Nicolita, el fuego amigo
Un gol del Steaua en propia puerta clasificó al Madrid. Van Nistelrooy falló un penalti. Ronaldo sólo jugó quince minutos. Más ardor que fútbol

Le podía haber pasado a cualquiera. No miras, piensas que todo está en su sitio. Y te relajas un instante, un parpadeo. Entonces, alguien cambia algo. Puede ser una alfombra resbaladiza que ha sido recolocada en la autopista del pasillo, o puede ser, qué sé yo, la marcha que dejó puesta tu padre en el coche nuevo (típico y asesino hábito paterno). Hay millones de trampas. El caso es que un día vuelas por el hall o te estampas contra la pared del garaje. O todavía peor: una noche, ante 85.000 personas, cedes a tu portero y marcas en propia puerta, porque el portero se fue, se movió, el muy traidor. Eso le ocurrió a Nicolita el zíngaro: le cambiaron el mundo. Y se estrelló. Pobre.
Pero la desgracia se agotaría en sí misma (eliminación, decepción de miles de compatriotas y bochorno de un país entero) si el jefe de Nicolita no se llamara Gigi Becali, un presidente famoso por sus excentricidades, y tal. Recordaremos de nuevo que fue él quien ofreció 100.000 euros a quien fichara a Carlos Fernandes, el portero que encajó cuatro goles contra el Madrid. El mismo que invitó al muchacho a escribir sus memorias antes de volver a jugar. El prócer que construye iglesias cuando gana su equipo. Prefiero no imaginar el lado oscuro de un alma tan caritativa. Por eso sufro por Nicolita, por su doble torpeza. Por el gol, antes que nada, pero luego por derrumbarse y señalarse, por no disimular, por no acusar al portero y repartir justamente su responsabilidad. Porque estas memorias merecían escribirse a dos manos.
El destino es cruel, es la gran verdad, pero también hay apellidos que te fulminan, tal vez no en tu país ni en tu pueblo, pero sí en otro extraño lugar donde el jolgorio se combina con palabras distintas y llamarse Marica o Nicolita despierta una infantil hilaridad. Sólo les digo que ya nos cogerán por ahí y ni siquiera los Pérez estarán a salvo.
En fin, volvamos al fútbol. El Madrid ganó gracias al amigo Nicolita, pero pudo hacerlo de otras muchas maneras. Especialmente en la segunda mitad, cuando su entusiasmo lo devoró todo, el rival y las consideraciones tácticas. A falta de confirmación en otras cuestiones, Capello es un magnífico entrenador en los descansos. Sin duda, su italiano vigoroso y su mentón pretoriano le ayudan bastante. Y también el equipo, que se eleva con los buenos discursos.
Ese ansia por finiquitar el partido nos trajo también un factor que suele ser tenido en cuenta como un aspecto negativo pero que resuelve las situaciones de alta rigidez. Me refiero al desorden. Porque cuando el Madrid se agita, es mejor, y en lugar de atacar por un solo camino, se despliega por tierra, mar y aire.
Ocasiones. Sólo la mala suerte impidió que Helguera (un defensa), marcara bajo palos, o que Ramos (otro) cabeceara a la misma escuadra. Todo eso sucedió antes de la infausta irrupción de Nicolita. Después, tampoco faltaron las oportunidades. La mejor, claro está, el penalti que lanzó al limbo Van Nistelrooy. Estoy convencido de que el portero rumano le había derribado con la intención de ser expulsado y compartir la cruz con Nicolita, como el Cireneo, pero nunca se puede contar con los árbitros.
De no haber sido por nuestro amigo rumano, el protagonista del encuentro hubiera sido Ronaldo. De hecho, la primera noticia del encuentro fue que no jugaba él. La versión oficial (palabra del propio Calderón en la previa de Canal +) indicaba que había amanecido con problemas en el cuello. Incluso se hablaba de un bulto. Lo cierto es que Ronaldo estaba en el banquillo, muy serio y, tras un examen meramente superficial, sin más bultos que los normales.
Tras el partido, el jugador aseguró que su suplencia no estaba motivada por esas molestias, pues de haber sido así, dijo, no hubiera jugado en la segunda mitad. Poco después Capello confirmó la versión presidencial y justificó su suplencia por una medida de precaución. Me temo que el asunto sugiere más diferencias que las interpretativas.
Sin ánimo de entrar en polémicas, lo cierto es que las rotaciones parecen una milonga, un cumplido. Porque además de Ronaldo, tampoco jugaron de inicio ni Reyes ni Beckham, y el partido lo permitía. Eso sí, los que nunca faltan son Emerson y Diarra.
El resumen de la primera parte invitó más a la reflexión que a la descripción de las jugadas más sobresalientes, porque apenas las hubo. Además de un penalti no señalado (atropello a Sergio Ramos), el Madrid gozó de sus mejores oportunidades (y casi únicas) al principio y al final. En la primera, Van Nistelrooy quiso asistir de cabeza a Raúl, cuando lo más sensato hubiera sido buscar el gol directamente. En la segunda, el holandés remató con la rodilla un buen pase de Diarra, pero se tropezó con los buenos reflejos del portero rumano, que luego salvó la jugada al repeler el mal despeje de su central. Era el primer aviso del peligro del fuego amigo.
Factor Guti. Entre una cosa y otra, no pasó nada. Un Madrid muy espeso, muchas veces obstaculizado en falta por el Steaua y no pocas limitado por su total dependencia de Guti. Y como los rivales ya conocen el cuento, a Gutiérrez dos buenos pases le cuestan cuatro malas patadas. Debería asegurarse los tobillos como las guapas las piernas.
Además, el Madrid sufre un problema táctico evidente. Raúl juega en la derecha porque alguien tiene que ocupar ese espacio, pero sus cualidades no se adaptan a esa posición. Es zurdo y es mediapunta, pero ni tiene desborde en carrera ni la velocidad que se necesita para correr por el extremo. Los problemas de Robinho son distintos, pero también tienen como resultado que se desaprovecha la banda, en este caso la izquierda. Como es diestro, su inclinación natural es trazar diagonales para buscar el disparo, un movimiento que perjudica a Van Nistelrooy, que se queda en su línea de tiro y al final no recibe más balones por las alas que los que tienen a bien regalarle los laterales.
Por cierto, somos mucho más permisivos con la inacción de Van Nistelrooy que con la de Ronaldo y deberíamos pensar que los problemas de ambos son parecidos: juegan demasiado de espaldas. Y se pierden.
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Es justo destacar que en todo este panorama tuvo su influencia el Steaua, que se comportó con la valentía de un equipo deseoso de mantener su prestigio, que lo tiene y mucho. Nunca renunció a ganar el partido y quienes más lo agradecieron fueron los quince mil rumanos que asistieron al encuentro y le dieron un ambiente alegre y festivo, ni un incidente.
Ronaldo salió a calentar en el minuto 52 y en el 61 volvió al banquillo. Por fin entró en el 74 en lugar de Van Nistelrooy. Se movió bien, se ofreció mucho y lo intentó cuanto pudo. Hizo más que el holandés durante los minutos que estuvo en el campo. Pero en balde, sin gloria. A esas alturas el foco sólo iluminaba a Nicolita, que casi marcó el gol de la redención, del perdón. No pudo ser. Hay noches negras. Sólo apta para escribir las memorias.



