Champions league | Chelsea 1 - Valencia 1

Un empate para soñar

Un magnífico gol de Silva impulsó al Valencia. Drogba empató el partido. El Chelsea achuchó al final. Ahora hay que rematar en Mestalla.

<b>HÉROE DE STAMFORD BRIDGE</b> Sin duda, el canario Silva fue el gran héroe del partido. Su fabuloso gol es el tesoro con el que viaja el Valencia. En la imagen, el autor del tanto es abrazado por Joaquín, Villa y Vicente, al tiempo que el capitán, David Albelda, celebra el gol.
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Es un resultado magnífico y lo es mucho más si pensamos en la altura del adversario, y entiéndase como altura la talla y el porte, la fortaleza, esa presencia imponente del Chelsea, un equipo de diseño, como esas prendas interiores que se cosen con diamantes, un grupo supervitaminado y supermineralizado, una especie de raza perfecta. Es un resultado extraordinario porque supera el objetivo de salir vivos y sitúa la eliminatoria en ventaja, si es que esa sensación puede disfrutarse ante un enemigo tan poderoso, tan ajeno a los complejos mundanos, tan metálico y reluciente. Resta la mitad de la batalla, y aunque resultará heroica y terrible, será cuesta abajo.

El gol de Silva tiene todo ese valor. Su gol es el oxígeno y la esperanza, el puñetazo en la mesa, la tarjeta de presentación: somos el Valencia y somos así, por si nos perdiste de vista. Un gran equipo. Porque no fue un gol cualquiera, ni accidente ni churro, ni siquiera un zarpazo agónico. Sonó como un golpe de autoridad, una demostración de fortaleza. Como un desafío: "Yo tengo esto, ¿qué tienes tú?".

Desde luego, ellos tienen mucho. Pero también les falta algo. El Chelsea es un equipo sin bajitos y ese pequeño detalle estético explica un estilo y una rigidez. Por eso sus jugadores no parecen sentirse aludidos por el resultado y, si se encienden, es únicamente por haber alcanzado las revoluciones precisas, el calor adecuado. Funcionan al margen de la pasión y del marcador, son machacones y disciplinados, poderosos, más que purasangres, caballos de vapor.

El Valencia no tiene ese defecto. Quiero decir que su solidez defensiva se transforma en flexibilidad e imaginación cuando el equipo se lanza al ataque. Ahí entra Silva y por ahí se desliza también el genio de Villa, aunque anoche casi pasó inadvertido, vigilado de cerca por dos centrales implacables, como Carvalho y Terry, tipos de pocas bromas. Pero bastó que uno de los genios respondiera para mantener la esperanza intacta. Eso es lo importante, que hay vuelta.

Más allá de otras consideraciones, el partido comenzó con el Valencia tocando y tocando, reconociendo el terreno con el empaque de los equipos grandes, que olfatean. Suyo fue hasta el primer disparo, un tiro de Villa que sirvió para relajar al público, amigo y enemigo, para situar la cuestión.

La primera aproximación del Chelsea no fue una zarandaja. Se trató de una internada de Ashley Cole, que culminó con un gran centro al que no llegó por dos números de zapato el espléndido Drogba, un delantero que silba como los Talgos y cuyo marcaje es como salir al encuentro del expreso de Irún.

Coloso.

En este sentido (y en otros) es una suerte que exista Ayala, que gaste sus infinitas energías en estos cometidos. Con la única sombra de sus dudas en el gol inglés, el partido del argentino fue sublime, si es que se puede aplicar ese adjetivo a quien salta sobre el contrario, lo abraza (con pasión) y le reconoce la anatomía con dedicación aeroportuaria y esmero de masajista turco. Adornado con varios puntos en el pómulo que le añadían ferocidad (por si hiciera falta), Ayala compensó, él solo, muchos de los arreones del Chelsea.

