Primera | Real Madrid 0 - Levante 1

El Bernabéu se rebela

Pañolada por la derrota. El Madrid tuvo en contra la fortuna y al árbitro. El Levante marcó de penalti y jugó con criterio. Tommasi, líder de los visitantes.

<b>ACOSO. </b>Molina pelea con Ramos y Van Nistelrooy.
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Calderón se agarra a Capello, que no es madera, sino plomo. Y Capello no se agarra a nadie, o tal vez se sostiene en su contrato, que es de papel, pero le mantiene a flote. Así estaban las cosas hasta ayer. Los jugadores hundidos y el público ahogado. Una extraña sensación de tristeza administrativa, de antiguo internado de curas. Sin embargo, algo cambió anoche. Se cumplía el minuto 85 cuando los tímidos silbidos se transformaron en abucheo general. Alguien decidió mostrar un pañuelo y otros le siguieron con telas o celulosas, con bufandas o con la bolsa del bocadillo. No siempre es sencillo airear nuestras prendas blancas. La protesta, casi mayoritaria, se dirigía hacia el palco, pero fue extensiva al entrenador en cuanto asomó los rizos. No se recordaba un revuelo semejante en la ópera.

La reacción ante la derrota (séptima en Liga) significaba la resurrección del público, anestesiado según los últimos análisis. Si algo positivo puede extraer el madridismo del partido es que se ha recuperado la voz del pueblo, el último veredicto, el jurado popular. Y no es malo recordar quién manda aquí: el que paga, con dinero o con amor. Los que continúan cuando los demás se largan.

Aunque las quejas se dirigieron en un principio hacia el palco, visible e inmóvil, creo que si alguien sale tocado de este pleito es Capello, bombardeado a mitad de temporada por todos sus caprichos y desacreditado por los resultados. Todos sus disparos han salido por la culata. Y los últimos han sido sonoros. Además de los fiascos de Emerson y Cannavaro o de la irrelevancia de Diarra, entre los méritos de Capello quedará haber hecho santo a Ronaldo. El nombre del delantero se mezclaba anoche entre los lamentos de los aficionados, que, tan castigados por las penurias, se han acostumbrado a echar siempre de menos el mes anterior, cuando éramos gordos pero felices, o el anterior a ese, cuando éramos aburridos pero esperanzados, y así hasta la galaxia, y más allá.

Si Ronaldo escuece, un efecto parecido se produce cuando las cámaras de televisión enfocan a Beckham en ese palco que es una jaula de cristal colgada del techo. Dominador del escenario y del protocolo, el inglés se muerde las uñas mientras alguien se dispone a sacar una falta con dirección a la vía láctea, o a lanzar un centro medido a la cabeza del prosegur del fondo sur. Triste destino. Arrestado por existir. Castigado por guapo.

Sí. Demasiados enemigos los que acosan al Madrid, además de los deportivos, que ya valdrían para mantenerse en forma. Ese es un pecado que se purga de Capello hacia arriba y que recorre las cabezas que mandan para estrellarse en la imagen del club como el regalo de una paloma sobre el cristal del coche.

Valientes.

Como siempre que el árbol cae con estrépito alguien se encargó de empujarlo, el hacha o el viento. Eso fue el Levante y conviene no desmerecer su esfuerzo. A pesar de su dramática situación en la Liga, su mérito fue jugar, intentarlo, bajar el balón, escapar persiguiendo. A eso se dedicó hasta que el camino más cercano hacia la victoria fue detenerse, encerrarse y rezar. Los defensas curtidos aguantan la respiración durante media hora. Y eso son treinta minutos achicando agua.

La labor del árbitro es otro de los argumentos que se pueden utilizar para explicar el partido y su resultado. Es cierto que dejó sin pitar un penalti a Van Nistelrooy en la segunda mitad y que se vio involucrado en otras jugadas dudosas que siempre tuvieron como presunto perjudicado al equipo local. No discutiré que eso hace daño cuando no sobran ni el fútbol ni el talento, y tampoco negaré que los árbitros se envalentonan con el Madrid para liberarse, tal vez, de un viejo complejo. Sin embargo, la grandeza del Real Madrid y su historia deberían limitar las quejas arbitrales a señalados partidos ante señalados rivales, ilustres y odiados. Jamás contra el Levante en el Bernabéu.

