"Mi padre fue el primer chico Martini de la televisión"
TVE cumplió medio siglo en España. Con Matías Prats (Madrid, 1950) la homenajeamos. Por su relación profesional y lo que vivió con su padre, el gran Matías.

Sus primeros recuerdos serán muy caseros, claro.
Por mi padre, que era un hombre de radio y se vio reclutado para la gran aventura. Televisión Española partía de cero y los profesionales más a mano eran los de Radio Nacional, donde él trabajaba. Recuerdo lo mucho que le costó adaptarse al nuevo medio.
A la imagen, claro.
Te colocaba como en la radio, te surtía de todos los detalles sin percatarse que la televisión es imagen. Siempre se sintió más cómodo en off que ante la cámara, a muchos de los pioneros les pasó algo parecido. Él, además, no se veía atractivo, con aquellas gafas negras. Siempre dijo que no valía para eso y que le dejaran en su radio. Pero como igual daba un partido de fútbol que un combate de boxeo o un partido de tenis, tuvo que reciclarse. Una de las anécdotas que más le recuerdo fue presentar un programa similar a Estudio Estadio ¡sin los goles!
¿Y cómo se las ingeniaban?
Aparecían en pantalla unos cartones escritos a mano en los que se daban los resultados. Hablamos de los 60 La cosa se completaba con una croniquilla de cada partido. El presentador se ubicaba ante una mesita de madera modestísima y desde ahí iba explicando lo que había pasado.
A pelo.
Del todo. Cartón, bolígrafo, buenas noches y adelante. Me llamaba mucho la atención lo pobre de aquellos primeros decorados. ¡Ah! Y jamás les vi maquillados, no le pasó lo que a mí que estoy siempre buscando cómo limpiarme.
¿Y la publicidad de aquel programa, o no había?
Mi padre fue el primer chico Martini de la tele.
¿Y eso?
En la mesita en cuestión les colocaban una botella de ese vermut y ahí estaba la publicidad. Recuerdo que yo le decía, ¡pero papá, si tú no bebes! Entraban los 60 y la televisión daría pronto su primer gran salto, con la conquista por parte de la Selección de la Eurocopa de 1964, aquel 2-1 a la URSS en Chamartín. Mi padre tuvo la suerte de narrar los dos grandes goles de la historia de nuestro fútbol: por la radio, el de Zarra a Inglaterra, en el Mundial del 50, y por la televisión, ese de Marcelino a Yashine en el 64. Ha sido, además, el presentador más longevo que recuerdo: en su última aparición tenía 87 años
Marcelino fue una de las estrellas de aquel deporte y aquella televisión. ¿Hubo un mediático que diríamos ahora por encima de todos?
Bahamontes fue el primer mediático. Santana tuvo gran tirón. Lo más curioso fue lo de Paquito Fernández Ochoa, al que sólo retransmitimos el oro en Sapporo 72, porque TVE no daba esquí. Lo hicimos siguiendo a Blanca, su hermana. Y lo dimos Paco y yo. La gente empezó a acostumbrarse a ver esquí en la tele y la apuesta se vio recompensada con su bronce en los Juegos de Albertville. Luego llegó el baloncesto, con Emiliano, con Buscató, con la medalla de los Juegos de los Ángeles, en 1984
En fútbol, el Madrid.
Sí, claro. El Madrid europeo fue una estrella de la televisión y abrió un camino que transitaron también el Barça, Atlético, Athletic, el Sevilla ahora El Madrid colaboró a hacer del fútbol el deporte rey.
¿Cómo recuerda un viaje de su padre y demás periodistas a Río de Janeiro, vamos a suponer?
Me impactó muchísimo la odisea que vivieron para llegar hasta Australia, cuando Santana y compañía disputaron la primera final de la Copa Davis, la Challenge Round la llamaban. Fue en 1965 y tardaron cuatro días en ir y otros cuatro en volver, ¡más de una semana de viaje! Yo siempre me quejaba de que veía poco a mi padre, y es que no hacía falta irse a Australia, viajar a Moscú era larguísimo también.
Aquella era una televisión en mantillas pero ambiciosa en los asuntos deportivos; se daba casi de todo.
Nuestro deporte empezaba a despuntar y teníamos gente como el boxeador Luis Folledo que llenaba recintos y sus combates batían récords de audiencia, que diríamos ahora. Folledo protagonizó dos combates tremendos con Laszlo Papp, un húngaro magnífico, y el italiano Nino Benvenutti, dos fueras de serie. Perdió las dos veces pero levantó a España. Luego llegaron Pepe Legrá, Velázquez, Pedro Carrasco Fue un momento glorioso de nuestro boxeo, en un tiempo en el que empezábamos a descubrir el tenis por ejemplo.
