Liga de Campeones | Dinamo de Kiev - Real Madrid

Kiev sigue recordando a su gran maestro Lobanovsky

El estadio donde jugará el Madrid lleva ahora su nombre

<b>HOMENAJE. </b>Shevchenko brindó la Champions a Lobanovsky.
Actualizado a

Coronel del Ejército soviético, ingeniero de profesión, cara de pocos amigos y enrojecida por el vodka (según las malas lenguas) y forjador del gran Dinamo de Kiev. Ése era Valery Lobanovsky, el Zorro Plateado, el hombre con el que el club ucranio conseguiría sus mayores éxitos: ocho Ligas soviéticas, seis Copas de la URSS, dos Recopas y una Supercopa Europea, y tras la diáspora rusa sumó cinco Ligas más de manera consecutiva y tres Copas. Además, a este currículum hay que sumar la Liga que logró como jugador del Dinamo en 1961 con el número 11 a la espalda.

Lobanovsky nació el 6 de enero de 1939. Muy joven, a los 29 años, y tras brillar como extremo izquierdo en el propio Dinamo, se convirtió en el entrenador de un modesto equipo de Segunda, el Dnieper. Su labor fue excepcional: en apenas cuatro años subió al equipo a Primera y le colocó entre los seis primeros del campeonato gracias a que pudo desarrollar todo su credo futbolístico a su manera: velocidad, fuerza, disciplina táctica, juego colectivo, presión en todo el campo y un generoso trato con el balón. Todo eso lo llevaba a cabo en agotadoras sesiones de entrenamiento (los jugadores le apodaron El monstruo). Pero para Lobanovsky, amante de los rígidos modelos matemáticos -en sus tiempos de jugador era habitual verle marcar goles olímpicos, ya que su obsesión por la perfección era tal que ensayaba los lanzamientos con papel y lápiz amén de ensayarlos durante horas-, los jugadores eran la materia prima: "Sin ellos, el entrenador no vale nada", solía comentar, aunque era muy severo con sus planteamientos: en 1988 tuvo durante seis meses a su central Kuznetsov viendo vídeos del resto de las selecciones clasificadas para la Eurocopa de Alemania. ¿El motivo? Aprender los movimientos de todos los delanteros rivales.

Innovador.

Lobanovski modernizó el club de sus amores. Tras ir desapareciendo las grandes figuras, no renunció a disminuir el potencial de los ucranios y contrató a jóvenes promesas a la par que descubría grandes talentos como Blokhin, Belanov o Shevchenko.

Noticias relacionadas

Lo que nunca le perdonaron las autoridades rusas fueron los malos resultados cosechados en los Mundiales de 1986 y 1990. En su debe hay que señalar que en el Mundial de México-86, los soviéticos fueron notablemente perjudicados por el arbitraje. En el encuentro ante Bélgica, donde perdieron por (4-3), dos tantos de los belgas fueron obtenidos en posición dudosa, mientras que en Italia-90, le pitaron un penalti cuando había sido falta fuera del área (ante Rumanía) y una mano de Maradona en el área no fue señalada penalti. Para colmo de males, el árbitro había sido el mismo, el sueco Fredriksson.

En su última época siguió entrenando pese a sufrir múltiples enfermedades. Nunca se arredró: incluso dirigió partidos a través de su teléfono móvil. Demianenko y Mikhailichenko, entonces ayudantes, pueden dar fe de ello. La muerte le sorprendió en Zaporohie, al este de Ucrania, donde iba a dirigir a los suyos ante el Metalurg. Su equipo ganó (1-3), pero tras el partido fue ingresado de urgencia. Dos derrames cerebrales seguidos acabaron con su vida en mayo de 2002. Ahora el estadio de Kiev lleva su nombre.

Te recomendamos en Más Fútbol

Productos recomendados