Primera | Real Madrid 2 - Osasuna 0

El Madrid se va de caza

Raúl y Robinho firman una victoria que deja al Madrid a dos puntos del Barcelona. Osasuna apenas planteó problemas. Emerson, bien

<b>PAREJA GOLEADORA</b>. Los goles de Raúl y Robinho doblegaron a Osasuna. El capitán marcó en la primera parte su noveno tanto de la temporada y en la segunda mitad fue el primero que llegó hasta Robinho para celebrar con el brasileño el gol que certificaba la importante victoria de los madridistas.
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No es sólo que el Madrid siga ganando partidos al margen de la ética y la estética, es que ha hecho de eso un estilo que, además, le funciona. El asunto es desconcertante porque añade nuevos valores futbolísticos a los ya existentes, o se desprende de ellos por completo, y eso tiene el efecto de dejar nuestras críticas en sermones paternos cuyo efecto es por todos conocido: ninguno. Tendremos que reciclarnos. Pensábamos que jugar mal era el camino más directo hacia la derrota y resulta que no es así: después de 29 jornadas el Madrid está a dos puntos del liderato, a falta todavía de nueve partidos. Y juega mal, pero si ese pequeño detalle se pasa por alto, si miramos para otro sitio, es fácil encontrar motivos para la ilusión del madridismo después de tres años de cambio climático.

Sin ánimo de ejercer de aguafiestas, aún veo complicado que el Madrid gane el campeonato en estas circunstancias, y más aún cuando faltan nueve jornadas, un tramo que algunos consideran apropiado para consumar la remontada, pero que yo veo excesivo para seguir estirando méritos e inspiraciones. Sin embargo, la situación del campeonato también nos propone ahora un escenario diferente. Por vez primera, Barcelona y Sevilla sienten al Madrid como un adversario real e incomprensible, algo así como la armadura de El Cid al galope. Y eso puede hundir tanto a los que miran hacia atrás como elevar al que persigue. Para eso vale, con suerte, la victoria ante Osasuna. Para transformar y transformarse.

Si los antecedentes no estuvieran plagados de resbalones del Madrid en su estadio, diríamos que el partido respondió a los pronósticos clásicos: victoria cómoda del aspirante. La diferencia de estímulos era indiscutible. Mientras los blancos tenían el aliciente del título, Osasuna llegaba al Bernabéu más pendiente de la UEFA, sin agobios en la Liga. Y así se comportó. Con el entusiasmo del que cumple un trámite ministerial y da por bueno cualquier resultado que no perjudique su integridad física.

El Madrid agradeció las facilidades y las utilizó para curarse viejas heridas. La más importante, quizá, la sufría Emerson, que regresaba al Bernabéu después de casi tres meses. El brasileño, hasta ayer incomprendido e incomprensible, hizo lo posible por integrarse y lo cierto es que cumplió, a su modo. Sus honores más reconocidos fueron dos: asistió de cabeza a Raúl en el primer gol y luego, en la segunda mitad, se marcó un fabuloso cabezazo (con salto, pausa y tiempos) que obligó a una magnífica estirada de Ricardo. Independientemente de lo que nos parezca su estilo desmadejado y cuarentón, Emerson nos demostró por vez primera que, vestido de blanco, es un futbolista de ciertas virtudes.

Sobre la pareja que formó con Diarra, poco se puede señalar, ya que ambos, sin estorbarse, hacen la guerra por su cuenta, ejerciendo el africano de mariscal de campo, papel que se niega en cuanto aparecen por allí Gago o Guti. El primer tanto nació de uno de sus pases largos (ayer precisos) y otras de las mejores jugadas madridistas partieron de sus desplazamientos lejanos a Raúl o Higuaín.

Descolocado. La posición del argentino fue la frivolidad táctica de Capello. Fuera de su lugar natural en la media punta, Higuaín se movió como extremo derecho, una posición para la que le sobra osamenta y le falta velocidad. No obstante, como es buen futbolista, sacó de la banda centros notables, uno de los cuales propició el segundo tanto. Pero da lástima ver a un futbolista así recluido en la banda y da más pena aún ese desprecio del entrenador por el juego por bandas, el tipo de fútbol que más podría beneficiar a un delantero centro puro como Van Nistelrooy.

Sobre Osasuna, más bien poco. Muy lastrado por las bajas que han dejado desguarnecido su centro del campo, el equipo se movió con una ligereza casi insustancial, resignado a su suerte. Ni se escondió ni se asomó, pasó de largo. Webó estaba perdido en la delantera, donde se mueve mal sin la referencia de un verdadero ariete. Allí arriba, como un náufrago, se enredaba con Helguera y se peleaba con Cannavaro, otro de los que regresaban al Bernabéu. El italiano también mejoró el tono, lo que no era difícil, pero ni eso le evita un exceso de protagonismo que le lleva a salir de su zona (muy clara, marcada por un semicírculo) en busca de algún extraño objetivo que suelen ser los tobillos de un adversario.

Los primeros minutos nos insinuaron un choque que no fue. En ese intervalo inicial hubo ocasiones para los dos bandos. Lo tuvieron cerca Raúl e Higuaín, y también el osasunista David López, el más fino estilista de su equipo. Pero había porteros, y buenos. Después de ese arrebato, el partido se fue haciendo más lento hasta quedar casi varado, ya en la segunda parte. Transcurridas 29 jornadas supongo que ese es el ritmo del Madrid, su objetivo, conducir el juego a un rincón negro donde se le encienden más luces que al contrario. Así fue ayer.

A los 23 minutos, Raúl marcó después de la consignada asistencia de Emerson. Lo celebró con euforia y señalándose el dorsal y el nombre que lo encabeza, como una reivindicación de su propia figura. Su mérito fue indudable, pero la teatralidad pareció excesiva para quien sólo suma cuatro goles en la Liga.

Avisos. Ni reaccionó Osasuna ni nadie esperó que lo hiciera. Era el puñetazo que esperas recibir en según qué lugares (dormitorios, discotecas...). Para despertar tuvieron que animarle un par de acercamientos concentrados en dos minutos, ya en la segunda mitad. El primero fue un pase a la olla de Juanlu (muy afilado), que despejó Helguera en boca de gol. El segundo un cabezazo de Cuéllar, que salió alto.

El Madrid contestó rápidamente, movido por ese murmullo del Bernabéu que anticipa los desastres. Sergio Ramos, de lo más florido del Madrid, empaló un balón que sacó con problemas Ricardo. Y después llegó la sentencia con un contragolpe provocado por una pérdida de David López en la frontal del área madridista. Robinho maniobró con agilidad, encontró a Higuaín en las parcelas de Amancio y aprovechó después el rechace fallido de Ricardo, que le dejó el balón a tiro de zurdazo. El gol premiaba al futbolista que, junto a Ramos, más hace por dotar de vida un esquema mortecino. El público se lo reconoció al brasileño cuando fue sustituido a cinco minutos del final.

Como reconoció a Casillas cuando sacó de la escuadra un chutazo de David López. Entonces, hasta coreó su nombre. Los cánticos también localizan a los héroes. Ramos y Reyes pudieron ampliar la cuenta, pero ya era suficiente. El Madrid se encuentra donde pocos habían soñado. No es fácil que la vida te conceda oportunidades así, tan claras cuando parecían tan remotas. Tampoco es fácil aprovecharlas. Veremos ahora.

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