Piterman no puede comprar la dignidad

Dimitri Piterman es el dueño del Alavés, el jefe absoluto, porque compró el club cuando nadie más quiso hacerlo. O nadie quiso aceptar las condiciones impuestas por al anterior propietario. Poseer la mayoría absoluta de las acciones del club le da derecho a controlar la economía de la entidad, la parcela deportiva, a quién y cómo se ficha y a quién se traspasa, incluso le permite vestirse de entrenador y decidir tácticas y alineaciones, con el consentimiento de Chuchi Cos, el técnico oficial del Alavés, el hombre que pone el carnet. Pero lo que no ha conseguido Piterman es comprar la dignidad, la conciencia de la mayoría de los futbolistas que ha tenido como empleados.
Un jefe puede censurar el comportamiento profesional de sus subordinados si no le parece el adecuado, les puede reprender por su actitud en su trabajo si no están a la altura de lo que él espera de ellos. Pero nunca debería convertir una cuestión personal en un problema profesional. Como tampoco debería imponer unas reglas sin más argumento que el poder que le concede su cargo.
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Si uno intenta imponer su opinión y hacerse respetar por el simple hecho de que es el jefe es improbable que logre convencer a sus trabajadores de que el camino por él señalado es el correcto. Normalmente es más fácil lograr el convencimiento desde el diálogo que desde el poder, aunque en ocasiones las diferencias se han hecho tan enormes, las posturas están tan enquistadas y la humillación ha sido tan grande que ni el diálogo puede solucionarlo.
El defensa del Alavés Carreras y sus compañeros se quejaron en público del trato que les ha dispensado su jefe. Esta actitud quizá les deje sin trabajo, pero nunca perderán su dignidad. Siempre tendrán la conciencia tranquila, porque hicieron lo correcto.



