Yo digo | Manolo Velázquez

Lloro por Pancho, mi gran ídolo

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Lo pasé mal en algunos momentos de nuestro viaje a Budapest. El funeral organizado por el Gobierno húngaro fue tan deslumbrante que nos puso los ojos vidriosos, pero es que en mi caso es algo más que el adiós a un ex compañero. Puskas, y lo digo muy alto, era mi ídolo futbolístico. Admiré a Di Stéfano y a Gento, dos estrellas superlativas, pero Pancho tenía algo especial. Su capacidad para definir, su quinta velocidad en un espacio de veinte metros, su zurda prodigiosa, su humanidad... Como nací en la calle Víctor Andrés Belaunde, a escasos 300 metros del Bernabéu, confieso que varias veces hice novillos en clase para escaparme al estadio a ver entrenar a mis ídolos... pero sobre todo al señor Puskas. ¡Qué golazos!

Para mí, Puskas ha sido siempre un referente clave en mi carrera. Para empezar, no admitiré que nadie diga que yo le arrebaté el 10 de la espalda cuando en 1966 me hice con la titularidad y Pancho se quedó fuera del once de la final de los ye-yés en Bruselas. A Puskas le retiró la edad, porque con casi cuarenta años y algo de tripita no se le podía exigir más. Pero hasta el final siguió siendo un futbolista único. Por eso, puedo decir orgulloso que cuando en 1969 el club le homenajeó ante el Rapid de Viena (ganamos 4-2) y se decidió que yo le sustituyera para que él me diese su camiseta con el 10 a la espalda, me llegaron a temblar las piernas. Yo era muy tímido y sabía que ese momento sería mágico e irrepetible. Se iba para siempre Pancho, mi admirado Pancho, con esa sonrisa sincera que lograba que en nuestro vestuario nunca hubiese malas caras ni gestos sombríos. Su corazón era más grande que su talento, que para mí fue descomunal. No olvido una apuesta en un entrenamiento, cuando ya era compañero mío. Dijo que tiraría diez tiros desde fuera del área a la escuadra y que haría diana al menos en cinco. ¿Saben cuántos balones golpearon en la cruceta? ¡Ocho! Un genio.

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Comprendo el drama por el que pasó Puskas y su familia porque mi madre también murió por culpa del Alzheimer, pero me quedo con esa lucidez sana que tuvo hasta que esta enfermedad se apoderó de su humanidad. Me hace gracia cuando le achacan que llegó al Madrid algo gordito y con 31 años. Curiosamente, en la cultura futbolística española ésa es una edad en la que ya te están preparando el partido de homenaje. Pero él era tan bueno que le bastó quitarse unos kilitos para pasarse ocho años deleitándonos con sus goles y sus hazañas. Además, ayudó a Di Stéfano y a Paco Gento a ser más grandes. Eso es impagable.

En Budapest se vio un adiós grandioso, a la altura de la celebridad del personaje que fuimos a despedir. Puskas sigue siendo en Hungría una de sus figuras más legendarias. Yo no le olvido. Y el Madrid, tampoco. Pancho escribió páginas que han dado sentido a la posterior leyenda de nuestro club. Además, era buena gente. Un antidivo. Humilde, generoso, honesto y sencillo. Hasta siempre, amigo.

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