Sin apenas tiempo a colocarse en el campo, a intimidar o a intimidarse, llegó el penalti a favor del Levante, el primero que le señalan durante toda la temporada. Diarra arrolló a Tommasi, que se disponía a culminar una fantástica jugada de Kapo, quien en una arrancada pareció un hombre peludo entre colegiales. A simple vista se entiende bien que este futbolista proceda de la Juventus. Una observación más prolongada explica que esté jugando en el Levante. Es inconstante y distraído hasta la desesperación.

Salva transformó el penalti, aunque Iker rozó el balón con los dedos. Entonces Abel tuvo el acierto de contener la natural retirada de su equipo. Lo mantuvo firme, concentrado en el gol y pendiente del contragolpe. Tal vez el filo de ese puñal atascó más al Madrid, que rebotaba contra el área rival como un equipo de balonmano, sin bandas, sin profundidad. Y lo que es muchísimo peor: sin alegría. También eso ha matado Capello. Los que sonríen lo escriben mil veces en la pizarra.

Como en otras ocasiones, el único madridista que se salvaba de la debacle era Gonzalo Higuaín. Hasta en las peores noches, el chico regala esperanzas para el futuro. Ayer descubrimos que su zancada corta y sus botas negras se mueven al ritmo de los pies de los genios en blanco y negro. Así de grande parece. Se mueve con astucia por varias demarcaciones y sólo le falta el gol, asunto que todavía no es capaz de resolver en solitario. Tendrá que aprender solo, porque no es buen momento para encontrar aliados o buscar padrinos.

Vacas sagradas.

En este sentido, si la incorporación de Guti no añadió más que un poco de ingenio y un mucho de aspaviento, el regreso de Raúl tampoco sirvió para iluminar el gol. El capitán estuvo combativo y sufriente. Lo que ya se conoce. Pero no marca. Más que crear ocasiones, las achucha, las jalea. Ha pasado de la seducción al empujón. Idéntica sequía abate a Van Nistelrooy, que cuantos más minutos acumula sin lograr un gol más torpe parece. Es una impresión engañosa e injusta, porque es un ariete contrastado, pero no hay quien la reprima. A la duda que nos generan esas piernas tan largas añadió ayer gestos que criticaban errores ajenos. Mal rollo.

En la primera mitad, Raúl reclamó penalti por empujón de Tommasi. Muy dudoso. Muy CSI. A esas alturas el centrocampista italiano ya era el amo del encuentro. Oxigenaba, repartía, templaba. Ni con la nariz magullada consiguieron retirarle del puente de mando. Hay tipos a los que se les nota la alcurnia.

Raúl volvió a ser protagonista en otra acción polémica, esta vez por patada al viento de Alexis que casi le arranca la publicidad del pecho. Y poco después se registró el penalti de Rubiales a Van Nistelrooy, tan clásico que pasó inadvertido, acostumbrados a tantos saltos mortales.

Robinho entró en el campo por la asombrosa inoperancia de Reyes y después de cuatro bicicletas y un par de jugadas en arabesco salió sudado y lesionado. Fue el momento del niño Nieto, que estuvo muy cerca de transformar el marrón en rosa al estrellar un derechazo en la escuadra de Molina.

A esa acción se sucedió un tiro de Van Nistelrooy a bocajarro despejado sobre la línea de gol y un doble remate de Raúl que interceptó Molina, acertadísimo, con el viento que te empuja las noches que son tuyas, pocas.

Mejor no mirar al banquillo durante ese acoso suicida. Allí estaban sentados Pavón, Mejía, Emerson y Miñambres, que hasta llegó a calentar, en amago de broma macabra, porque es un defensa que lleva dos años sin jugar un partido.

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Como el Levante ya no se internaba más allá, Ettien intentó un gol desde el centro del campo. Se quedó corto. Pero en esos últimos instantes las estrellas del Levante ya no eran los delanteros, sino los defensas, esa muralla de cabezas sin pelo que rechazaban con furia cualquier objeto volante identificado o no. Tanto Alexis como Dehu, también Camacho, estuvieron espléndidos en la contención.

Así finalizó todo, los pañuelos en las gradas y el alivio en el césped, porque los dos equipos dejaron de sufrir. Capello habló luego del árbitro y de las ocasiones perdidas, las excusas habituales. Pero antes había hablado el Bernabéu, en su partido mil. Esa fue la victoria del madridismo. Recuperar la voz.

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