"Puskas cantaba fenomenal y luego lloraba como un niño"
AS reunió en el Asador Donostiarra a seis futbolistas que compartieron época, vestuario y rivalidad con el cañón del Madrid. Conclusión: debe ser incluido entre los tres mejores de todos los tiempos

La muerte de Ferenc Puskas ha devuelto a la superficie al mejor Madrid de la historia, agrupado en torno al triángulo que formaron el genio de Budapest, Di Stéfano y Bernabéu. Tres personajes inigualables que le dieron la vuelta a la historia del Madrid. "En Europa siempre fue más famoso Puskas que Di Stéfano", se atreve a decir Enrique Pérez Díaz, Pachín (Torrelavega, 1938), ocho temporadas (de la 60-61 a la 67-68) en aquel mágico Madrid. "Conozco muchas cosas de su vida. Fueron tantas noches juntos en el coche-cama Lo que la gente no sabe es que Pancho (Puskas) cantaba fenomenalmente canciones tradicionales húngaras, casi todas tristes, y luego lloraba como un niño. Además, sólo bebía dos cosas: vino blanco y cerveza. Lo demás no lo probaba por una promesa que había hecho".
José Emilio Santamaría (Montevideo, 1929) coincidió más que ningún otro con Puskas. Llegó al Madrid una temporada antes (57-58) y se fueron a la vez (1966), como campeones de Europa casi en la reserva. La generación ye-yé les jubilaba: "Yo ya conocía a Pancho de los Juegos del 52 y del Mundial 54. Al Madrid llegó después de dieciocho meses sin jugar y con doce kilos de sobrepeso. Había perdido el tono muscular. Lloraba cada vez que oía hablar en húngaro. Un amigo suyo había conseguido sacar de Budapest a su familia. (Luis) Carniglia (entrenador del Madrid de la época), al verlo, le dijo a Bernabéu que aquel barrigón no podía jugar. El presidente estaba desesperado. Y entonces fue cuando Puskas tiró de espíritu de superación y fue capaz de regresar a lo que siempre fue, un futbolista de primera talla mundial".
"Una semana antes de que debutara le vi en Madrid. Pensé que aquel gordo no podía jugar al fútbol. Y madre mía como corría el domingo siguiente...", recuerda Feliciano Muñoz Rivilla (Ávila, 1936), diez temporadas (58-68) como defensa del Atlético, entre la admiración y un temor a aquella zurda que cuarenta y tantos años después aún no ha olvidado. "Pancho fue de los grandes de verdad, entre los tres mejores de todos los tiempos, y sin embargo siempre me pareció mejor como persona que como futbolista". Le interrumpe Enrique Collar (San Juan de Aznalfarache, Sevilla, 1934), dieciséis temporadas en el Atlético (53-69), ocho de ellas con Puskas enfrente: "Por su humanidad es como si fuera del Atlético. De hecho, jugó un partido con nosotros. Nos lo prestó el Madrid para un amistoso contra el Botafogo de Garrincha. En esa época aquello era normal. Yo mismo jugué de madridista en el homenaje a Molowny".
Generoso.
Otra época y otro Madrid. Ignacio Zoco (Garde, Navarra, 1939) compartió con Puskas tres de sus doce temporadas en el Madrid. Era un ye-yé que venía a relevar a un equipo glorioso: "No he admirado en el fútbol a nadie como a Ferenc. Era un personaje especial. Desde el mismo campo organizaba el aperitivo y nos decía: 'Vosotros, los jóvenes, no pagáis ni un duro'. Era un hombre extraordinariamente generoso. Se cruzaba en la calle al vendedor de lotería y le compraba todos los boletos. 'Así puedes irte a casa pronto', le decía".
Lo confirma todo Antonio Ruiz (Guadalupe, Murcia, 1937), que estuvo seis temporadas en el Madrid (56-62), las mejores de Puskas: "Cuando fichaba a algún jugador extranjero, el club procuraba que un compañero le introdujera en la vida del equipo y de la ciudad. Pancho se fue a vivir a la colonia del Niño Jesús, que estaba cerca de mi casa. Yo le llevaba a menudo y por eso comencé a establecer cierta amistad con él y su entorno. Me invitaba a comer muchos días y nunca vi en su casa menos de diez o doce comensales, todos húngaros. En aquella época eran muchos los que dejaban el país y él acogía a los que podía. Era así. Un día pasó junto a un mendigo y le regaló el abrigo de cachemira que llevaba puesto y que costaba un dineral".
Santamaría, siete años entrenador del Espanyol y seleccionador nacional en el Mundial 82, explica con precisión de cirujano el escenario donde mejor se movía Puskas: "Él esperaba cinco metros dentro del campo contrario, recibía, sacaba su carrera eléctrica de 20 metros y en cuanto olía el área la ponía con la izquierda donde quería". Zoco alarga sus virtudes: "Lo mejor de él era cómo se desmarcaba. Alfredo (Di Stéfano) venía a quitártela, a Pancho se la dabas porque siempre estaba solo". Pachín completa el retrato: "Metía muchos goles aprovechándose de los defensas, que no éramos tan técnicos como ahora. Esperaba que se echaran el balón un metro más largo de lo que convenía y ahí estaba él para matarlos. Tenía cuatro ojos: dos debajo de la frente y dos en el cogote".
