Primera | Nàstic 1 - Real Madrid 3

La teoría de la efectividad

Reaccionó al dominio del Nàstic en la primera mitad Faltó brillo, pero hubo pegada Robinho, el mejor

<b>MAKUKULA TUVO EL EMPATE</b>. Cuando el Madrid dominaba el marcador 1-2, Makukula tuvo una ocasión inmejorable para conseguir la igualada y volver a meter a su equipo en el partido. En un barullo en el área de Casillas, el congoleño metió la punta de la bota derecha, pero el balón se marchó lamiendo el palo.
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Fue un partido capelliano porque no evaluó el peso de los méritos, ni las ocasiones, ni el arrojo, ni el sudor, que eso fue a ratos similar y a veces distinto. De la estética ni hablamos. Su fútbol no se mide en esas balanzas. Su filosofía utiliza otros sistemas de medición. No la métrica de los versos ni el olor de los gladiolos. Premia el ahorro y la efectividad. Y sobre todas las cosas, el resultado final, la única línea que incluyen los anuarios y se graba en las Copas. La victoria cruda y liofilizada, como una pastilla de astronauta. Así ganó el Madrid, sin otra magia que la que aportó Robinho, al que se acepta como los niños que te salen artistas.

La historia que condujo hasta el resultado final es perifollo, pero la contaremos, aunque si Capello hiciera las crónicas estoy seguro de que tendrían la extensión de los mensajes que caben en las galletas chinas de la fortuna. Allá va.

El Nàstic salió a morder y al árbitro no le pareció demasiado mal. La presión fue asfixiante desde el primero minuto y, como suele ocurrir cuando el ardor tiende al incendio, se escaparon varias patadas y algunos atropellos. Aunque hubo para todos, el principal damnificado fue el protagonista final, Robinho, que es ligero y después de cada meneo amanece varios metros más lejos. Y como tiene cara de niño y pone gesto de que le han hecho daño, pues da un poco de pena.

Con el Madrid sobrecogido, el Nàstic movió el balón con sentido, inclinado hacia su banda izquierda, donde esperaba Gilberto Gil, que comparte nombre con el cantante y ministro de Lula. El chico, de cierto parecido físico con Robinho (también es ciclista), fue una pesadilla para Ramos en la primera mitad. No es raro que haya sido cuatro veces internacional con Brasil.

El guión estaba claro. Las jugadas solían comenzar en Buades, pasaban por Gil y finalizaban en los alrededores de Makukula, que es el hombre más grande que existe. La pelea del congoleño con Cannavaro fue fabulosa y tonificante para sus respectivos músculos. Cuando el italiano no trepaba por su espalda, el africano se dejaba caer sobre él como una secuoya.

Por detrás, el Nàstic estaba fortificado. Mingo saltaba como un Tarzán (en uno de sus vuelos aterrizó sobre uno de nuestros reporteros gráficos) y ejercía de guardaespaldas de Rubén Pérez, que sustituyó a Bizzarri contra todo pronóstico. El portero argentino era, junto a Buades, el futbolista que más había jugado en su equipo, pero sus antecedentes contra el Madrid eran más bien truculentos. Y ya se sabe que no hay fantasma con más cadenas que la memoria.

Poca respuesta. El equipo de Capello sólo respondía al dominio local con las arrancadas de Robinho, cuyos contragolpes se quedaban siempre en la mitad: en golpes. La pareja Diarra-Emerson era incapaz de controlar las embestidas del mediocampo enemigo y Guti estaba desaparecido en el torbellino. Y en esas condiciones, como ya hemos comprobado, el Madrid es un cuerpo gaseoso.

Después de un par de buenas manos de Casillas, cuyas yemas (de los dedos) son tan contundentes como las de Santa Teresa, llegó el penalti. Gil centró desde la izquierda y Makukula se derrumbó como esos edificios que dinamitan. Entre la nube de polvo andaba Cannavaro, con rostro culpable. Mejuto no se enteró, pero su asistente lo vio claro. Y acertó. Buades se encargó de transformar la pena en alegría y Tarragona se hermanó con Getafe.

A pesar del gol, el panorama no cambió mucho. El Nàstic seguía siendo dueño del choque y el Madrid se agarraba a Robinho, que es un futbolista con otra velocidad y nuevas ideas. Así se agotaba la primera mitad cuando Mingo cometió un error infantil: falta a Van Nistelrooy en la frontal del área, el balón a varias millas de distancia.

Mientras Roberto Carlos colocaba la pelota al portero ya se le notaba el miedo. Pero cuando se prepara ese cañón no sólo temen los guardametas, sino también las barreras y los aficionados del fondo. Y lo aprovechó Roberto. Su disparo raso y duro encontró el boquete que abrió Makukula, el único futbolista que pensamos que jamás se movería. Gol, empate y vuelta a empezar.

Rotos. No cabía duda de que esa igualada tendría efectos en la moral del Nàstic, pero no imaginamos que tantos. O ningún futbolista se creyó la arenga de su entrenador, vamos muchachos, sigamos así, que podemos, o el discurso lo pronunció entre lágrimas.

El caso es que en la reanudación marcó Helguera, que culminó con un gran cabezazo un córner sacado por Guti. En toda la jugada la defensa del Nàstic demostró estar aterida de frío y temblores. Aunque te vistas como el Manchester United, no hay quien se reponga de una desgracia así.

Pese a todo, el último tren pasó por delante de Makukula, que no acertó a resolver un barullo en el área madridista. Ya no hubo más tráfico ferroviario. El partido se volvió más confuso a partir de entonces. Lo controló el Madrid primero y luego se lo dejó prestado al Nàstic, que no se rindió nunca, y eso es un mérito.

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Los cambios tampoco favorecieron a la fluidez general. Se fueron Gilberto y Guti, después Makukula. Entraron Reyes, Irurzun y Campano. Los caminos de los entrenadores son inescrutables.

Mejor o peor, al encuentro le faltaba la guinda, la nariz de payaso que culmina cualquier fiesta. Y no la podía poner otro que Robinho, el mejor futbolista sobre el césped, el más vertical y el más sacudido. Sergio Ramos centró con temple y el genio esperó en el segundo palo con el cuerpecillo en posición de gatillo. Su remate fue espléndido y dejó un dulce sabor de boca, así es como saben las guindas.

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