Cannavaro, la sonrisa que nos desconcierta
Apenas quedan rastros del imponente defensa que deslumbró en el Mundial y levantó la copa de campeón. La resaca del éxito ha fulminado a un futbolista que tal vez no era tan bueno, pero seguro que no era tan malo.

Quien gana un campeonato del mundo de fútbol debería pasar un año en Hawai con los gastos pagados. O recorrer las escuelas del país impartiendo conferencias. Más o menos como un ex presidente de los Estados Unidos, o como un ex presidente en general. Ganar un Mundial, como la conquista de otras cimas deportivas o profesionales (también sentimentales), exige un periodo posterior de descompresión y asimilación, de adaptación al mundo que pica. Es tanta la energía y la concentración que se emplea en la consecución de ciertos objetivos vitales, que después del premio sólo queda el sillón, sólo queda contarlo.
Algo así le sucede a Fabio Cannavaro. Como capitán de Italia tuvo, hace apenas seis meses, el divino privilegio de alzar la Copa del Mundo, componiendo la fotografía que le acompañará durante el resto de su vida, en activo o retirado, vivo o muerto. Nunca hará nada mejor. Y a esa verdad terrible que le bloquea el futuro, se añade otra que le cierra la escapatoria: nunca podrá hacer algo tan malo como para borrar esa imagen. Por eso, falla. Y por eso, ríe.
De visita.
Después de ganar el Mundial, Cannavaro no vino a Madrid a pelear por el puesto, ni a batirse el cobre, ni a ganar títulos que sólo pueden ser menores... Vino a contar su historia, a lucirse. Como si estuviera en Hawai o recorriendo las escuelas del país. Esa es precisamente su actitud y su sonrisa: la del conferenciante, la del ídolo que visita el poblado para dejarse ver y tocar.
Pero la culpa no es sólo suya. La responsabilidad de la decepción debería compartirla quien pensó que Cannavaro, por el simple hecho de alcanzar el Olimpo, era un dios del fútbol. Y no. Se trataba sólo de un buen futbolista elegido por la fortuna (o por la edad) para ser el representante de una generación y de una filosofía, la italiana, cuyos premios, aunque levantados por dos manos, recaen sobre el espíritu colectivo, sobre la derivación de una raza que es incapaz de formar un gobierno pero que resulta casi imbatible en el fuego de una competición deportiva.
Utopía.
En el fondo, contratar a Cannavaro era como contratar al ganador del Euromillón con la vana pretensión de fichar así la suerte. Pretender ser italiano por el mero hecho de comprarse unas gafas de diseño y afilarse las patillas.
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Cannavaro no es un mal futbolista, como tampoco lo es Zambrotta (mucho más talentoso). Sólo sufren la resaca de todas las olas del mar y de todas las copas del bar. El aturdimiento que sigue al golpe contra el techo. Ellos son los que deberían haberse ido a los Galaxy durante un año, para lucir palmito e imponer las manos. Para despertar del sueño.
Nos desesperamos porque Cannavaro es un colador, porque llega tarde, pero lo cierto es que no ha salido todavía. Y sin haber salido es fácil que regrese a Italia, donde al mirarle seguirán viendo aquella foto y aquella copa, campeones del mundo. No importa lo que haga en el futuro, bueno o malo, porque allí siempre será il capitano. Nosotros no sabemos lo que es eso, pero debe ser grande. Tanto como para sentarse en un sillón el resto de la vida. Sonrisa tonta, pensamos. Pero esa sonrisa es lista. Y mucho.



