Taquigol en El Toralín
El Málaga deja ir dos puntos después de remontar


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En el Toralín no hay terreno llano, el campo se vuelca a izquierda y derecha, se juega bajo los parámetros del descontrol y estás muerto, pero a los cinco minutos vivo. Por eso el Málaga no ganó ayer en Ponferrada. O por eso no perdió. Porque el partido se le escapó a seis minutos del final después del gol de Risso, pero antes lo había recuperado. Y eso después de haberse tambaleado. Menudo vaivén. El punto no le hace excesivamente feliz porque le obliga a seguir sufriendo, pero mucho más que a la Ponferradina, que ayer pegó una de sus últimas bocanadas. Está agonizando.
Cronología de acontecimientos. El Málaga marcó el territorio en los diez primeros minutos. Jugó con autoridad, sin temor a las traicioneras dimensiones del estadio, una ratonera perfecta para la guerrilla que propone el equipo de Pichi Lucas cada dos domingos. Los de Muñiz se empezaron a creer dominadores, pero lo que estaban haciendo era morder el cepo. A la primera que llegó, la Ponferradina soltó un estacazo. Fue Baha, que se revolvió con la connivencia de la defensa, demasiado contemplativa en los dos goles leoneses. Con la inercia del 1-0, el Málaga pasó un mal rato y no encontró soluciones. Raponi y Fran hicieron daño en las bandas. Salvó Goitia, seguro en el juego aéreo. El descanso fue salvador. Muñiz, valiente una vez, cambió de plan y de sistema, Introdujo a Morales, factor desequilibrante aunque sea por su corpulencia, Molinero y Stosic, lento y sin condición física como Iván Leko cuando aterrizó en Málaga, pero clarividente e interesante. Con recursos. Un buen proyecto de jugador que empezó con un tacón una jugada de tiralíneas que terminó en el 1-1. El gol lo marcó Hidalgo, el futbolista con más fe del Málaga. Hidalgo se ha quitado los complejos y lleva la bandera del equipo. Llega arriba y ha descubierto que tiene gol. Y, ya puestos en la tarea y animados, los de Muñiz sorprendieron con el 1-2 en un error de Bornes, que despejó mal un disparo de Calleja, hace dos semanas lateral, ayer carrilero y siempre interior. Buen jugador cuando se aplica que despertó la ilusión malaguista, que se vio por un momento fuera de peligro y alejando para siempre los fantasmas del descenso. Pero eso fue hasta que la Ponferradina pegó su último tirón y empató en una jugada en la que la defensa del Málaga, que estaba sabiendo sufrir hasta entonces, se quedó congelada. El Toralín, un loquinario en el que hay una oportunidad cada dos minutos, esperaba un gol más. El Málaga también, pero casi mejor así. Porque era como tirar una moneda al aire. Y podía salir cruz.



