Robinho sale al rescate
La entrada del brasileño reactivó al Madrid Marcó un gol y propició otro Navas fue expulsado a los cinco minutos Al Nàstic le faltó mordiente

Hay partidos que invitan a la reflexión. Pero no por lo que inspiran, que es nada, sino por su capacidad para abstraernos y conducirnos a otros mundos con otros habitantes. Habrá quien diga que simplemente te distraes. Y hablaremos de lo mismo. De volar, de mirar sin ver. Así de mal juega el Madrid. Y así suena: como el hilo musical. Nadie baila, ni siquiera escucha. Se podría hasta señalar que importa poco que gane o pierda, pero no sería totalmente cierto. En bastantes casos, la victoria todavía es más dañina. Porque impide la indignación y su valor terapéutico, de modo que muchos madridistas se dispersan con una resignada congestión, con la sensación de que nada cambia y todo se aplaza otra vez.
El Madrid venció al Nàstic y continúa en la teórica pelea por el título de Liga, versión que apoyan las matemáticas de cuaderno y lapicero y también secundan esos optimistas irreductibles que niegan la sequía y ven el vaso medio lleno, pero no de agua, es mejor aún, de Chivas. No les negaré la esperanza y hasta me resulta conmovedor su entusiasmo, pero va siendo hora de pasar de los ruegos a los sacrificios de corderos y similar. Lo exige el crudo panorama.
Visto el partido, su presentación y su desarrollo, el Madrid jamás debió contentarse con una victoria sufrida, pues tuvo la ocasión de golear a su adversario y maquillarse así las arrugas. Hubiera sido relativamente sencillo lograr un triunfo efectista y efectivo. Pero hasta los trucos cuestan.
Tuvo que ser Robinho quien reanimara al Madrid a base de imaginación, eso que le sobra y que muchas veces le hace pasar de fantástico a fantasioso. Su irrupción tuvo el poder de quebrar la monotonía y de romper el equilibrio. Ese es su valor.
Es probable que en el empeño del muchacho influyeran sus ganas de hacerse valer, rebelde ante la incomprensión del entrenador, o tal vez, nada de eso le importe y le acompañe una liberación casi suicida, un perdidos al río: jugar como sabe. Lo hizo. Ya fuera por indicaciones de Capello o por la evidente superioridad de efectivos, Robinho no se preocupó de defender ni de mirar atrás. Se movió por donde quiso y disparó cuando le vino en gana. El resultado es que marcó un gol y fue decisivo en el segundo, al inclinar, de nuevo, la balanza a su favor, a los terrenos del talento.
Antes de su entrada al campo, el Madrid se había estrellado contra su impotencia y su buena fortuna, las dos. A los cinco minutos, César Navas hizo penalti a Van Nistelrooy con torpeza clamorosa y al árbitro no se le ocurrió otra cosa que sacar la falta fuera del área y expulsar al defensa, aplicando una macabra teoría de la compensación. Si pensamos que el famoso Rafa era su asistente sólo podemos concluir que todo se pega menos la hermosura.
El Nàstic no dio la impresión de salir muy tocado del incidente y continuó tocando el balón con soltura y criterio. Eso sí, con una valentía que le ponía en grave peligro, pues, por pura ambición, desbarataba su centro del campo y ofrecía al Madrid toda la anchura de Castilla para montar sus ataques y contragolpes. Conocidos los problemas de circulación de los locales en su estadio, el favor no era pequeño.
Error táctico.
Sin embargo, esa situación de ventaja no hizo otra cosa que descubrir la penosa disposición táctica del Madrid. Con Higuaín y Raúl en las bandas, el equipo pierde bandas, a Higuaín y a Raúl. En esa demarcación, ambos son fichas que cubren campo, pero que no explotan ninguna de sus virtudes, del pase entre líneas a la llegada por sorpresa. Si a eso añadimos dos laterales defensivos, como Torres y Salgado, el plan se queda sin brazos y pendiente, únicamente, de la cabeza de Guti y el aleteo de Van Nistelrooy.
