Liga de Campeones | Chelsea 1 - Liverpool 0

Reina vuela sobre Drogba

Las intervenciones del portero español dejan con vida al Liverpool. Drogba impulsó al Chelsea. Los reds mejoraron en la segunda mitad. Decidirá Anfield

Un instante del partido de ayer
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Se sabía mucho antes del inicio, desde el sorteo: sería un partido de resistencia, como siempre que el Chelsea salta a un campo. Porque ese equipo no juega, produce. Muchas veces lo comparamos con una máquina, pero eso sería poco y hasta vulgar. Chelsea es un barrio donde no se ven otros calcetines blancos que los de su equipo de fútbol. Chelsea es glamour, el hogar imaginario de James Bond y el domicilio habitual de Agatha Christie y Freddy Mercury, por citar personajes desaparecidos y dispares. Allí vivieron también algunos miembros de los Beatles y los Rolling Stones. Allí nació el punk antes de engominarse el pelo.

No es casual que en tan selecto vecindario aterrizara un día Roman Abramovich, ese hombre que se compró el club como otros nos compramos la camiseta. Cuestión de presupuesto. Por eso, de ese huerto de billetes y boutiques no podía brotar un grupo simplemente trabajador y sencillamente abnegado, obrero. La inversión infinita obligaba a un equipo perfecto y científico, bello, con todas las virtudes que puede comprar el dinero, que son casi todas menos la brillantez y la seducción.

Mientras el Liverpool quiso luchar por ver quién era más científico de los dos (durante casi toda la primera parte), resultó ampliamente superado. Benítez, que es un entrenador estudioso, tiene esa peligrosa inclinación por la trigonometría. Y no niego que en esas ecuaciones se esconda parte del éxito del Liverpool, pero es la pasión lo que convierte a ese equipo en algo especial, capaz de ganar una final de la Champions después de ir perdiendo 3-0. Y la pasión implica cierto desorden, desequilibrio, liberar a Gerrard...

El mérito de Benítez es que, aunque se resiste a la anarquía, acaba cediendo y tal vez así sus futbolistas la disfruten más. Pudiera ser un plan, pero el problema es que eso conduce al equipo a situaciones límite. Como pelear contra el Chelsea con un gol en contra y en el precipicio de la eliminación. Morir para vivir.

Toda esa ventaja concedió el Liverpool en la primera mitad. Obsesionado por el trabajo y el control, Benítez apostó por Bellamy como pareja en la delantera de Kuyt. Y aunque nadie pone en duda la disciplina de Bellamy, su calidad despierta cientos de sospechas. Pero ese no fue el principal error. Lo peor fue recluir a un futbolista tan influyente y decisivo como Gerrard a la banda derecha. Y sin el alma del Liverpool, el Liverpool no tiene alma. Eso también son matemáticas, de primer grado.

Al acecho.

En esas condiciones, al Chelsea le bastó esperar a su modo, golpeando el tabique del vecino, aguardando a que el rival perdieran la paciencia. Y la perdió pronto. Varios errores consecutivos del Liverpool pusieron en grave riesgo a Reina, que respondió con una parada centelleante a un remate venenoso de Lampard. Luego no hizo falta equivocarse, porque acertó Drogba. Carvalho ("roble", en portugués, nada es casual) robó en la frontal de su área, avanzó por el tablero y cedió al africano, que convirtió lo mundano en divino. Con una suficiencia asombrosa, se deshizo de Agger y asistió al eléctrico Cole, que se presentó tan rápido que casi despega. Se celebró mucho. Para un equipo así, un gol es un bono por objetivos.

El Liverpool estuvo medio noqueado los minutos que siguieron y el Chelsea nos descubrió que su fortaleza y su debilidad tienen la misma cara, la de Drogba y su pelo frito. Él es el mástil y las velas de un equipo que de otro modo sería un petrolero varado supurando hilillos de plastilina.

En la segunda mitad cambió el panorama. Como si el Liverpool hubiera recuperado en el vestuario su verdadera personalidad, la que le forjó Bill Shankly, entrenador e ideólogo, el mismo que un día de 1964 decidió sustituir el habitual pantalón blanco por uno rojo porque pensó que eso tendría impacto psicológico en el rival, rojo poder, rojo peligro, rojo sangre. Lo tuvo.

En la mejor oportunidad visitante, Gerrard disparó un cañonazo a la Santa Bárbara enemiga y Cech respondió con una estirada formidable. Se enfurecen los seguidores del Chelsea porque su portero no haya sido incluido en el once ideal de la Asociación de Jugadores, donde sólo Drogba representa a los blues. "Ha vuelto al equipo después de que le hayan fracturado el cráneo. ¿Qué más debe hacer, nadar en un río infestado de cocodrilos?". Eso escribe Giles Smith, columnista de cámara. Visto el partido de anoche, el razonamiento también serviría para apoyar la candidatura de Reina.

Sí, porque aunque el Liverpool hizo todo lo posible por agarrarse a su prestigio y a su escudo, ese que luce el cormorán (liver bird) que representa a la ciudad, el Chelsea volvió a apoderarse del choque en los últimos minutos, cuando el partido se despejó de argumentos y quedó expuesto a la resistencia física, a la fuerza y los pulmones. Entonces, el equipo más fuerte de cuantos se existen se multiplicó por diez y volvió a gozar de una ocasión para matar la eliminatoria.

Ahí surgió Reina. A diez minutos para el final, Lampard enganchó un disparo en romántica media volea y el español contestó con agilidad y reflejos, sensacional y nuestro. Sumada a su primera intervención ante el mismo rematador, su parada es de las que encumbran a un guardameta y le convierten en salvador y chico de moda.

Creo que si no llegó más el Chelsea es porque hablamos de un gigante con un extraño sentido de la ambición, contenido hasta en los deseos. De no ser por las muescas en el revólver de Mourinho diríamos que el impulso es muy similar al conformismo, al calculado desaliño que luce este entrenador que nunca parece haberse acostado la noche anterior.

Ahorro.

Por otro lado, los duelos entre el Chelsea y el Liverpool suelen ser fútbol de economato, festivales del ahorro donde cada gol tiene el valor de un viaje al Caribe... o a la final de la Champions; de momento, el paraíso imposible del Chelsea: tercera semifinal en cuatro años.

El Liverpool salió vivo y esa debe ser su buena noticia. También puede concluir que con Crouch en sustitución de Bellamy el equipo gana una amenaza permanente y pierde un funcionario de correos. O que el argentino Mascherano aporta entre poco y nada. Es curioso este jugador. De paso por su tercer equipo en la misma temporada (antes Corinthians y West Ham), todavía exhibe fama de última Coca-Cola del desierto. Quizá seamos insensibles a su arte de termita, pero ayer, en concreto, no se destacó más que para entregar el balón al contrario. Y tampoco brilló Xabi Alonso, gran centrocampista dedicado al sabotaje.

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Si el nudo de esta historia se planteó en Stamford Bridge, un estadio con aspecto de centro comercial y donde el Chelsea suma 36 partidos sin derrota, el desenlace tendrá lugar en Anfield, la hoguera de los reds. Un factor que iguala el tonelaje del gol de Joe Cole, un jugador con el reconocimiento inverso a Mascherano: es el refresco invisible.

Hay quien piensa que los dioses del fútbol deberían reanudar esa final maravillosa que disputaron hace dos temporadas el Liverpool y el Milan. Pero temo que los dioses del fútbol se rigen por tablas diferentes a las nuestras. Llegar hasta Atenas requiere hazaña. Lo repiten las madres milenarias: así sabrá mejor.

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