"El jugador de hoy es poco receptivo; hay incomunicación"
Cuesta ver a Irureta en la barrera. 950 partidos en Primera le contemplan, 606 de ellos en el banquillo. Con el Depor ganó en Milán, Londres, Manchester, Múnich y Madrid. En el Asador Donostiarra confiesa que ya calienta para volver.

Javier Iruretagoyena Amiano (Irún, Guipúzcoa, 1948) ha vivido media Liga: 950 partidos, 344 como futbolista (Atlético y Athletic) y 606 como entrenador (Logroñés, Oviedo, Racing, Athletic, Real Sociedad, Celta, Deportivo y Betis) en Primera. Sólo Luis ha visto más. Ahora, tras su salida del Betis, espera destino. Quizá el Atlético, quizá la Selección, quizá Mientras, disfruta de sus dos nietas, rechaza ofertas del exterior (acaba de decirle no al Estrella Roja) y ve fútbol en televisión: "Mi hijo me habla muy bien del Manchester y tiene razón". Añora su mejor Depor, le duele el Athletic, es socio del Real Unión (en el que empezó) y del Betis, pero puesto contra la pared se confiesa atlético. "Gracias a un gol mío tenéis una Intercontinental (marcó el primero en aquel 2-0 a Independiente)", le recordó con buen humor a Manuel Esteban ayer. De su carrera como técnico presume menos, pero ganó una Liga con el Depor y ningún equipo acabó con él por debajo del undécimo puesto.
Tiene Irureta un aire docente cuando habla de fútbol que quizá adquiriese en sus años como universitario en la Escuela de Ingeniería Industrial. Entonces estaba en el Atlético, al que había llegado con 18 años, procedente del Real Unión: "Me trajo el secretario técnico, José María de la Concha, pero bien puede haber sido del Barça. Samitier fue a Irún a verme". Vivió en Argüelles, en la pensión de doña Sofi con los hermanos Zubiarrain o Javier García Cuesta. Allí mezclaba el Atlético a promesas del fútbol y del balonmano. "Tardé en debutar porque no pasé el reconocimiento en la Mutualidad. Decían que era hipertenso. No he sido nunca muy de médicos aunque tengo dos hermanos en la profesión". Pronto tuvo que recurrir a ellos: "Debuté contra Las Palmas, en el Calderón. Perdimos y José Juan me partió la nariz de un codazo". Un mal comienzo para una gran carrera rojiblanca: "Como entrenadores tuve a Otto Gloria, a Marcel Domingo, que le dio al Atlético el contraataque, y a 'Toto' Lorenzo, que nos ponía el 'Viva España' antes de los grandes partidos europeos. También me dirigió Max Merkel, que nos hacía dar vueltas al campo con dos balones medicinales de tres kilos o subir y bajar las escaleras de la grada. Se le criticó mucho, pero llegó en plena crisis en el 71. Acabamos cuartos y en la temporada siguiente fuimos campeones. Y también estuve con Luis, mi amigo, mi compañero y mi entrenador". O sea, que arrancarle una palabra sobre sus opciones para sucederle es imposible: "A todo el mundo le gustaría preparar a la Selección, pero ahora hay un técnico y punto".
Con Luis compartió la final de la Copa de Europa del 74: "Viendo las imágenes ahora, no creo que fallara Reina. El tiro fue más cercano de lo que la gente dice, iba pegado al palo El error estuvo antes. Ellos tenían dos centrales, Beckenbauer y Schwarzenbeck. Lorenzo le había dicho a Gárate que tapara al primero, porque el segundo, técnicamente peor, no salía nunca. Lo que pasa es ellos iban a la desesperada, Schwarzenbeck se lanzó y no supimos pararle. Aún recuerdo cómo lloraba Adelardo en el vestuario. Luego nos hicieron cuatro porque anímicamente no nos recuperamos y porque su equipo era más joven". Y advierte, con ironía: "Yo no jugué ese segundo partido, porque había visto una tarjeta en el primero y estaba sancionado. 'Os dejo solos y os meten cuatro', les dije". Aún jugaría otra temporada en el Atlético, la de la Intercontinental, y no volvió. Han pasado 32 años de aquello: "Una vez me llamó Gil y la operación no se cerró. Años más tarde lo hizo su hijo y tampoco pudo ser".
Neeskens.
Después vino el Athletic. De su época de jugador guarda los cuatro goles en quince días que le hizo al Barça: "Me emparejaba con Neeskens, que quería abarcar mucho campo y a veces perdía la posición". Irureta fue un centrocampista llegador, que daba entre ocho y doce goles al año: "Ya no hay muchos jugadores así. Baraja, Guerrero... Bastantes medios se contentan con tocar y es muy bueno que, además, rematen".
