Primera | Real Madrid 0 - Betis 0

Nuevo tropiezo, idéntica piedra

El Betis, que pudo ganar, volvió a poner de manifiesto la impotencia del Madrid. Casillas, providencial. Beckham fue expulsado. Robinho, abucheado

<b>PEOR RACHA HISTÓRICA</b> Después de ayer, el Madrid mantiene la peor racha goleadora en Liga en casa de toda su historia: sólo doce goles en once partidos. Hasta el momento, el Madrid sólo ha ganado cinco encuentros en su estadio, ha empatado tres y ha perdido otros tantos. El Betis, por su parte, logró anoche el tercer empate lejos del Manuel Ruiz de Lopera (dos victorias y seis derrotas). En la imagen, Raúl no consigue controlar el balón en presencia de Melli.
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Fallan muchas cosas y muchos jugadores, hasta la suerte falla. Sin embargo, es inevitable no mirar a Capello. Ninguna de sus decisiones favorece el rescate. Lo empeora. Ignoro si es presa del proceso autodestructivo que asalta a los que se ven perdidos, sin salida. O tal vez sus actos sean la consecuencia de una venganza premeditada: morir matando. Matando jugadores, espectadores, aficionados, periodistas y niñas rubias con coleta. Acribillando también a sus jefes, de paso.

El Madrid empató a cero contra el Betis y el tropiezo sólo incorporó la novedad de la sordina, de la costumbre, de la desesperanza. Apenas hubo pañuelos. La gente no se volvió al palco, se volvió a casa. Es raro. Es como si el madridismo tuviera la extraña sensación de que este castigo está bien merecido por haber adorado a un becerro de oro, la galaxia, el lujo asiático, los banquetes y las orgías de otros. Hay sensación de condena, de Cuaresma. Penas que no alcanzan para una rebelión.

Pero hay más. Hace ya algún tiempo que el Madrid se ha acostumbrado a rizar el rizo de la desgracia en todas sus variantes, cruel, irónica o esperpéntica. Por si el abatimiento no fuera suficiente, Ronaldo marcó ayer con el Milán dos goles que suenan como dos martillazos en la cruz del entrenador, del director deportivo y más allá. Hasta Beckham, que fue acogido con el clamor de los amnistiados que regresan, abandonó el campo expulsado con la humillación de un carterista, lo que no evitó nuevos aplausos, entiendo que por fastidiar. Así están las cosas, mal.

Ni qué decir tiene que el Betis celebró el empate, aunque al final pudo ganar. Hizo bien, la avaricia es otro pecado. Este equipo, amenazado por el descenso hace sólo quince días, ahora respira en la Liga y sobrevive en la Copa, tutea al Madrid y hasta le pinta la cara. No se venden mejores inyecciones de moral.

Antecedente. Con la diferencia de los goles, el partido no fue muy distinto al que disputaron ambos equipos en la Copa, en la vuelta de los octavos de final (1-1). El Madrid aceleró al principio, pero después se fue diluyendo, ahogado de impotencia, sin recursos ni calidad, sin alegría, afligido. El Betis, como entonces, fue ganando el ánimo que perdía el adversario hasta hacerse, si no dueño, copropietario del terreno.

Recuerdo que ese Madrid eliminado por el Betis fue despedido con aplausos, porque había caras nuevas y viejo entusiasmo. Un proyecto a estrenar. Hasta eso se ha perdido. Anoche, para culminar el genocidio, no jugó Higuaín, el mejor futbolista de la nueva hornada, el delantero más afilado (aunque sin gol), el tipo más sugerente, la nueva bandera. En cambio, volvió Emerson, un percherón de carromato, un jugador de una vulgaridad inaceptable para un equipo como el Real Madrid, un enchufado del entrenador. Por no mencionar a Cannavaro, que completó otro partido pésimo que incide en lo absurdo de haber concedido el Balón de Oro a un defensa destructor, que además, últimamente, se autodestruye. Todo se contagia.

