Primera | Real Sociedad 1 - Real Madrid 2

Noche de viejos rockeros

Beckham y Van Nistelrooy dieron la victoria al Madrid. Les ayudó mucho Bravo. Aranburu adelantó a los locales. Le asistió Casillas

<b>ELLOS LO ARREGLARON</b> Entre Torres y Van Nistelrooy fabricaron el segundo gol del Real Madrid en Anoeta. El canterano llegó hasta la línea de fondo, puso un buen centro con la pierna izquierda y el holandés ganó la partida a la defensa y al portero locales y marcó de cabeza. Torres recibió después la felicitación cariñosa de su compañero, que le agradeció la perfecta asistencia que recibió. Es el noveno tanto a domicilio del ex futbolista del Manchester en lo que va de campeonato.
Actualizado a

Difícil oficio el de guardameta, tratemos de ser comprensivos. Complicada trayectoria. La mayoría de las veces la vocación nace en la infancia, cuando el niño no encuentra otra posibilidad de jugar con sus amigos que aceptar el triste destino de la portería, rodillas peladas y barro, frío y olvido, demasiados reproches para tan pocos abrazos. Apenas hay porteros que no procedan de esa particular marginación, de la implacable selección natural del talento. Por eso, según indica un estudio muy poco cientí- fi co que se cuece en mi memoria, son tantos los porteros zurdos, porque a esa pierna se enganchan los genios más fabulosos, pero también los torpes más espléndidos, los que jamás hubieran entrado en un equipo de no haber aceptado la ingrata misión de desbaratar los goles que imaginan otros.

Quien tenga a un hijo o a un sobrino portero, o aún más, quien lo haya sido en su infancia, habrá compartido más de una vez la pena que provoca la cantada ajena, ese error que todos señalan entre la indignación y la mofa. Y ayer en Anoeta hubo mucho de eso. O, para ser más precisos, casi todo fue eso, ya que los errores de los porteros de- fi nieron el marcador, por encima de cualquier análisis táctico o técnico, por encima, también, de la voluntad de los entrenadores. Esto fue lo más positivo.

El drama comenzó pronto. Apenas se habían presentado los contendientes, cuando un balón llovido desde la derecha descendió sobre Casillas sin aparente peligro, con el veneno de las setas que pasan inadvertidas. Aunque nada se apreció, algo debió ocurrir. Probablemente, la pelota hizo un efecto raro; ya hemos comentado en alguna ocasión que los nuevos materiales sintéticos favorecen vuelos extraños, a poco que haya viento o polen. El caso es que Iker dudó si atrapar el balón o despejarlo y en esa duda perdió portería y tino. En pleno desequilibrio físico, su agónico palmetazo dejó el balón convertido en asistencia a Aranburu, que metió la cabeza con verdadero ímpetu y entusiasmo. Un fantástico regalo para un futbolista que todavía no se ha repuesto de la ausencia de Xabi Alonso.

Calidad. La Real se adelantaba en el marcador de la forma más insospechada, con un error del único futbolista del Madrid que nadie espera que lo cometa. El fallo parecía confi rmar, además, los peores presagios, los que despertó la alineación de Capello. Y es que el entrenador italiano sorprendió al mundo con un once plagado de veteranos, un giro inesperado en un camino lleno de volantazos. Así, fueron titulares Beckham y Emerson, y también Guti, al que se encontró acomodo en la izquierda. Por contra, calentaron banquillo Higuaín, Diarra, Robinho o Reyes, las caras de lo que considerábamos el Plan B, ilusión y juventud. El regreso al plan primigenio sólo demuestra una cosa: no hay plan, tiran dados.

Una vez asumido que hay ciertos designios insondables, el regreso más notable fue el de Beckham, que lucía el ceño fruncido y unas tobilleras blancas, tipo Neeskens. A pesar de tanto aderezo, su aspecto seguía siendo fl amígero. Y lo fue más todavía cuando le tocó lanzar una falta sobrepasada la media hora de juego. A pesar de la distancia, demasiada para su potencia (de chut), el inglés cumplió el protocolo y se cuadró ante el balón, dispuesto a repetir el dibujo que fi rma sus prendas deportivas. El disparo no cogió mucho vuelo y buscó la portería con cierta inocencia.

