Xabi Alonso y Arbeloa), quizá porque Benítez quiso despejar las dudas que sembró Mourinho cuando se supo que arbitraría un español, Mejuto, el mismo colegiado de la final de 2005. Si fue un gesto de gallardía, habrá que hablar desde ahora de Lord Benítez. Si fue un movimiento táctico, también resultó.

Porque a los 22 minutos, el Liverpool ya había igualado la ventaja del Chelsea. El gol nació de la estrategia, justo lo que más podía atacar al ego de Mourinho y a sus cientos de cuadernos plastificados. Gerrard sacó desde la banda izquierda una falta que él mismo había provocado. Pero en lugar de enviarla al centro de la olla, donde asomaba la cabeza de Crouch como un periscopio, dirigió la pelota paralela a la frontal, en dirección a la zurda de Agger, que remató seco y raso, junto a la base del poste que le miraba. Fue una jugada de cartabón, obvia, un jaque pastor.

El rugido. El gol rellenó el depósito del Liverpool, que había hecho uso del comodín del público, ese rugido que vale por un tanto. Su arrancada lo había merecido. La apuesta de Benítez por Pennant y Zenden ofrecía alas al equipo, al tiempo que la dirección de Gerrard y el trabajo de Mascherano daban salida y solidez al centro del campo.

Gerrard, especialmente, volvió a demostrarnos que lo hace todo con una pasión conmovedora. Y no es un picapedrero que supla con entusiasmo su falta de calidad. Es un futbolista como cuentan los libros que eran antes los centrocampistas buenos. Con gol y alma. Si es difícil ficharlo habría que intentar clonarlo.

Hasta los 31 minutos no llegó el primer acercamiento del Chelsea, el único de la primera parte. Como no podía ser de otra forma, fue un cañonazo de Drogba que despejó Reina con un braceo tan rápido como las hélices de un helicóptero. El susto obligó a la reflexión: a un delantero tan gigantesco no le corresponde un nombre tan dulce como Didier; debería llamarse Napoleón. O Mogambo.

Sin embargo, a pesar de su proverbial racanería, hacia rato que el Chelsea dominaba el partido con su parsimonia típica, si es que ese adjetivo vale para un choque con chispas. Mejuto ayudó en ese sentido: para no deslucir el espectáculo, dejó jugar y pegar. Suerte que los futbolistas eran ingleses (o asimilados), porque de otro modo aquello podría haber acabado en tiroteo de saloon.

Era lógico que el Liverpool se tomara un descanso. Más que un coro, lo que hace Anfield es un boca a boca, pero si sigues el ritmo que impone la grada puedes fallecer en el minuto 70, o así.

En la segunda mitad, las mejores ocasiones siguieron siendo locales. Cech salvó un cabezazo picado de Crouch y el larguero repelió otro de Kuyt. El Chelsea, sin centro del campo (Lampard, missing), entregó de nuevo el timón a su rival. Sin duda, la ausencia de Carvalho hacía daño Mourinho. También su modo de corregirla: Essien de central es como utilizar un tanque para hacer sombra. Ese movimiento perjudicó más al centro del campo del Chelsea de lo que benefició a su retaguardia.

Suspense. Los 90 minutos finalizaron con el mismo marcador y el partido se vio abocado al tiempo extra. Y meterse en una prórroga con el Chelsea es como entrar en un callejón oscuro, pero de su barrio. Porque ellos son más fuertes, más duros, diseñados para ganar los partidos infinitos.

Sin embargo, el Liverpool no bajó los brazos. Ni Anfield tampoco. Nunca caminarás solo. Supongo que de tanto escucharlo, acabas por creerlo y te imaginas al frente de una manifestación. Kuyt marcó a los siete minutos de la prórroga al aprovechar el rechace de Cech a un gran disparo de Xabi Alonso. Pero Mejuto lo anuló por fuera de juego de milímetros. Buena vista.

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La mejor oportunidad del Chelsea vino tras una internada de Wright-Phillips que no culminó Drogba. Decidirían los penaltis y los porteros. Y decidió Reina, Anfield, los dioses. Robben y Geremi fallaron sus lanzamientos y Kuyt marcó el tiro decisivo.

Ningún equipo había remontado un 1-0 en la ida de unas semifinales de la Copa de Europa desde 1986, cuando lo logró el Steaua ante el Anderlecht. El Chelsea, invicto desde que perdió en Anfield en enero (24 partidos desde entonces), quedaba eliminado en semifinales por tercera vez en cuatro años. Otra vez el Liverpool, ese equipo al que debe observar con catalejo en la Premier. Estos dioses son otros. Los de la Champions cantan. Y hablan español.

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