Rooney capea el tifón Kaká
El delantero inglés marcó su segundo gol en el tiempo añadido Kaká marcó otros dos goles y fue ovacionadoCristiano Ronaldo lo intentó sin acierto

Discutíamos quién es el mejor futbolista del mundo y, cuando Kaká aventajaba a Cristiano Ronaldo, apareció Rooney para reclamar su condición de barrilete cósmico. Porque este muchacho, recortado y compacto como una bombona de butano que alguien hubiera lanzado al viento, es otro jugador formidable en la edad de los prodigios: 21 primaveras, ocho meses más joven que Cristiano y cuatro años menos que Kaká. Si lo olvidamos por un instante, pedimos perdón para siempre.
No pretendo decir que por haber marcado dos goles, Rooney iguale el fabuloso talento de Cristiano Ronaldo o el genio poético de Kaká. No, sería como comparar un martillo con un bisturí. Pero creo que tal vez habría que modificar el debate: la cuestión no es quién es el mejor futbolista del mundo, sino quién juega mejor al fútbol. Y así nos caben ángeles y demonios, apolos y retacos, guapos, feos y el empeine de Paul Scholes.
Ya lo ven, el partido resultó tan fabuloso que nos dio para reflexiones así de místicas. No es casualidad jugar las semifinales de la Champions y lo es menos llamarse Manchester United y Milan, las alas del momento y el peso de la historia. Es en un duelo así, en Old Trafford, cuando un futbolista le explica al mundo quién es y cómo se escribe. Lo hizo Fernando Redondo con un regate de tacón y lo consiguió Ronaldo años después con un hat-trick memorable.
Anoche fue el turno de Kaká. Y su situación no era sencilla, porque la explosión de Cristiano Ronaldo ha aligerado su fama de heredero, hasta convertirlo en príncipe de un puñado. Sin embargo, en el día y en la hora, entre el ruido de un encuentro que sonaba como las espadas de Camelot, Kaká surgió para rescatar a su equipo y para rescatarse a sí mismo. A los cinco minutos, el Milán ya perdía 1-0. Dida había empujado a la red un cabezazo de Cristiano Ronaldo y su equipo se veía totalmente superado por las acometidas de ese Manchester y de ese público. Fue entonces, al calor del infierno, cuando Kaká galopó hasta Van der Sar y le batió raso y cruzado, medio suave, imposible arriar tantos metros de portero en tan poco espacio.
No tardó en repetir. Como respuesta a un zurdazo de Cristiano Ronaldo, Kaká se deshizo de tres defensas, que chocaron como los policías de Charlot, y volvió a marcar por bajo profundo. Dio gracias al cielo y Old Trafford se dio por aludido y aplaudió. No es un estadio: son 76.000 hombres justos.
Confianza. El Milan se sintió como en casa. Y no es raro, porque el club fue fundado por un inglés, por ese motivo no se llama Milano (como se denomina la ciudad en italiano). Fue un error creerse seguro. Como también fue un desastre perder a Gattuso, que son los pies sobre la tierra, la conexión con la caverna. El Manchester continúo insistiendo, casi siempre inclinado del lado de Cristiano Ronaldo, que arranca motos y ovaciones, pero al que le puede la impaciencia y el ansia. Es Supermán, pero aún debe controlar sus superpoderes.
El Manchester tardó en descubrir que tiene más. Por ejemplo, al mejor pelirrojo del mundo, Paul Scholes, un centrocampista soberbio. Su modo de activar a Rooney con un pase de tobillo y empeine que salvó en globo la defensa milanista fue sublime. Tampoco fue malo el gol de Wayne.
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Con una sucesión de ocasiones e impulsos heroicos se completó el tiempo reglamentario, reculado el Milan y tan volcado su enemigo que merecía gloria. Y la tuvo. Fue un latigazo de Rooney, un disparo sin armar la escopeta, un zas. Dida se lo comió, pero venía dulce.
Era lo más justo en el lugar más justo. El broche perfecto para un partido inmenso, una riada de fútbol tremendo y emocionante, con los mejores jugadores del mundo disputándose el trono. Pasó todo y no pasó nada. San Siro tiene la última palabra. Gran juego este.