Sí, el encuentro se debatió a cañonazos. A los nueve minutos, Kalou disparó al larguero y uno después Villa y Silva hicieron una pared que dejó al Guaje ("The Kid", según traducción de los tabloides británicos) en disposición de marcar. Su chut fue tan impetuoso que sacrificó tino por fuerza. Lo confirmará el espectador de ese fondo, si sobrevivió.

Desde ese momento, el choque se inclinó en favor del Valencia, que se estiró con toda la elegancia que permitía el zafarrancho. Así, a los 20 minutos, un tiro de Joaquín se dirigió de improviso hacia la bota de Silva, que se descubrió solo en boca de gol, pero se descubrió tarde. El remate, casi involuntario, acarició un palo.

Del Horno, que regresaba a casa (alquilada), probó fortuna con una media volea que salió rara y acabó siendo buenísima, tanto que obligó a una maravillosa parada de Cech, el portero con casco.

Lo siguiente sólo podía ser gol. Y lo fue. Nació de un saque de banda. Silva se zafó de su marcador con talento y fortuna, y al controlar el balón se vio con hierba por delante, roto el equilibrio defensivo del Chelsea. Y ese panorama, ante ese enemigo, es como descubrir un campo de flores entre rascacielos. Avanzó, se relamió y pegó al balón con toda la intención y con toda la zurda, volcado en el golpeo, para que volara lo justo, con esa obstinación que convierte los sueños en realidad. Como un misíl con coeficiente intelectual, la pelota subió para burlar a Cech y bajó luego para conocer la escuadra, que es el amor platónico de los esféricos.

De oro.

Era más que un gol, insisto. Te permitía un gol en contra, incluso dos, y seguir siendo feliz, pese a todo. Imaginen qué tranquilidad. Y qué alegría. Con ese ánimo alcanzó el Valencia el descanso, sin más sustos que los que provocó Drogba en un par de ocasiones. Lo normal si juegas en Stamford Bridge y él ruge.

En la reanudación, el Chelsea adelantó las líneas, o las retrasó el Valencia, es difícil saberlo. Primero Kalou desaprovechó un gran centro de Diarra (apellido equivalente a Pérez en la francofonía colonial). Luego marcó Drogba. La jugada acumuló todos los accidentes posibles. Sacó de puerta Cañizares, el balón aterrizó en Cole, que lo devolvió a campo contrario y allí, a la carrera, surgió Drogba para imponerse a Ayala y batir a Cañizares, que se quedó a media salida y a media entrada.

Por un instante, el optimismo dio la impresión de resquebrajarse. Inmediatamente después, se lesionó Vicente. Más tarde, Villa sintió un pinchazo en la rodilla. Y por si eso fuera poco, de cada barullo en el área del Valencia salían un par de enemigos por los suelos, actores o víctimas, de todo había. Rondaban penaltis y expulsiones, la derrota.

Faltaba todavía demasiado tiempo para la conclusión y el Valencia había entregado el campo y el balón, tal vez cansado, no es raro. En ese campo se corre el doble porque ellos corren el triple. Silva era una isla entre galeones y Angulo aportaba lo posible para mantener la bandera en lo alto.

Entretanto, Mourinho, que nos había sorprendido en la primera parte con una libretilla de poeta sin dinero, tiró de gráficos plastificados para estudiar jugadas y errores, lo que no le valió de mucho, pero intimidó bastante. Luego, transmitió las órdenes a un ayudante, porque él es un entrenador con mayordomo.

A siete minutos de la conclusión, Carvalho remató a quemarropa y el rechace lo aprovechó Lampard para dibujar una chilena que despejó, milagroso, Miguel. Eso cerró el partido, la intriga.

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Con la clasificación pendiente de un hilo y su esposa en fuga, es fácil que Abramovich se haga adulto en Mestalla. Allí, todo lo que anoche fue una advertencia de su rival, será un torbellino. Es verdad: el empate es un fantástico resultado. Para soñar, especialmente.

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