El Madrid pasa y el Écija queda
Gran papel de los andaluces, que tutearon al Madrid 49 minutos Ronie y Van Nistelrooy conectaron bien De la Red fue el más destacado

Para el Écija era como salir al Madison a pelear contra el ídolo local, el Bombardero de Brooklyn, el Terror del Bronx o el Espanto de Queens, el que fuera, el más tremendo, el más alto y el más fiero. Resistir era ganar. Al menos, ganar tiempo. En ocasiones así, vivir es sobrevivir y mientras permaneces en pie la gloria es un escalofrío que te recorre la espalda. Porque las hazañas dan calambre, tengo entendido.
El Écija aguantó 49 minutos, que son como siete asaltos, en los que no sólo mantuvo sus opciones intactas, sino que rozó el milagro o una parte, con puñetazos que silbaron por los mentones y los hígados del otro. Luego, encajó los sucesivos golpes con la dignidad de esos boxeadores que firman con sangre, yo estuve aquí. Sí, se pueden sentir muy orgullosos futbolistas y aficionados porque esta historia es para recordarla. El que sigue es el relato en fresco.
El partido no comenzó con el ambiente que se esperaba. Comparado con otros estadios en la Copa, el Bernabéu mostraba un aspecto magnífico, pero estaba lejos del lleno anunciado. Se agotó el papel, pero no el interés. Los euroabonados, unos 35.000, se habían quedado en casa. Eso dejó el clima inestable, como el que nos envuelve, tan apto para el rayo de sol como para el aguacero.
Así, sólo los primeros minutos respondieron al guión previsto. No se habían cumplido los ocho primeros cuando Sergio Ramos empalmó a bocajarro un buen pase. Zigor repelió como pudo. Habrá goles, pensamos. Lo normal.
Valientes.
Sin embargo, el Écija, en lugar de morirse de miedo, comenzó a tocar la pelota, a triangular, como si en lugar de sentirse intimidado por el entorno, lo estuviera disfrutando, qué campo tan bonito, así cualquiera. Ni un patadón y mucha calma, que las prisas son para los ladrones y los malos toreros.
En el minuto 13, Van Nistelrooy se inventó un cañonazo a media vuelta. Atrapó Zigor y sus compañeros ni se inmutaron, toque-toque y que corran ellos. En el Madrid la situación era bien distinta. En ningún momento daba la sensación de sentirse a gusto sobre el campo. Tácticamente, el juego carecía de director porque Diarra fracasaba estrepitosamente en el intento. Sin Guti, el equipo es un robot, pero Capello necesita más pruebas.
A los 20 minutos, el Écija en pleno reclamó penalti a Pepe Díaz. Lo pareció a simple vista, pero revisado con telescopio no lo fue. Un error imperdonable de Mejía propició la ocasión. Pepe Díaz, que es un delantero magnífico, encaró a Pavón y lo regateó, pero la pelota salió botando del recorte, viva, tanto que dio la impresión de no bajar nunca, como si en lugar de aire estuviera rellena del helio que infla los globos de Winnie the Pooh. Entre la impaciencia y el ansia, el delantero se trastabilló al tiempo que Pavón estiraba la pierna para taponarle el cañón.
Pero el Écija no perdió demasiado tiempo en las quejas. En ese mismo minuto, José Vega se plantó solo delante de Diego López, que salió bien y rechazó a duras penas, creo que con cierto bochorno. No era el Écija, era el Arsenal. O mejor, no era el Real Madrid, era la Agrupación Deportiva... Capello. Poco después, Pedro lanzó una falta directa que rozó la escuadra.
El Madrid apretó en el final de la primera parte. Beckham probó con un disparo raso y duro. Atrapó Zigor. El inglés era de los madridistas con más vergüenza torera, el más activo, el más rebelde. Fue Sir David quien a continuación asistió a Ronaldo, que no llegó a rematar porque se dejó la pelota atrás, lastimosamente.
En los banquillos el partido se vivía de forma muy distinta: Capello se desesperaba, saltaba, gritaba y gesticulaba; Miguel Rivera, en cambio, les pedía a sus futbolistas que respiraran, con ese aleteo de los brazos que recomienda la inspiración y su contrario. Así finalizó la primera mitad, con el público emitiendo ese ruido que mezcla resoplidos e improperios con una bocina extraviada.
A los cuatro minutos de reanudarse el choque, Ronaldo combinó con Van Nistelrooy y con el pase le iluminó el gol. El holandés intentó regatear a Zigor, pero el portero le arrebató la pelota con limpieza absoluta. El problema para él es que el balón salió rebotado en dirección a Beckham, que venía al galope como el Duque de Wellington. El zurdazo del inglés entró como un cuchillo por partes blandas.
Más que celebrar el gol, que daba algo de vergüenza, el Madrid se podía felicitar por el entendimiento entre sus dos delanteros. Ronaldo, algo más retrasado, ofrece posibilidades distintas e imaginativas. Y sólo eso es como un oasis en el desierto.
Tras el gol, ya no hubo duda. Goleada. Hasta aquí había llegado el Écija, honor y respeto, buen equipo. Sin embargo, su actitud fue inesperada. Agitó los mofletes para sacudirse el puñetazo y continuó jugando. Igual, o más valiente, porque adelantó líneas. Ese gesto, que le hizo perder el control del juego, le condenó.
Cambio.
Con ese panorama, Capello, que tarda una hora en entender las obviedades, dio entrada a De la Red, un organizador, en lugar de Javi García, un recuperador. Diarra, convertido en una máquina de perder balones, continuaba en el campo, a lo suyo.
En ese momento, Miguel Rivera retiró al lateral derecho y dio entrada al temible Nolito. Y la fama del muchacho no es gratis. Nada más pisar el césped, recortó a Pavón en el área y sólo la aparición de Mejía evitó el gol.
Ronaldo, que había fallado poco antes una vaselina cantada, adelantó al Madrid. La jugada no fue un ejemplo de armonía, pero la definición del brasileño resultó excelente, con el interior del pie izquierdo y el balón muy pegado a un palo.
Había bastado la entrada de Rubén de la Red, su sensatez y su toque, para agilizar el juego del Madrid, para inclinar el campo a su favor. También había colaborado el movimiento del Écija, que por vez primera comenzó a hacer aguas en defensa
El tercer tanto nació de un penalti muy riguroso a Reyes, que fue obstruido con los brazos por un defensa. Son muy valientes los árbitros. Van Nistelrooy chutó con ganas y Zigor no pudo más que olerla.
Aunque ya estaba completamente desarbolado, el gol del Écija hizo justicia a su entrega. La falta lateral la botó Nolito, como no podía ser de otra forma. El centro era tan bueno que sólo necesitó del flequillo de Mario para acabar dentro de la portería de Diego López. El equipo de Miguel Rivera abandona la Copa después de haberlo catado todo.
Van Nistelrooy consiguió el cuarto gol con una media chilena en el borde del área pequeña. El Écija no encontraba cubos suficientes para achicar el agua. Ni rastro de la confianza de la primera parte, lógicamente.
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El quinto y último gol recompensó al futbolista que había revitalizado el juego del Madrid: Rubén de la Red. Fue un fabuloso derechazo que se coló por la escuadra, un ramalazo de buen centrocampista, especie en extinción. Mientras nos desesperamos con Emerson o con Diarra, gente así de interesante habita en el Castilla, como Mata, Bueno o Valero. Lástima que apenas los veamos por el Bernabéu. Ojalá ese zapatazo golpee en alguna puerta.
No hubo más y ya fue bastante. El Madrid jugará los octavos de final. Eso es suyo. Lo demás le pertenece al Écija.