Sin embargo, Bravo se encargó de activar la dinamita. Indeciso y aturdido por razón que se nos escapa, el chileno ni saltó ni se estiró, ni fue ni vino. Asistió. Es cierto que la pelota botó antes de besar la red y que los tiros de Beckham viajan con el movimiento de rotación del globo terráqueo, pero de nada de esto estaríamos hablando si el portero no hubiera cantado como un tenor, como un divo.

Aunque no se descartaba celebración vengativa, Beckham el indultado fue un caballero y lo celebró con rabia, pero sin recado. Más mensaje hubo en los estrujamientos a los que fue sometido por sus compañeros, que parecían festejar tanto el gol como la rectifi cación del entrenador.

Entre un gol y otro, el partido había discurrido muy abierto, tanto que el campo parecía Pampa, por el largo y por los galopes. También por Gago. Es sorprendente cómo agradecen la sensatez ciertos equipos. Ese es el trabajo del argentino, sin fl orituras ni alardes para la galería: organizar, templar, repartir. El Madrid parece mejor equipo con él sobre el campo. Y lo será todavía más si Gago consigue asociarse con Guti, algo que ocurrió ayer por momentos y que completa a cada uno, al argentino con profundidad y al canterano con pausa.

Este intervalo antes del empate también dejó una jugada sobre la que bien puede secarse las lágrimas la Real Sociedad. Después de haber visto una tarjeta amarilla, Cannavaro interceptó un claro contragolpe de Xabi Prieto. El mérito del italiano fue silbar, simular que pasaba por allí y argüir luego que los cuerpos sólidos no se pueden atravesar y que sus carnes no son carpaccio. El árbitro miró para otro lado y los realistas le miraron a él, sin resultado. Ese tren, que pudo dirigirse hacia la salvación, fue fantasma, ya no cuenta.

La segunda mitad ofrecía un duelo parejo, intenso, emocionante. No obstante, pronto hubo que rebajar las expectativas. No se habían cumplido tres minutos cuando Guti abrió a la izquierda, por donde cabalgaba el joven Torres. El chico apuró hasta la cocina y cuando se le acababa la pista puso un centro en el que se notó, por robotizado, que ni aquella era su pierna ni aquella su banda, pero que cumple. El envío, sin excesiva potencia, estaba dirigido a las manos del portero, pero Bravo no las puso. En su ausencia, Van Nistelrooy metió la cabeza y remató un palmo antes de que llegaran las manoplas del chileno, tan conmocionado como en el primer gol.

Sentencia. El gol le supuso tanta alegría al holandés como desdicha a la Real Sociedad. Desde el punto de vista de los blancos (ayer azules), cerraba una nefasta racha de sus delanteros, al tiempo que encarrilaba un partido que se había puesto muy cuesta arriba. Desde el balcón de la Real, era un bombazo en la línea de fl otación del equipo, un jarro de agua fría, las pulgas del perro flaco.

Noticias relacionadas

Lo intentó, pero la Real ya no se repuso del golpe. Entre sus defectos mortales no está la entrega, pero sí el exceso de finura, una música que no encaja con las angustias que rodean a los equipos que están en puestos de descenso. Para sobrevivir en el infi erno no se necesitan violines, sino tambores. Con todo, los realistas se acercaron con peligro en varias ocasiones y en un par de ellas reclamaron penalti. Las acciones nunca fueron claras, ni las legales ni las que pudieron no serlo. Tipos volando agarrados a otros, como en un chotis, culpables equívocos y chapuzones colectivos. Difícil distinguir. Ni el corpachón de Kovacevic ni luego el tamaño de Skoubo pusieron en demasiados aprietos a la defensa madridista.

Así se esfumó el choque, sin demasiado ruido, con la Real voluntariosa, pero resignada a su suerte, mala, a su pena, mucha. El Madrid, en cambio, respira de nuevo. Capello ha vuelto a cambiar la letra del plan, pero las victorias son bombonas de oxígeno, aire puro. El Madrid sigue vivo, al acecho. Orgulloso y altivo. Ya sabe ganar sin la ayuda de Casillas. Es algo.

Te recomendamos en Más Fútbol

Productos recomendados