Primera | Real Madrid 1 - Zaragoza 0

El Madrid se reinventa

El Zaragoza no encontró respuestas al entusiasmo local. Higuaín y Gago confirman su protagonismo. Van Nistelrooy sentenció. El Bernabéu vibró.

<b>DE MENOS A MÁS. </b>Robinho, entre Aimar y Zapater.
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En los últimos minutos, en pleno asedio del Zaragoza, el Bernabéu era un manojo de nervios, exactamente como en una eliminatoria de la Copa de Europa, como si el partido no fuera uno más en una Liga larguísima, sino un resultado a mantener, un momento a conservar, un espíritu a preservar. Así se liquida una crisis, más que juntos, apretados, luchando contra el viento, contra el rival y, si es necesario, contra la suerte, pero jamás contra el público. Únicamente falló eso. La estupenda reacción del Madrid, su victoria, esa inyección de ánimo que se multiplica gracias a las derrotas de los primeros clasificados, sólo quedó ensombrecida por un gesto de Capello, al que le separó un dedo del buen gusto.

Es difícil calcular el vuelo que tendrá este Madrid refundado y por eso conviene ser prudente y utilizar los dedos para cerrar los puños. Sin embargo, hay que constatar la resurrección, el cambio, una transformación que se llevó por delante a un Zaragoza que no era un rival cualquiera, porque se presentaba en el Bernabéu como aspirante. A ambos equipos aún les queda por despejar la duda del largo recorrido, de la resistencia.

Desde el inicio, el Madrid marcó el ritmo. Para empezar, salió al campo interesadísimo en el partido, con ese punto de agonía que exhibe en la Copa de Europa y que tanto intimida a sus rivales. En contra de lo que se intuía, el regreso de Raúl no desplazó a Reyes del once, y sí a Robinho. En ocasiones cometemos el error de pensar que Capello se mueve en función de complicados razonamientos. Nada más lejos de la realidad. En estos momentos, lo suyo es un puro ejercicio de supervivencia. Y Robinho, hasta que no demuestre lo contrario, es una frivolidad, un bailarín de claqué en el fondo de una trinchera.

Lo más notable es que el acoso del Madrid no era sólo una demostración física, ni siquiera psíquica. El equipo jugaba bien y rápido, agitado por Gago, que no sólo es un buen futbolista, es un jefe, un capitán de 15 años, de 20. El muchacho no acusó jamás la presión del Bernabéu. Al contrario, se elevó. Ya no levanta el brazo como los chicos en el colegio, como en Sevilla; ahora no pide, ordena, señala, aquí, allí, deme, deme. El usted argentino reduce el descaro. Y se la dan, naturalmente.

Tal vez porque no estaba preparado para ese tifón, el Zaragoza se encogió sorprendentemente. No fue el equipo que se esperaba, el que se temía. Se olvidó del balón o, lo que es lo mismo, apartó a Aimar del juego y lo inclinó a una banda, la siniestra. Sin su ayuda, Celades y Zapater fueron dos señores de gris en medio de una multitud. Ambos pasaron completamente inadvertidos.

Indicios.

A los seis minutos el Madrid ya había completado dos buenas aproximaciones. La mejor, un disparo de Higuaín que golpeó en un defensa. Así descrita podría parecer una jugada entre un millón, pero, tanto el control como el cañonazo, descubrieron a un delantero frío e implacable, un tipo con aires aristocráticos, varios centímetros por encima del resto, que no sufre, que por su aspecto pudiera tener el pulso de Indurain. Una suficiencia insólita en un chico de 19 años.

Y ese oasis no fue un espejismo. El primer destello fue confirmado en sus posteriores intervenciones, culminadas por su asistencia a Van Nistelrooy. Antes dejó un sublime sombrero y un chut raso que no enganchó de pleno; después, un caño y un balón que pisó en el área, al estilo del fútbol sala, inmediatamente después de que le hiciera un penalti Diego Milito. Ya lo advierto: le pitarán pocos penaltis porque no es fácil derribarlo, ni él pretende mancharse, ni rogar.

Antes de que el Zaragoza diera señales de vida, Raúl tuvo que abandonar el campo lesionado y fue sustituido por Robinho, que todavía tardaría una hora en aparecer y comprender que su lateral, Piqué, era un gigante fuera de sitio.

Fue a partir de ese momento cuando se estiró el Zaragoza, rescatado por Aimar, que abandonaba tímidamente su prisión en la izquierda. Pero eso no era suficiente para contener al Madrid, ni para asustarlo. Y debo decir que en ese intento por desactivar el peligro colaboraba poco el pantalón rosa de César, digno uniforme para un cabaret, sólo allí.

Prueba del desigual reparto de poder es que en el minuto 26 los locales sumaban once balones al área, por uno de sus adversarios. En ese entramado, Gago desempeñaba un papel primordial: quince pases buenos de quince a los 20 minutos; 54 pases buenos de 58 en el minuto 62. Nadie contó los pases inteligentes, pero lo fueron casi todos.

No obstante, en ese Madrid ágil y activo también destacaban más jugadores que los argentinos. El chico Torres, excelente en defensa, se incorporaba con diligencia por la banda derecha y rehabilitaba el puesto. Reyes, por su parte, peleaba como un condenado, consciente de que la salvación está en el trabajo. En general, un estilo diferente, animoso y comprometido. Supongo que algo cercano a lo que reclama el Bernabéu desde que el señor Di Stéfano levantaba a los compañeros heridos al grito de "gallego, a usted no le pagan por estar tumbado".

Sentencia.

Tanta aproximación del Madrid sólo podía finalizar en gol. El árbitro no vio falta de Van Nistelrooy a Sergio en un balón al área y señaló córner. La jugada siguiente se resolvió con un centro al segundo palo de Robinho: Gaby Milito amortiguó con los rizos y la pelota llegó a Higuaín, que se acomodó el balón con una zona del cuerpo entre la hombría y las entrañas. Luego, se puso igual de nervioso que un veraneante en la hamaca. Miró, vio y entregó a Van Nistelrooy, que marcó a placer.

El golpe y el descanso ayudaron a reflexionar a Víctor. El equipo que regresó al césped era diferente siendo el mismo. El sistema perdió importancia y Aimar se movió con más libertad. También fue un acierto el relevo de Ewerthon en favor de Sergio García, y la entrada de Movilla por Celades. Con ellos sobre el campo, el enorme esfuerzo de Diego Milito, gran futbolista incluso en los momentos de sequía, tenía más sentido.

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En esa segunda mitad pudo ocurrir cualquier cosa. Higuaín siguió entregando invitaciones para el gol como si estuviera en la boca del metro, tan generoso. No obstante, la ocasión más clara estuvo en las botas del canterano De la Red, que reemplazó a Reyes. Esta vez, el pase fue de Van Nistelrooy y el muchacho galopó con decisión hasta el área. Allí, su duro disparo al bulto se tropezó con el rosa pálido de César. A esas alturas, el Zaragoza ya tenía una respuesta para cada afrenta. Su tren pasó cuando Piqué peinó una pelota que se estrelló en el larguero. Restaban cinco minutos para la conclusión.

Para el Madrid, el pitido final fue una explosión, de alivio y de alegría, que desató abrazos, suspiros y un dedo corazón.

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