El Madrid y su circunstancia
El Getafe fue mejor en la primera mitad. Cuando reaccionaron los blancos, se estrellaron contra el árbitro. Teixeira no pitó dos penaltis al Madrid.

La primera parte perteneció al Getafe y la segunda fue propiedad del Madrid. Según ese reparto general el empate debería ser justo, punto en boca. Sin embargo, como ocurre tantas veces, en esa disputa deportiva se cruzó un árbitro, uno de esos personajes incontrolables que potencian los efectos del azar, de la suerte y su reverso. Es decir, se cruzó un hombre, en la versión más filosófica del término. Con sus miedos, filias, fobias, alergias y ardor de estómago. Y por si todo esto fuera poco, escoltado por dos asistentes, que son dos hombres más. Multipliquen los riesgos.
Teixeira Vitienes, que así se llama para honrar la barroca estirpe de apellidos arbitrales, perjudicó al Madrid al pasar por alto dos penaltis, el primero discutible y el segundo incuestionable. Aunque puestos a dibujar el caos siempre es preferible el colegiado que no actúa al árbitro que inventa, sus errores dejaron el partido sin rematar, abierto al debate, inconcluso. Además, ofrecieron una escapatoria al Madrid, que como fue superior en la segunda mitad, dejó la leve impresión de vencedor moral. Al menos con esa sensación se marchó buena parte del madridismo. La gente se acostumbra al frío. A las penurias. Ya nadie se rebela por empatar contra el Getafe, casi nadie se enfada por alejarse del líder. Ya nadie mira hacia fuera. Es lógico, cuando tienes gripe o dolencia similar, el mundo eres tú. Y tu circunstancia.
Reconocido el perjuicio que sufrió, haría mal el Madrid en lamerse las heridas. Entre los objetivos de un club tan grande debería estar aceptar con idéntica mueca los favores y los quebrantos. Y el árbitro tampoco debería esconder la realidad: el equipo sigue sin funcionar, aunque en esta ocasión se detectaron felices regresos. A eso hay que agarrarse.
Me estoy refiriendo a Robinho. El chico, que parecía perdido para el fútbol y hasta para el matrimonio, volvió a dar razones para la esperanza. Lo logró a base de mucho insistir, porque no es futbolista que tenga entre sus virtudes ni la elocuencia ni la precisión. Demasiadas veces, Robinho es un fabricante de artículos inútiles, de taconazos hacia atrás o de bicicletas en el desierto. Sin embargo, entre esa farfolla le asoma el talento, el diamante. Sólo hay que invertirle la tendencia y en ese intento ha fallado Capello, al que como no se le pueden echar en cara los minutos que le ofrece, habrá que reprocharle el cariño que no le da, los mimos. Hay personas que al grito de ¡marchen! no se ponen firmes; se encogen. Por eso el chico se llama Robinho y no Torpedo Robson, o Bombardero Da Souza. Basta con fijarse en los detalles. Y en el talle.
No obstante, pese al esfuerzo, Robinho no terminó de arrancar el reconocimiento del público y tuvo que conformarse con ese gesto de asentimiento que precede al aplauso. También le faltó un delantero que le pusiera las guindas. Si sigue así, todo le llegará. Hasta los mimos de Capello, si es que el entrenador descubre que ese futbolista no es sólo un recurso; podría ser un salvavidas.
Méritos.
Si empezamos por el final es sólo porque el orden lo establece la memoria más fresca. Aunque terminó con vías de agua en la sentina, sería muy injusto olvidar la primera parte del Getafe. Fue, sencillamente, magnífica. Consecuente con el prestigio que acompaña al equipo, con su fama. No es fácil dominar en el Bernabéu, y aunque ahora se haya rebajado el nivel de exigencia, hay muchos visitantes que ni siquiera se plantean el esfuerzo.
Por lo demás, es una suerte que Cotelo no juegue en el Bayern, porque Kotelaffen sería mortalmente peligroso en Múnich. Es muy raro que se distinga y reconozca a los futbolistas que cumplen misiones de robo y abastecimiento, a los machacas. Sin embargo, anoche la figura de Cotelo se engrandeció desde el silbato inicial. Primero, por sobrevivir a las embestidas enemigas, víctima de una extraña animadversión. Y luego, por reponerse y empujar a su equipo.
Después de mucho saltar, bregar y fajarse, Cotelo se encontró con un balón perdido y le puso nombre: gol. Con una sutileza impropia de los hombres invisibles iluminó el desmarque entre líneas de Güiza, que remachó a Casillas sin que le temblara el pulso. Por algo es arquero.
El tanto era el desenlace más sensato a cuanto ocurría. Si bien es cierto que Beckham había estrellado un chutazo en el larguero, el dominio del Getafe era casi apabullante. Nacho ya había avisado tras colarse por la banda izquierda y Pulido había cabeceado al larguero. Y lo más destacable: esos y otros movimientos, en defensa y en ataque, se hacían sin quitarse de encima una sola pelota, sin rifarla, como gritan los entrenadores de los campos de tierra.
Un accidente cambió la cara del Madrid. Reyes cayó lesionado en la jugada del primer penalti que nunca señaló el árbitro. El sevillano hizo la pared con Van Nistelrooy y después de rematar fue arrollado, más allá de lo razonable, por el Pato Abbondanzieri. Lesionado, su puesto lo ocupó De la Red. Y Beckham se reubicó en la derecha. Ese reordenamiento bastó para racionalizar el juego del Madrid, que ya no dejaría de crecer hasta el final.
Al filo del descanso, una estupenda internada de Beckham por la derecha, que incluyó un caño inesperado y soberbio, acabó en penalti. Esta vez sí lo pitó. Sería por el ruido que debió hacer el Pato al llevarse puesto a Robinho. Un error imperdonable para un portero tan experto. Van Nistelrooy empató con cierta intriga, porque el balón pegó en el poste antes de entrar. Lo decía la canción: una vuelta del revés y Don Juan es Doña Inés.
La vuelta.
Al regreso del descanso, el Getafe fue otro y el Madrid uno distinto. Lo que antes había sido desparpajo se transformó en precaución y, del mismo modo, lo que fueron nervios se convirtió en confianza. De esa nube surgió Robinho, que abusó de Contra y se convirtió en el elemento desestabilizador del orden defensivo del Getafe. En pleno afán, el chico disparó alto tras un buen recorte hacia el interior (su regate favorito) y después envió un magnífico pase al que nadie puso bota.
Schuster trató de oxigenar a su equipo e introdujo cambios que incluyeron la sustitución de Cotelo, agotado. Poco aportó el refresco, porque la tendencia era encogerse y dejar pasar el tiempo. Una estrategia que antes era letal en el Bernabéu y ahora es vital.
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Lo más cerca que estuvo el Madrid del segundo gol fue en el otro penalti que se fue al limbo. Cassano apuntaba al Pato cuando Alberto lo derribó con estruendo. Teixeira amonestó al agraviado y no ayudó a su reinserción.
El empate no lo deja todo igual. El Getafe puede seguir mirando hacia arriba y el Madrid debería empezar a mirar hacia atrás. Me temo.



