Primera | Real Madrid 2 - Athletic 1

Sí, pero al final gana

Ronie y Roberto Carlos remontaron el gol de Prieto. Fue otro canto a la efectividad. Orbaiz se lesionó. Aduriz, expulsado. Iker volvió a ser providencial

<b>EL MILAGRO HABITUAL</b>. La imagen muestra el momento en el que Casillas se dispone a sacar la pierna para despejar el disparo de Iraola, que optó por colocar al pensar que Iker cubriría el palo corto. No contó con sus reflejos extensibles.
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Es el triunfo del fútbol ahorro, del fútbol tacita a tacita, ese que se iguala con otros estilos más espléndidos y esplendorosos gracias al recorte de cupones. Cada uno se hace rico como quiere. O como puede. Y estás en tu derecho de criticarlo o de buscar arte en el contenedor (trash art), que algo de valor debe haber escondido cuando el Real Madrid ya es segundo en la Liga, a un solo punto del flamante Barcelona, que será flameante y flambeado como pierda ante el Werder Bremen mañana. Cosas. Caminos.

Decíamos ayer y lo que decíamos ayer también sirve para hoy: las teorías sobre la efectividad le deben un capítulo a Capello. Promete y cumple. El único problema es la transición entre ambos puntos. Suponiendo, claro, que eso sea un verdadero problema y no un extravío romántico, el nuestro, que ya hasta dudo. Nos empeñamos en extraer una enseñanza moral a la victoria, pero tal vez este sendero no se pueda recorrer haciendo tirabuzones. Y quizá esto explique otras penurias personales y nacionales.

El hecho es que el Madrid sumó su cuarta victoria consecutiva en el campeonato y está en disposición de disputar el título, lo que a estas alturas debe aterrar a sus adversarios pues al no conocerse la razón del éxito es casi imposible combatirla. Sí, hay ciertas dosis de ingenio celestial, disciplina y un inagotable espíritu de sacrificio. Vale. Ataje usted ese fuego.

El triunfo ante el Athletic volvió a repetir recientes paseos por el abismo. El Madrid jugó otra vez mal, sólo iluminado, durante bastantes minutos, por los fogonazos de Robinho, que está en plena convulsión juvenil. Igual le salen chispas que ceniza. Es como si en su interior luchara por brotar un futbolista sublime, con la enorme dificultad que tienen estos partos. Por momentos, estamos convencidos de su excelencia. Lo estuvimos, por ejemplo, cuando ayer inventó un pase de cuchara para salvar el acoso de dos defensas, parábola mágica que aterrizó convertida en asistencia a Salgado, que luego se estrelló con Lafuente. Gestos así le engrandecen. Dudamos, en cambio, cuando se pierde en el último regate, cuando peca de frívolo en los instantes que hay que ser un chacal. Entonces nos viene a la mente Denilson, recordarán qué pena.

Aunque en el primer cuarto de hora el Madrid ya había disfrutado de dos buenas ocasiones (la mejor, un chutazo a media vuelta de Raúl, torero), el Athletic saltó al césped con empaque y buenas maneras, confirmando que lo suyo no es un problema de pies, que tiene fútbol para no sufrir tanto.

Como siempre que se manifiesta, Yeste era el referente del equipo, con esa hermosa suficiencia de los diamantes en rama. Suyo fue el primer aviso rojiblanco: su tiro de falta silbó junto a la escuadra protegida por la barrera.

No era mucho, pero resultaba suficiente para equilibrar el partido. Porque al Madrid todos le tocan la cara, eso también hay que admitirlo, además de la brillante estadística. El doble pivote es una extravagancia desde el momento en que ni quita ni da. Emerson, perfecto en los papeles que interpretaba Peter Lorre en los años 40, se llevó en esta ocasión la peor parte. Como hay dos iguales, siempre paga uno. A Diarra al menos le quedó el orgullo de salir vendado, lo que siempre ofrece una historia que contar.

Ilegal. No es que el gol del Athletic no hiciera justicia, es que ya no creemos en ella. Como no hay reglas, nada sorprende demasiado ni nada asusta mucho. La falta parecía muy alejada. Y como la hicieron indirecta lo pareció más. El caso es que Prieto disparó sin importarle la distancia, muy duro. El balón era bueno, pero noble. Hasta que lo envenenó el pecho de Gabilondo, que estaba en claro fuera de juego. Casillas, que volaba para interceptarlo, no pudo rectificar. Iker protestó tanto que ni hizo falta ver la repetición. El árbitro huyó.

En la segunda mitad a Capello le dio uno de esos arrebatos flamencos que nos regala de vez en cuando, por eso es hijo adoptivo. Ronaldo y Beckham por Reyes y Emerson. Ronie en sus prados y el inglés en el medio, donde hasta con armadura sería más imaginativo que la otra mitad del pivote.

El Madrid cambió, naturalmente. Creció y se estiró. Y eso coincidió con el endurecimiento del juego, lo que embarró el partido sin que hubiera llovido apenas. Van Nistelrooy tuvo el gol en sus botas, pero Lafuente rechazó con reflejos. Luego el árbitro anuló justamente un gol al holandés por fuera de juego previo. Eran advertencias, mucho más que rumores.

El primer síntoma de derrumbe visitante llegó cuando Orbaiz cayó lesionado. Otra rodilla. Una de las que sostienen al Athletic. Pese a todo, al equipo de Mané todavía le cruzó un tren por delante, el penúltimo. La jugada la inició Yeste, pasó por Aduriz y acabó en Gabilondo, que remató con muchas ventajas y se tropezó con el desbordante talento de Casillas, el mejor portero del mundo en los tiroteos a quemarropa.

Muy poco después empató el Madrid. Fue un premio a la actividad de Ronaldo, tan comprometido como ansioso. Ramos le buscó con un pase fabuloso desde campo propio y Ronie controló con maestría, porque habla ese idioma, lástima que pocos lo practiquen. El gol se le da por supuesto. Cuando asisto a su facilidad para desentrañar los misterios del fútbol, pienso que estamos en la obligación de disfrutar de este futbolista hasta la última gota, aunque para ello sea necesario comprarle fresas con nata a medianoche.

El Athletic siguió siendo valiente, tal vez demasiado. Aduriz fue expulsado y Mané cambió a Yeste por Urzaiz, por lo que el equipo quedó abocado a la épica sin fútbol, asunto muy poco recomendable. Roberto Carlos le puso la moraleja a ese cuento. Tuvo espacio para armar el cañón y derribó el castillo con una bala que pasó entre piernas y tréboles.

Todo parecía hecho para el Madrid, pero aún le faltaba un milagro a Casillas: pierna salvadora a tiro a bocajarro de Iraola. En el último barullo, se reclamó penalti de Van Nistelrooy, que golpeó con el brazo al protegerse la cara.

Trenes vacíos. El Real Madrid es un experto en finales felices, felices para él. Exactamente, como decíamos ayer.

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