Torazo en rodeo ajeno
Van Nistelrooy culminó una victoria muy trabajada. Cannavaro fue expulsado injustamente. El Espanyol no encontró a De la Peña. Más pelea que brillo.

Avanti. Adelante. Después de perder en Sevilla, el Madrid retoma el hilo y sigue a la suyo, que es ganar sin música, sumar victorias, almacenarlas. Construir. Ya van seis triunfos fuera de casa, lo que no ha conseguido nadie. Lo dijo el gaucho Martín Fierro y a Di Stéfano le gusta: "Yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno". Italianos, argentinos, mezclas perfectas, seres superiores.
Empezaremos por ellos, por los italianos, campeones del mundo, inventores del estilo y también del traje a medida, que es el arte de la adaptación con tela. Tuvieron que pasar 14 jornadas para que Fabio Capello alineara un equipo perfectamente equilibrado, al menos en su disposición sobre el campo y en el reparto de funciones: los zurdos a un lado y los diestros a otro, dos de ellos pegados a sus bandas, tantos guardaespaldas como lomos por cubrir, una defensa de hierro y un gran delantero centro. Es decir, primera renuncia al doble pivote, lema fundacional. Y por fin, Guti como pareja del medio destructor, en este caso, Emerson. Sólo queda para la nostalgia la suplencia de Ronaldo, romanticismo que nos reventó, como tantas veces, la fuerza de los acontecimientos.
Ese cambio conceptual hacía que el partido fuera un experimento de extraordinaria importancia para el Madrid (y los que miramos), pues anunciaba un leve aperturismo que debía estar refrendado por una victoria. Y lo estuvo, aunque cierto es que el juego no mejoró sustancialmente. Seguiremos esperando. Después de tantos meses observando sería terrible perderse el momento en el que Capello ice la bandera pirata y navegue al asalto definitivo de los galeones que le preceden. Personalmente, a estas alturas, ya me lo creo todo: los piratas, Peter Pan y Campanilla.
Al Espanyol, que venía de conseguir dos revitalizantes victorias contra Sevilla y Atlético de Madrid, se le notaron pronto los defectos, pocos, pero notables. Ese efecto tiene la solidez del Madrid sobre sus rivales: los desnuda. Y en ese trance, el equipo de Valverde pasó cierto frío. Es verdad que no perdió la cara al choque y que hasta el gol de Van Nistelrooy mantuvo el encuentro en un milimétrico empate a méritos. Pero siempre pareció que el Madrid aguardaba su momento y que el Espanyol vivía al momento. Dicho de otra manera: una cobra contra un gato, mirándose.
Como sería el encuentro de peleado, administrativo y cenagoso, que el primer disparo entre palos se registró en el minuto 43. Fue un tiro flojo de Robinho, a pase de Reyes. Lo hubiera detenido un espantapájaros. La escasez debe indicar un virtuosismo táctico que se nos escapa. A eso hemos llegado, a valorar el mezquinismo. Enhorabuena, Internacional de Porto Alegre.
En la segunda mitad se confirmó que Capello ganaría mucho si hubiera tiempos muertos, como en el baloncesto. Porque sus discursos siempre jalean al equipo, lo cautivan. Esto ya lo sabía Carlos V, que fue rey antes que Ronaldo: "Hablo a Dios en español, a las mujeres en italiano, a los hombres en francés y a mi caballo en alemán". El arte de seducir.
Advertencia.
Reyes avisó con una estupenda internada por la izquierda que se quedó en asistencia sin rematador, pony con alas. Era la primera intervención de verdadero mérito del sevillano, mucho mejor futbolista de lo que parece, insisto. Mi crédito, sin embargo, se acerca a los números rojos en el caso de Robinho, genio sin verticalidad. Otro pony con alas, el maravilloso mundo de lo que sólo existe en nuestra imaginación.
Hasta entonces, al Espanyol sólo se podía reprochar la falta de inspiración de Iván de la Peña, la clave del equipo. Para desconsuelo de sus compañeros, ayer se obsesionó con jugadas preciosistas de todo o nada, y fue nada. Una y otra vez insistió en complicadísimos pases en profundidad, como el que lo apuesta todo al próximo número en la ruleta, convencido de que es una simple cuestión de insistencia. El resultado siempre es el mismo: al final, ni para pipas.
De pronto, otro italiano se apoderó del protagonismo, Fabio Cannavaro. El Balón de Oro ya había sido objetos de los flashes nada más empezar el encuentro, al saberse que ha ganado también el FIFA World Player, hay años que es mejor no cerrar los ojos, no vaya a ser.
Bien, pues nada empezar la segunda mitad, Cannavaro vio una justa tarjeta amarilla al cortar en falta un avance de Tamudo. El problema surgió seis minutos después. Nueva incursión del Espanyol y el italiano que intercepta el centro desde la derecha. Los locales reclaman mano y el juez de línea levanta la bandera. Qué malas son las banderas, todas. Conclusión: la portentosa imaginación del asistente (con antecedentes penosos) arrastró al árbitro, que expulsó a Cannavaro mientras el italiano no hacía otra cosa que señalar su ojo, todavía enrojecido por el golpeo del balón. No fue mano. Fue córnea.
La consecuencia fue siniestra: en medio de esta película sobre la supervivencia animal en el Serengetti se nos coló el torpe cazador que no falta en las películas de Tarzán. Y su ayuda de cámara.
Decisivo.
Entre las tarjetas de Cannavaro cupo un gol, el que decidió el combate. Guti buscó a Van Nistelrooy y antes de recibir el balón el holandés ya tenía el plan hecho, el crimen perfecto. En un solo movimiento controló, se giró y disparó cruzado, con la eficacia que distingue a las estrellas, y él lo es. Acepto que no despierta la intriga que nos causa Ronaldo, la esperanza de una sutil genialidad, pero Ruud no libra nunca. Siempre está y casi nunca falla dos veces.
El gol y la expulsión distrajeron bastante el partido, o lo que quedaba de él. Capello dio entrada a Mejía en lugar de Robinho y el Madrid reculó, absolutamente confiado en su ventaja. Lo supo Valverde y apostó por Pandiani, pero los problemas del Espanyol se localizaban más atrás, en la ruleta de Iván de la Peña.
Así que el resto de minutos (hasta 40, sumado el descuento) discurrieron con un dominio local totalmente controlado por el Madrid. Eso también es oficio y valdrá oro en otras guerras, como en la Champions, por ejemplo. La muestra de que el acoso no era tal es que, en el minuto 70, el Madrid había lanzado siete saques de esquina y el Espanyol, ninguno.
En ese trámite, aparentemente tan engorroso, Raúl destacó sobre el resto de jugadores. Corrió, robó, organizó y hasta tiró pedacillos de pan a las palomas. Por sus botas pasaron los acercamientos más peligrosos del Madrid. Hay un tipo de orgullo que también puede poner los pelos de punta.
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Mejoró el Espanyol con la entrada de Coro (y de Mejía), pero ni eso le bastó para trepar más allá de la mitad del muro. Todo se le escapó por unos centímetros que en estos casos son un foso.
En resumen: el mercante acumula armas en la bodega. Tal vez sean piratas.