Por otro lado, no es tan raro que se atasque un equipo que reúne a cuatro mediapuntas (Cassano, Guti, Raúl e Higuaín) donde sólo deberían caber un par. Consecuencia del desatino es que los ataques se enredaban por el centro, sin futbolistas que aprovecharan los extremos y amenazaran al Nàstic por los flancos. Todo se encomendaba a un pase genial que siempre era el mismo o parecido, el que encontró Higuaín en el Vicente Calderón.
Si los movimientos del Nàstic tuvieron un protagonista ese fue, sin duda, Pinilla, campeón olímpico en Barcelona 92 y ejemplo de supervivencia inteligente. Lo que hizo por sus compañeros y por los treintañeros calvos es impagable. Lo suyo fue un recital de fuerza, intención y ánimo que buscó, sin encontrar, a un Portillo o asesino similar. Se entiende mal que fuera sustituido en la segunda mitad, incluso en el caso de que estuviera agotado. Aún así, medio fallecido, era mejor que su relevo.
Rubén Castro.
No obstante, que el Nàstic echara en falta a Portillo no desmerece la actuación de su único delantero, Rubén Castro. El chico se fajó con torería y dejó perlas de buen futbolista, como podrá confirmar Cannavaro, que volvió a rondar la expulsión, empeñado en perseguir a su par hasta el centro del campo, donde sus limitaciones son aterradoras. Rubén Castro pudo marcar tras recorte a Cannavaro y disparo a la escuadra, aunque no la encontró.
Como es habitual, durante la primera parte, además de otras peripecias, se consignó el milagro habitual de Casillas, que sacó como quien espanta una mosca un disparo de Pinilla que se envenenó al tocar en Torres. Fue su única intervención divina, pero valió por varias.
No hubo más fuego en los primeros 45 minutos, aunque el partido era propicio, volcados unos y generosos otros, sin centro del campo al que rendir cuentas, sin aduana ni peaje. Si al Nàstic le faltaba dinamita en la delantera, el Madrid carecía de talento en el centro del campo, donde se echó de menos a Gago y donde Diarra cumple un papel de una superficialidad desesperante.
La entrada de Robinho tras el descanso anunció el cambio de clima, aunque debieron transcurrir unos minutos para que el Bernabéu se sacudiera el recelo que le despierta un futbolista que considera demasiado frívolo. Tras un par de acciones un tanto confusas, se comprobó que el chico había transformado el partido.
Su gol fue la prueba. Raúl conectó con Van Nistelrooy, que apenas pudo disparar por la presión de un defensa. Tuvo suerte, porque el balón viajó manso hasta Robinho, que remachó a placer y adelantó al Madrid. Como la juventud es osada, el genio se fue a celebrarlo con Emerson, al que le hizo un flaco favor. La estampa de su amigo, chándal en ristre y el niño en los brazos, nos recordó más a un parque en domingo que a un coliseo en llamas.
Ahogado.
El Nàstic llegó hasta allí. Después, se disolvió. El fino hilo que sostenía armado al equipo desapareció entonces y lo que antes fue valiente empezó a ser locura autodestructiva. Se fue Pinilla. Y el Madrid se dio cuenta de que no tenía oposición.
Fruto de esa ola llegó un disparo al palo de Robinho, después de una buena jugada con tantos amagos que rompió el tope de la cintura de un defensa. Volvió a intentarlo un segundo después con un disparo al que respondió con agilidad Bizzarri, menos Albano que en otras visitas al Bernabéu.
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El segundo y definitivo gol del Madrid también tuvo su sello. Robinho orientó a Salgado con un pase de cuchara y el centro del lateral fue rozado por Raúl y peinado por David García, que marcó en propia puerta. Superados tantos sufrimientos, el Madrid intentó golear, pero no pudo, o no supo. Las sucesivas contras fueron un tropiezo repetido en el último pase, donde se enredó especialmente Guti y donde no le ayudó nadie.
Lo que viene, para los madridistas, son quince días para seguir soñando, con el sabor de la victoria en la boca y los números en el cuaderno. Es bastante, porque los datos devoran cualquier sesudo análisis. Ese es, precisamente, el problema del Nàstic: mejora en los análisis y le condenan los datos, los números.