Volviendo a aquel incipiente Estudio Estadio, ¿cuándo empezaron a ofrecer imágenes de los partidos?
A finales de los 60. Llegaban a Prado del Rey en cine y desde el aire, tiraban la cinta desde unas avionetas en pequeños paracaídas. Los recogían, se montaban las imágenes deprisa y corriendo y se emitían. Todo muy rudimentario, pero no olvidemos que también lo eran los aparatos. El primero que hubo en casa era del tamaño de una caja de zapatos; había que acercarse mucho para comprobar que, en efecto, el señor que hablaba desde allí era tu padre.
Las fotografías de la época nos muestran a los narradores a pie de campo.
Eso no cambió hasta entrados los 70. Antes se situaban a ras de césped, con la gente al lado y muchas veces con el cámara metido a pacificador porque el locutor había cantado con exceso un gol visitante.
¿Qué pioneros recuerda ahora?
A Enrique Mariñas, compañero de mi padre en Radio Nacional. A Martín Navas, Joaquín Ramos, Fernández Abajo, José Félix Pons, Miguel Ors, Valdivielso, a Marco, en la SER Y a Juan José Castillo, claro.
¡Entró, entró!
Sí, él popularizó esa frase en su magistrales retransmisiones de tenis, en la época de Santana, Gisbert, Arilla, Orantes ¡Entró, entró! Exclamaba ante el golpe ganador de uno de ellos. Castillo fue un grande y me dio la alternativa, además. Fue en un Abierto de Montecarlo, se portó como un padre para mí. Él era el dueño de la transmisión y me dejó intervenir muchísimo: sigue, Matías, tú sigue, me decía. Por eso, el día que nos dejó me fui corriendo a Barcelona. ¡Nunca le olvidaré!
¿Hicieron alguna trampilla, esos grandes?
En la radio sí. Yo me colocaba detrás de ellos, en las narraciones de los partidos, y todo era bonito y maravilloso; el balón salía siempre rozando el poste y, en realidad, se habían ido muy lejos Le daban una emoción al asunto lo que se dice única, eran unos artistas vendiendo el producto.
O sea que la tele les hizo polvo.
Del todo. Les obligó a narrar partidos muy aburridos, ¡la gente lo estaba viendo!
En lo deportivo, ¿dónde estuvo el gran salto de la televisión española?
Hubo dos grandes momentos: el Mundial 82 y los Juegos del 92. Cuando el Mundial nació Torrespaña, con el extraordinario impulso tecnológico de aquel momento. El Mundial se hizo muy bien; los Juegos, fantásticamente bien. Barcelona 92 fue el gran golpe de la España moderna, plural, abierta ¡Aquella ceremonia inaugural es inolvidable!
¿Cómo contempla desde Antena 3 el momento de TVE?
Es un problema que viene de lejos. Ningún Gobierno lo afrontó y si lo hubieran hecho no se habría llegado a esta situación. Tengo dos sensaciones. Una, que se irán a casa muchos amigos y compañeros de los 23 años que pasé allí. Otra, que los hay que ven cumplida su tarea profesional, gente con más de 30 años de servicio que podrán por fin dedicar su tiempo a la familia y a otras actividades que han tenido aparcadas, y que les puede compensar perder el puesto de trabajo.
¿La televisión pública tiene futuro?
Siempre he confiado en ella. Debe adaptarse a lo que requiere la sociedad, pero sí, hay lugar para ella.
¿Qué pensarían los pioneros sobre audiencias y demás corsés de la televisión actual?
No creo que se sintieran muy agobiados. Mi padre, seguro que no. A mí me pasa igual. No me levanto pensando qué pasó el día anterior. Prefiero concentrarme en hacer las cosas bien, en gozar de la confianza del telespectador, en lograr que el equipo de trabajo esté contento... Si luego resulta que la audiencia nos coloca en un lugar de privilegio, pues mejor. Estuve un tiempo en La 2 de TVE sabiendo que las audiencias eran bajas y trabajé con la misma ilusión que ahora que estoy en prime time.
Por cierto, menudo show el de Etoo en la transmisión por Antena 3 del Barça-Chelsea.
No había vivido nunca una cosa igual. Éste siente la camiseta, el traje y la corbata. Fue un espectáculo televisivo dentro del gran espectáculo que fue el partido. Sufrió, grito, gozó, tiró la chaqueta sin importarle que estuviera el teléfono dentro Al final, se giró hacia nosotros, nos dio las gracias y se fue al vestuario. ¡Sienta muy mal que te metan un gol en el minuto 93! Pero sí, fue un espectáculo enorme.
Noticias relacionadas
Es la televisión, Matías. Y gracias.
¡Es la magia!