Aún así, el Atlético le arañaba algún título al Madrid, recuerda Collar: "Les ganamos dos finales de Copa, en el 60 y el 61". Ambas se jugaron en el Santiago Bernabéu, pero la primera ha dejado más huella. Venía el Madrid de ganarle la final de la Copa de Europa al Eintracht de Francfort por 7-3 (cuatro de Puskas) y de remontarle al Athletic un 3-0 en Bilbao con un 8-1 en Madrid. "Nosotros estábamos felices tras la ida, porque preferíamos al Athletic en la final. Volviendo de nuestro segundo partido de semifinales contra el Elche, mientras cenábamos en Albacete, nos enteramos del resultado del Madrid. En la final empezamos perdiendo porque Puskas nos metió un gol de córner... ¡con el exterior del pie! El que lanzaba de esquina era Gento, pero en aquel partido se había lesionado. Pancho tenía una izquierda magnífica con un pie pequeñísimo. Calzaba un 36", relata Rivilla. Luego remontó el Atlético y el trofeo lo recogió Collar, que jugó el partido infiltrado para mitigar el dolor de dos costillas fisuradas: "Villalonga me dio la capitanía cuando le correspondía a Callejo. Recuerdo que en aquella época cada equipo ponía un balón y la Federación otro para que se eligiera con cuál jugar. Yo pedí el que habían puesto ellos. Entonces Villalonga entró en el vestuario y dijo en un tono solemne: 'Nuestro capitán ha elegido el balón del Madrid y con él vamos a ganar". Santamaría le pone algún pero al triunfo atlético: "Hay que recordar que nosotros veníamos de jugar setenta partidos y de hacer viajes horribles". "También vosotros teníais una plantilla de veinticinco, con internacionales que ni siquiera eran titulares, y nosotros no pasábamos de diecisiete, la mayoría sin recambio si se producía una lesión", replica Rivilla.
No siempre le fue tan bien al Atlético con Puskas. "Hubo un partido en el que nos metió dos goles en la misma falta. Estaba lejísimos, a la altura de los banquillos. Pancho la tiró magistralmente y se la clavó a Madinabeytia (meta argentino del Atlético). El árbitro anuló el gol y mandó repetir el lanzamiento. Y Puskas volvió a marcar por el mismo sitio. Entonces se volvió al colegiado y le dijo: '¿Quiere que la tire otra vez?". El relato es de Collar, que ante un enemigo superior en efectivos se crece: "Puskas se equivocó al ir al Madrid. Allí tenía que compartir protagonismo con Di Stéfano y Kopa. En el Atlético él hubiera sido el rey". "Pues menos mal que se equivocó...", remata Tomás Roncero.
Virtuoso.
Zoco explica que Puskas era un jugador decisivo a balón parado: "Había partidos fuera de casa en que sufríamos mucho y él nos decía: 'Buscad una falta al borde del área'. En esos tiros el Madrid consiguió muchísimos puntos". "Yo recuerdo -prosigue Collar- que en la fase de preparación para el Mundial de Chile Helenio Herrera le utilizaba para entrenar a los porteros. Aquello era un martirio. Ponía el balón donde quería y metía una y otra y otra y otra... Gento me contó una vez que en la ducha lanzaba la pastilla de jabón al aire y la mataba con el empeine". "Una vez yo le vi lanzar seis tiros consecutivos al larguero desde el punto de penalti", rememora con asombro Pachín. Interviene Santamaría el más didáctico de la tertulia: "Para hacer esas cosas se ensayaba mucho. Hoy ya no es así. En realidad, había dos escuelas muy diferenciadas, porque la II Guerra Mundial había roto la relación entre continentes. En Europa, los chavales jugaban en espacios amplios y lisos mientras que en América, los futbolistas se hacían en los potreros, campos bacheados, a menudo llenos de piedras y zarzas. Eso nos hacía mejores técnicamente".
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Rivilla asegura que "los equipos del Este también exportaban jugadores muy buenos técnicamente. Kubala, por ejemplo, fue el primer futbolista que comenzó a darle rosca al balón. Todos los equipos de aquellos países tenían un estilo, un patrón de juego, algo que siempre nos faltó en España. Uruguayos y argentinos, por ejemplo, eran equipos guerreros...". Le da la razón Santamaría: "En América jugábamos así, excepto Brasil. En aquella época, recibían una patada y desaparecían del campo. ¡Cuánto han cambiado los tiempos!".
Definitivamente, otro fútbol y otros tiempos. Santamaría recuerda que estuvo a punto de fichar por el Atlético tras el Mundial del 54. Todo iba a cerrarse tras una gira del equipo rojiblanco por América. Se suspendió la gira y se estropeó el fichaje. Cuatro años después vino al Madrid desde Nacional: "Yo jugaba al fútbol y trabajaba en la banca a la vez. Mi presidente pidió 25.000 pesos más de lo pactado y se retrasó el fichaje. Para no cancelar mi viaje a Madrid y por hacerme un favor, mi banco me envió a España como corresponsal. En calidad de eso pasé mis primeros días aquí". Rivilla describe bien aquel panorama de los cincuenta: "Di Stéfano vino a Madrid en un tren desde Barcelona. Llegó a la estación, tomó un taxi y se fue al Bernabéu a firmar. Nadie del Madrid fue a esperarle. Ahora llega cualquier futbolista a un club de Primera y le ponen un avión privado y seis coches para recogerle". Aquellos eran menos divos, concluye Antonio Ruiz : "Puskas era muy sobrio celebrando los goles. Un día le dije que los festejos de ahora me parecían exagerado y él me contestó: '¿Qué quieres que hagan si meten un gol cada tres años?".



