Heredó nombre y fuerza de su padre luchador
Pollo es un pivote de gran poderío


A Adrián Hernández (Mogan, Las Palmas, 1983) nadie le llama así. Adrián es Pollo, el hijo del Pollo de Lomo Quiebre, un luchador canario reconocido en los ochenta. Su nombre, tan atípico en el fútbol que hasta Bianchi el año pasado le buscó para preguntarle de donde surgía tal apodo, lo luce con orgullo desde la escuela de Maspalomas, su primer equipo, con ocho años. De pequeño, Pollo tenía dos ídolos: uno, Iván de la Peña y, el otro, su padre, a quien seguía, siempre, con su madre, Susa, de corro en corro. Del primero guarda la estética del pelo rasurado; del segundo, el nombre y un físico de gladiador.
Abarca mucho campo, cierra, corta y reparte, se parte el pecho en cada lance. Alfredo Santaelena ya lo advirtió hace dos meses: "Pollo es jugador de una categoría superior". Y eso Aguirre ya lo sabe: él fue uno de los once canteranos que examinó en el Memorial Jesús Gil. Y debió de gustarle porque ante la falta de Luccin y Maniche, sancionados, y Costinha, lesionado, no ha dudado en llamarle.
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Si hay un nombre clave en su trayectoria, es éste: Pablo Sicilia (ex jugador rojiblanco actualmente en el Tenerife). Camino que recorre uno, senda que no tarda en seguir el otro. Cosas del destino. Se conocieron en el filial de Las Palmas, donde Pollo estuvo tres años; el último, con Pablo ya en el Vecindario. Allá coincidieron, de nuevo, un año más tarde, y lo mismo pasó con el Atlético B. Pablo llegó en la temporada 2004-05 y Pollo en la 2005-06.
Fue Pablo quien le animó a dar el salto, a dejar la isla y a su familia allá por vestir la rojiblanca acá. De hecho, la que lució en la foto del día en que fichó por el Atlético B (imagen contigua), con el Faro de Maspalomas al fondo, era de Pablo. Un año después, por su humildad y sacrificio, ya se ha ganado el brazalete de cuarto capitán del filial rojiblanco. Su baja por una rotura en el cuádriceps, al principio de temporada fue letal: faltaba el muro, los malos resultados se sucedían y él forzaba porque no soportaba ver a su equipo abajo. Volvió, marcó dos goles y cerró el mediocampo del filial con la misma intensidad con la que lo hará, mañana, si Aguirre le da definitivamente el mando del Primera.