Así afrontó el choque Capello, con lo dicho, más la ausencia de Raúl (por descanso, no teman) y la presencia de Robinho. Y así de fácil le resultó al Betis anular tanta farfolla: Capi sobre Gago. Bastó una venda en los ojos del creador para colapsar a Mazinger y hacer que rebotara en la pared. De nada sirvió la aportación de Guti, más adelantado y menos participativo.

En esos primeros minutos se registró uno de los hechos más nombrados por los que harán de la actuación arbitral una excusa, falsa, yo creo. En pugna por un balón, Juande sacó el brazo a pasear y golpeó con el codo a Robinho. El colegiado se alejó correteando y el asistente, que pudo pulsar el botón rojo, fue víctima de la seducción verbal de Luis Fernández, que le susurraba al oído cariños y despistes.

Como viene siendo habitual, las mejores ocasiones del Madrid las protagonizaba un defensa, Sergio Ramos, que se ha convertido en la reserva espiritual de occidente, en la simiente que repoblará el desierto, en el último macho de la estirpe. Lástima para el equipo que sus remates fueran con la izquierda. En el primero, chutó flojo, y en el segundo, empalmó algo flácido. Más cerca estuvo del gol cuando culminó una cabalgada en la que casi se tropieza con Robinho, torpe y lento.

Sí, el desacierto de Robinho, multiplicado por sus declaraciones de esta semana (no me quieren, snif), fue otra de las constantes del encuentro. Se entiende que el chico esté triste y hasta que el entrenador le dé miedo, pero ya son muchas las ocasiones que ha tenido de demostrar lo grande que piensa que es. Y aún no se ve casi nada.

El Betis, demasiado concentrado en la contención, tardó en aproximarse a Casillas. Lo hizo cumplida la media hora, en una jugada algo confusa que resolvió Nano con un disparo mordido dentro del área. Fue un aviso. Lo siguiente ya fue balazo. Pancrate, un apolo formidable, echó a correr, hizo la pared con Sobis, y disparó con toda la saña posible. Casillas, milagroso, despejó con alguna parte de su cuerpo, quizá con una pluma de un ala. Todo el susto lo había provocado una pérdida de Robinho, que a esas altura ya daba pena.

Salto mortal. En la segunda mitad, Capello dio otro salto mortal (y moral): sustituyó a Gago por Raúl. Guti se retrasó e hizo pareja con Emerson. Higuaín continuó en el banquillo. Por si el favor al enemigo no fuera evidente, la entrada de Riverita en el campo incidió en el error. El Betis se apoderó del timón.

Resultado: Miguel Ángel disparó alto y luego Pancrate sembró el pánico por la derecha. Cerca del final volvería a insistir, esta vez protagonizando la ocasión más clara del Betis en todo el partido: Miguel Ángel abrió un pasillo con alfombra roja y por él se coló el francés, que se merendó a Cannavaro por el camino y tuvo tiempo de apuntar el rifle. Su remate, picadito y ajustado, se desvió al chocar en un topo, porque de otro modo no se explica la parábola.

Por cierto, en ninguna de esas maniobras participó Sobis, aquel delantero que pensamos artista y que ayer se limitó a las esforzadas labores del picapedrero.

En esa recta final, el acoso del Madrid era más gestual que efectivo, con los aspavientos del atacante furioso, pero sin el fútbol necesario. Reyes salió para desesperar más al respetable y, cuando ya pensábamos que no nos cabían más flechas en el pecho, Capello retiró a Sergio Ramos por Marcelo. El sevillano estaba lesionado, pero dolió igual. Higuaín seguía en el banquillo.

Una falta lanzada por Beckham rozó el palo. Minutos después, su palo sí dio en la diana. Una entrada por detrás, más aparatosa que maligna, le mandó a la calle. También de eso se quejan los que se quejan.

El Betis logró su objetivo y el Madrid repitió ese error de planteamiento que diseccionamos cada semana, en cada partido. Pocos medicamentos hay para esa vieja dolencia. Ahora sólo se me ocurre uno: aspirina Bayern.

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