El rodillo pasó por Riazor
El Sevilla destrozó al Depor en 15 minutos. Los de Caparrós nunca fueron un rival serio. Poulsen, Alves y Kanouté, soberbios. La vuelta es un mero trámite


Joaquín Caparrós definió esta semana a su Sevilla como "un rodillo", y eso fue exactamente el equipo que pasó por Riazor. Los de Juande realizaron una primera media hora para guardar en la videoteca de las escuelas de fútbol y acarician la primera final del sueño del triplete. Fue simplemente un golpe de realidad para el actual Depor, que está a años luz de la máquina de Nervión. Los Alves, Kanouté, Poulsen, Navas y compañía convirtieron ayer el partido de vuelta en un trámite y probablemente cierran de un duro portazo el ciclo exitoso de un Deportivo que ayer pasó el testigo a una nueva potencia futbolística que todavía no sabe dónde estará su techo.
La ilusión coruñesa duró exactamente hasta que el balón se puso a rodar. Desde ese mismo instante los de Juande parecieron estar disfrutando de una plácida mañana de entrenamiento en la Ciudad Deportiva de Sevilla y el Depor, vivir un tormento. Era como cuando eras pequeño y el patio estaba en poder de los mayores. Normalmente te lo quitaban, pero a veces jugaban contigo para disfrutar y lucirse. Los abusones del Sevilla montaron un rondo con el Babydepor. En tres minutos habían sacado tres córners, y en diez había llegado a la portería Munúa con una facilidad que sacaba los colores a la grada.
La superioridad del rodillo sólo tardó 11 minutos en plasmarse en el marcador. Kerzhakov recibió un balón tras una buena jugada por la banda izquierda y la tocó a la perfección para dejar solo a un Kanouté al que habilitaba un despistado Juanma. El malí, como suele ser habitual, no perdonó. Sólo dos minutos más tarde Alves se recorrió todo el campo para servir otro perfecto pase de gol a un Navas que sentó a Munúa. Dos goles, cuatro protagonistas. Y es que en este Sevilla suele ser complicado decir quién es el mejor.
No se había llegado a los quince minutos y la semifinal parecía ya sentenciada. A partir de ese momento, los mayores, los dueños del patio de Riazor, se relajaron un poco. Adrián intentó alguna cosita, Arizmendi buscó desbordar sin éxito, Andrade lanzó algún pase diagonal para intentar sorprender... cosas de niños para la solvencia del aspirante al triplete.
Lo preocupante del Deportivo es que ni siquiera demostraba esa rabia que te salía de niño cuando te bailaban en el patio. La raza y la sangre del maestro Caparrós no caló en unos alumnos que parecían saber antes de empezar el partido que estaban de prestado en el patio.
A la desesperada. Con un marcador de 0-2 en el primer tiempo y en tu estadio, poco hay que perder. Caparrós, que realizó una convocatoria que apenas le dejaba opciones ofensivas en el banquillo, fue con lo que tenía. Primero Taborda y luego De Guzman y Sergio entraron en el partido en busca de una reacción. El control seguía siendo potestad del Sevilla, pero al menos los coruñeses pegaron algún fogonazo. Primero Arizmendi, luego Adrián (el único que hizo algo diferente) y más tarde Coloccini. Voluntad individual frente a convicción y calidad colectiva. O sea, fuegos de artificio.
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El Sevilla, cómodo con su ventaja, incluso se descuidó un poco en esta segunda parte. Juande dosificó fuerzas y un Deportivo conducido por un voluntarioso Sergio intentó, al menos, maquillar el resultado. Desde luego no era el día de los gallegos, y hasta Cobeño tuvo la oportunidad de lucirse a un remate de Taborda. Las desgracias para la parroquia local duraron hasta el último segundo, en el que Andrade realizó un absurdo penalti que terminó por hundir a una nave blanquiazul que naufragaba en el campo desde el minuto uno.
Este Sevilla tiene el sello de los grandes, porque da igual quién juegue. Porque casi da tanto miedo su banquillo como los jugadores que tiene sobre el campo. Ayer abusó del Babydepor, pero tiene pinta de que muy pocos equipos le van a disputar ser el rey del patio.



