Algo de suerte, mucho de Iker
Al Celta le perjudicó tanto el portero del Madrid como su propia defensa. Contreras y Lequi, desastrosos. Robinho marcó el gol del triunfo

Ajos para espantar vampiros y tréboles de cuatro hojas para invocar a la suerte. Estampitas de santos y vacas pintadas de azul. Nada. El mejor amuleto conocido es el escudo del Real Madrid. Y si no puedes cosértelo, intenta no enfrentarte a él. De eso murió el Celta, de lo inevitable. No fue víctima de la suerte, o no totalmente, sino más bien de la fortuna, que es la versión rica del azar, la suerte que caza millonarios y se casa con ellos, poco importa su estado de conservación. Fue, más o menos, así. Vida, más que fútbol.
Comprendo bien la frustración que debe sentir el Celta. La impresión desconcertante de que el destino no está en sus manos, ni en sus pies. Lo entiendo, pero no es del todo cierto. La deriva que le hunde no se localiza sólo en el infortunio. La defensa del equipo también tiene algo que decir, aunque temo que lo diga cantando bajo la lluvia. Cielos, es difícil generar más inquietud en las filas propias. Y no hay temblor más contagioso que aquel que nace de los centrales, los únicos jugadores con gorra de plato y cuya única misión consiste en transmitir seguridad y mantener el orden.
Contreras y Lequi tuvieron ayer un día querellable. Sobre el primero recayeron todas las desgracias que puedan abatir a un futbolista. Una indecisión suya provocó el penalti a favor del Madrid y un ataque de pánico le impidió empatar cuando la pelota le botó delante, seductora y dócil, sin más obstáculo entre él y Casillas que un par de metros de hierba. Impulsado por su disparo, el balón sobrevoló el Puente de Rande.
De Lequi tampoco se pueden señalar lindezas. Y lo suyo es más grave, pues se trata de un jugador con recursos técnicos y cierta valentía. Pero no está, aunque sus codos dejaran huellas imborrables en la equina cara de Van Nistelrooy. Para compensar, le regaló un balón que el holandés estrelló en el poste.
Así es difícil, naturalmente. Y si añades meigas, y luego también incluyes al Madrid en la reyerta, con Casillas, entonces, el resultado se explica mejor, más claro. De nada valen las ocasiones perdidas, ni los saques de esquina (8-0, en el minuto 34), ni los tiros a puerta. Guarnición sin filete, empanada de aire.
Respecto al Madrid, silencio. Su victoria es valiosísima, pero su partido fue totalmente lastimoso. Es inaudito que un equipo tan caro y tan retocado en invierno siga jugando tan mal al fútbol. No hay excusa posible ni justificación que no dispare al entrenador, a su incapacidad para programar, primero, y organizar, después. Si a estas alturas el equipo continúa en la lucha por el título es, simplemente, por la inspiración espontánea de un puñado de buenos futbolistas, pese a todo. Y esa medalla no es de Capello.
Por lo demás, su apuesta por el once del Camp Nou sólo nos permitió concluir que, para brillar, este Madrid debería jugar un play-off eterno contra el Barcelona. Es decir, que su gran partido ante los azulgrana no fue cuestión de esquema, sino de motivación aislada y concreta. Fue un ataque de orgullo, un arrebato insostenible.
Inferior. El Madrid que queda después de esas proezas puntuales es no tanto un equipo vulgar como uno desencantado, perdido a mitad de travesía, descreído. A excepción de Casillas, todos juegan por debajo de sus posibilidades, aunque hay unos pocos futbolistas a los que sostiene la dignidad y el esfuerzo, su negativa a rendirse.
Van Nistelrooy es un buen ejemplo. Le hacen dudoso el tranco y su aspecto de pantera rosa, pero le redime la batalla y el entusiasmo, los quince goles en Liga, 23 esta temporada. Cumple con tanto rigor que se puede afirmar que al Madrid no le falla el delantero centro, no es eso. Le faltan otros goles, los que metía Raúl y los que nunca marcó Higuaín. Y le falta, por encima de cualquier otra cosa, creación en el medio campo, imaginación, talento para inventar caminos y agilidad para construirlos.
