Entre Casillas y el árbitro
El Atlético mereció más. Torres se estrenó contra el Madrid. Higuaín marcó su primer tanto como madridista. Daudén perjudicó a los rojiblancos

Se ha dicho muchas veces que los dioses pudieran ser blancos (o italianos), seguramente con la intención de definir ese viento que empuja al barco más grande y que también llamamos suerte del campeón. Sin embargo, nadie ha definido todavía esa maldición que abate al Atlético con cierta frecuencia y últimamente cuando juega contra el Real Madrid. Desde lejos puede pensarse que es simplemente un complejo antiguo, una tradición perversa, un exceso de celo o de celos o, en definitiva, un desajuste emocional que nada tendría que ver con los designios divinos.
Sin embargo, anoche se comprobó que hay algo más. O al menos ayer lo hubo. Sin viento que inflara las velas, sin inspiración ni ánimo, fue el árbitro quien ayudó al Madrid. Tan claro. Con el Atlético por delante, Daudén anuló el que hubiera sido el segundo tanto local, y lo hizo víctima de su propia impericia y de las visiones del asistente, que levantó el banderín por salir en la foto o por picores en una axila. Es una hipótesis, claro, pero da la impresión de que ese segundo gol hubiera sido una cuesta demasiado larga para el Madrid, un equipo desarbolado durante buena parte del encuentro, fiado a la inspiración del primer transeúnte que pasara por allí.
Es verdad que a pesar de ese perjuicio tan localizado, el Atlético desaprovechó media docena de buenas ocasiones, o se estrelló en muchas contra Casillas, que sus guantes y el destino alimentan a partes iguales la fatalidad de este equipo. Así, cuando los disparos atléticos no se fueron al cielo se estrellaron contra ese fabuloso portero, que ya merece una estatua a los 25 años. No hay guardameta en el mundo con tantos reflejos, ninguno con semejante sentido de la oportunidad, de la gloria.
Todo eso es cierto, y también que fue mérito del Madrid resistir el temporal y colarse por el único túnel que quedó sin tapar, un despiste, un rápido movimiento de Cassano que cortó la defensa adelantada del Atlético para encontrar a Higuaín con un pase de porcelana. Nada de eso se puede negar, pero al final, más allá del balance que cada uno haga del punto a repartir, queda la sensación de que fueron los rojiblancos los que hicieron más por vencer, los que hicieron algo por conseguirlo.
Y el relato de los hechos reafirma la primera impresión del partido en caliente. Exceptuando un lío en el que se metieron solitos Perea y Zé Castro a los 20 segundos del inicio, el resto del encuentro discurrió entre el acoso de los locales y el tiempo que se tomaban para recuperar el aliento. Y es que el Atlético ejercía una presión termita, invasora, sin fronteras. No habían pasado ni dos minutos cuando Luccin ya había lanzado una falta desde la frontal, alta. Poco después, Jurado se hizo notar con un regate sobresaliente. Y Maniche lo intentó con media chilena.
Por delante. Así que no sorprendió demasiado el gol de Torres. A los once minutos, un robo en el centro del campo que dejó a Galletti cabalgando por la derecha, sin oposición, y con la defensa madridista recuperando posiciones. Rebasado el paralelo que marca el área grande, el argentino centró hacia atrás, donde se veía a nadie, pero estaba Torres. El Niño controló con la derecha, se volcó sobre el bote de la pelota y remató de arriba a abajo, con gesto de póster, cornada mortal y cruzada, picada, con todos los venenos posibles. Ya se cantaba el gol, pero Torres se mantuvo observando la pelota unas milésimas que parecieron décimas de segundo. No cabía duda: quería confirmar que el balón estaba dentro, que no era un calcetín, que el árbitro señalaba el centro del campo. Despejados los temores, lo celebró con furia, enseñando la camiseta, como si pretendiera mostrar que no queda rastro de la mancha, como un anuncio salvaje de detergentes. Adiós trauma, eso creyó.
Entre esa jugada y el gol anulado sólo cupo una amarilla de Cannavaro, que desde el principio se manejaba con la torpeza de los apandadores. Con la falta que Galletti sacó desde la derecha voló la polémica. El balón viajó hasta el segundo poste, golpeó en él, y fue rematado por Perea a bocajarro. No se registró más incidente que un posible penalti de Emerson al Kun, que salió despedido por contacto o por pavor. El árbitro no tuvo siquiera la decencia de acortar la celebración de Perea, que ya se había recorrido medio Calderón de fiesta y cumbia, de gritos y abrazos.
Pese a todo, el Atlético, jaleado por la injusticia y la evidente superioridad, siguió aproximándose al área del Madrid. En ese acoso, Fernando Torres jugaba un papel protagonista. Y no es sólo que lo intentara de todas las formas posibles en ataque, activando a sus compañeros, es que también se esmeraba en defensa: regateaba, chutaba, robaba; y después, volvía a empezar.
Respuesta. La primera llegada del Madrid se registró pasados 20 minutos, un cabezazo alto de Emerson, único superviviente de esa presión que asfixiaba el talento. Gago se encontraba completamente sobrepasado y, por primera vez, nos pareció muy niño. Guti, alejado de la creación, estaba alejado del mundo. Mientras llovía el fuego de morteros, al filo de la media hora, Higuaín chutó a puerta algo esquinado y despejó Leo Franco. Aviso. Ya al borde del descanso, Cannavaro se encontró con un balón de oro, este sí, pero golpeó como si en lugar de botas de fútbol calzara botas de esquí. La felicidad de los atléticos hubiera sido completa de no existir ese temor permanente que les ronda, esa sensación de que cada oportunidad perdida es un triunfo del Madrid, esa desconfianza del resultado, tan corto.
En la segunda mitad, Capello dio entrada a Cassano en lugar de Reyes. El último de los indultados se presentó con el trote ligero y los brazos vendados, ocultando tatuajes recientes. Sin juzgar su afición por la bollería o esa indómita rebeldía que tanto le perjudica, hay que admitir que es un buen futbolista. Uno de esos transeúntes a los que se les puede ocurrir algo. Y se le ocurrió.
Mejorado el Madrid por la entrada de Diarra en lugar de Gago, un pase entre líneas de Cassano descubrió el único punto débil del Atlético, la frágil línea de su defensa. El control de Higuaín reveló también la debilidad de Zé Castro, que ni cortó ni desplazó al delantero, que aguantó la tarascada y batió con elegancia a Leo Franco. Su primer gol de blanco.
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Es normal que el Atlético quedara noqueado varios minutos. Los que se pasó recordando los viejos agravios, las derrotas que fueron, la mala suerte y la suerte mala. Pero el Madrid, aunque se agitó un poco, no remató la faena. Dio por bueno el resultado y permitió que su rival se levantara. Cannavaro también puso de su parte con una expulsión tan buscada como absurda. Si Torres se libró de un complejo, ese lo heredó Agüero. Después de una jugada magnífica, su tiro asesino lo amortiguó Casillas. Minuto 90.
Terminó así, los madridistas celebrando el resultado, aunque con cierto disimulo, y el Atlético abatido por esos fantasmas que se instalaron hace seis años y se han quedado a vivir.