A Bilbao sí volvió Irureta como entrenador. Aquello sólo duró una temporada. Le destituyeron en la jornada 26: "Veníamos de unas elecciones difíciles, con tres candidatos y una fractura social. Había ganado Arrate a Lertxundi, un presidente que había dejado al equipo en la UEFA. Había demasiada oposición". La cosa ahora está peor: "Es verdad, pero yo creo que no descenderá. Siempre aparece un intangible, un ángel de la guarda, que le salva. Mantener su filosofía es cada vez más difícil. La supervivencia está en retener a los de casa, a Del Horno, a Ezquerro. La sociedad vizcaína no está preparada para un descenso. Y tiene razón Mané cuando dice que hay pánico a San Mamés o que se está cargando a los jugadores con la responsabilidad de 108 años de historia". Lo mismo vale para la Real: "Ha formado más jugadores, pero no puede dejar que se vayan sus valores. Debió retener a Xabi Alonso".
También recuerda su paso por el Logroñés, sus cuatro años en Oviedo ("aquel arbitraje de Schmidhuber en Génova me hundió, no bajé ni a cenar") o el Racing ("fuimos octavos, un puesto increíble"), pero nada comparable con el Deportivo. "Jugamos cinco veces la Champions y ganamos una Liga. Y eso que en los primeros años teníamos que entrenarnos cada día en un sitio e irnos a duchar después a Riazor". Aquel Depor ganó en San Siro, en Old Trafford, en Highbury, en el Olímpico de Múnich y en el Bernabéu. Fue el Centenariazo: "Aquel día, mientras nos daban la Copa, le dije a Florentino: 'Ganaréis la Copa de Europa'. Y así fue. En cualquier caso, yo me quedo con la Liga". ¿Y de futbolistas?: "Eran magníficos Mauro Silva, Donato y Fran, soberbio pero tímido, con poco márketing". Fueron días de gloria y también de algunos conflictos. El más mediático, aquel cabezazo que le propinó Djalminha en un entrenamiento: "No llegó a tocarme. Quizá se quedó a un milímetro. Ni siquiera paré el entrenamiento. Luego tuvo que pedir perdón delante de la plantilla. No era mal chico, pero tenía mucho carácter, reacciones inesperadas. Aquel episodio fue decisivo para que Scolari no le llevara al Mundial". Irureta pasó los siete años en A Coruña viviendo en la habitación 514 del hotel María Pita: "Conocí gente. Por allí pasó Rajoy y hablamos de ciclismo, Zapatero...".
Lopera.
Este curso lo comenzó en el Betis hasta su renuncia, en la decimocuarta jornada: "Fui con ilusión porque Lopera me pareció ambicioso, pero una vez allí él me habló siempre de una economía de guerra. No venían fichajes y en la última semana se fueron Joaquín y Oliveira. Yo pedí a Nené, que se había ido a Segunda con el Alavés, y vinieron Sobis, Wagner, Vogel... Cuando llegaron las Navidades, di vacaciones hasta el 30 de diciembre y él cambió el regreso al 28. Eso no lo podía admitir y dije que me iba. No puso problemas porque le dije que sólo cobraría el tiempo que había trabajado. Lopera mira mucho el dinero".
Más reciente está todavía el miedo que pasó España contra Dinamarca: "Las selecciones que han tenido éxito contaban con el bloque de un club. Siete de la Alemania del 74 eran del Bayern, siete de la Italia del 82 eran de la Juve. Aquí hay un bloque del Valencia, pero el equipo modelo es el Barça y ahí juegan pocos nacionales".
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Iruerta confiesa que no le gustaría ser director deportivo y echa de menos el diálogo en un vestuario: "A mí me ha gustado siempre hablar con los jugadores, pero cada vez son menos receptivos. Cuando llamo a alguno, me dice: '¡Ojo!, que yo no soy del filial'. Como si sólo hubiese que charlar con los chavales... Tampoco les gusta compartir habitación. Hay mucha incomunicación".
De sus 40 años en el fútbol deduce que "los jugadores argentinos andan cuatro años por delante en madurez, quizá porque empiezan antes", y asegura que los equipos "se hacen de atrás hacia adelante, empezando por los centrales. Es el puesto más táctico. Nunca han de perder la posición. En el gol de Villa a Dinamarca no falla el hombre al que rebasa, sino el otro central, que no le hace la cobertura". Más principios: "No me gustan los directivos en los vestuarios. Prefiero ser yo quien vea los vídeos y luego resumírselos a los jugadores, porque muchos se aburren si se los pones. Y tengo mis supersticiones: la gabardina en la Real, el chubasquero del Depor. Sé que no influye en nada, pero yo me siento más cómodo". También cree que existe la autogestión en situaciones límite: "Dos o tres jugadores influyentes pueden proponer un cierto estilo de juego. Y eso se produce cuando el papel del entrenador ha caído mucho. Si lo dicen por el Madrid, no creo que sea el caso". No se ve entrenando mucho tiempo más. Dejará paso a quienes fueron sus alumnos y van para maestros: "Mendilibar y Emery". Bendecidos quedan.