A la habitual calamidad que significa Diarra se unió ayer un Gago muy soso, un soldado, muy lejos del coronel que debería ser. Y tampoco apareció Guti, aunque el partido, roto desde el primer minuto, era una invitación para sus habilidades. Supongo que tenía eso que en Desayuno con diamantes Audrey Hepburn definía como "días rojos", aquellos en los que uno amanece mirando al gato sin que sea necesario tener gato.
Esos días, tan comunes en Guti, son los que han dejado su carrera en la mitad de lo que pudo ser. Jornadas para olvidar que él termina por hacer inolvidables, ayer, con una absurda expulsión final, otra, tantas ya.
Como ha quedado consignado, el equilibrio de fuerzas (más bien de debilidades) lo rompió Contreras, al hacerse un lío con el balón en la frontal del área. Higuaín, que tuvo el mérito de insistir, encontró después de mucho patalear a Van Nistelrooy, que fue derribado por Pinto. Penalti sin expulsión porque el delantero estaba demasiado escorado para marcar. Cuestionable, pero aceptable. Van Nistelrooy marcó con seguridad y Pinto rumió su desesperación de portero sin centrales, de guerrero sin espada.
Visto el ánimo de los contendientes pudo pensarse (y lo pensamos) que sería el gol definitivo, el argumento suficiente, el único puñetazo. Sin embargo, el Celta no se afligió y se apoyó en sus mejores futbolistas, que los tiene. El principal problema es que se trata de jugadores que no contribuyen a la consolidación del equipo, roto por atrás.
Así, Gustavo López tiene mucho de futbolista formidable, de antiguo extremo en sus maneras y regates. Y Baiano, además de un lobo solitario, es un delantero magnífico, un buscador de oro. Y tampoco es manco Nené, ni cojo, como demostró al asistir de tacón a Ángel, en lo que fue el gol del empate del Celta. Pero ese equipo tan fino necesita algo de cotidiana normalidad. De tenerla es fácil que se hubiera sobrepuesto a las hadas y al escudo del Madrid.
Empatados al descanso, el encuentro se reanudó con el dominio del Celta, aliviado en su desgracia y hasta sonriente por momentos. El francés Bamogo volvió a probar fortuna con otro tiro lejano y si su evaluación queda en suspenso es porque Casillas nos impide saber si un delantero es bueno o malo, o si su disparo era mortal o cariñoso, pues igual aterrizan en sus guantes unos que otros.
La mejor intervención del ángel de la guarda del madridismo fue, sin duda, un despeje a tiro malvado de Baiano, que había hecho la pared con Nené y había encarado la portería con todas las ventajas posibles. Pero ni eso basta.
Reacción. Capello reaccionó al aluvión y dio entrada al libertino Robinho en lugar de Raúl, que había pasado casi inadvertido. El Celta respondió relevando a Gustavo López, agotado y sustituido por Núñez. La diferencia de estímulos era clamorosa. Y apuntaba un desenlace, fatal para el Celta.
Después de numerosos fallos que le llevaron a enfrentarse a Guti, especialista en la materia, Robinho puso a prueba la fortaleza de Pinto. No volvería a avisar. En la siguiente jugada, abierta a banda por el recién entrado Emerson, no perdonó. Higuaín contribuyó con un centro fuerte y a media altura, de los que pueden envenenar delanteros o defensas. Esta vez lo envenenó Pinto. Su mal rechace se dirigió a la cabeza de Robinho, que remató extraño, de puntillas, más golpeado que golpeador. Pero fue gol y victoria. Y tanta esperanza para el Madrid como desesperanza para el Celta, que ya no pudo aguantar más y casi se echa a llorar. Al menos le queda el consuelo de que en los fondos le crecerán ajos y tréboles de cuatro hojas. No es mucho, pero es algo.
Solamente quedó tiempo para un codazo de Lequi y la autoexpulsión de Guti, acontecimientos que nunca necesitan de grandes preparativos. Tantas aventuras para que venciera el Madrid, lo previsible. No es raro que Capello insistiera en bordar el escudo en los trajes de calle. Debe saber que no hay mejor amuleto posible. Ni otra solución.
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