"Decíamos ayer..."
Eduardo Bandrés, presidente del Zaragoza, vuelve a ser desde ayer profesor de universidad, la que siempre constituyó su gran vocación. Tras siete años de excedencia por su carrera política, que ha desembocado en el fútbol, el presidente-catedrático retoma las clases de Estructura Económica de España. Impartirá cuatro horas semanales a los más de 70 alumnos de 2º curso de Administración y Dirección de Empresas. Un presidente de fútbol-profesor de universidad constituye toda una rareza, incluso para sus alumnos. "Para mí, es un relajo y la vuelta a mis orígenes", dice Bandrés.

Decíamos ayer...". La célebre fórmula sacramental de Fray Luis de León en su regreso a la Universidad de Salamanca, tras cinco años reo por traducir al castellano el libro del Cantar de los Cantares. "Dicebamus hesterna die". El latinajo, tal y como lo pronunciase el ascético poeta granadino, hubiera resultado una impostura para Eduardo Bandrés, presidente del Zaragoza, que ayer retomó su cátedra de Economía Aplicada en la universidad tras siete años de excedencia. A cambio, en su vuelta Bandrés pidió disculpas a sus alumnos por la irrupción de los fotógrafos en el aula 6 y anotó en el pizarrón verde: "Tema 1: Crecimiento económico y cambio estructural". Luego, con un leve gesto de autoridad profesoral pidió a los periodistas que ahuecaran...
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Hay presidentes voraces, presidentes trincones, presidentes puntocom, presidentes invisibles, presidentes millonarios, presidentes mesiánicos, presidentes histriónicos, presidentes ridículos o presidentes nobles. Pero un presidente en la universidad es como un león en el cuarto de baño. Una rareza natural. No para Bandrés, licenciado, doctor y catedrático de Economía Aplicada desde 1995. Abandonó la docencia para ser consejero del Gobierno de Aragón en 1999; y en junio Agapito Iglesias lo hizo presidente del Zaragoza.
Cada semana, Bandrés impartirá cuatro horas de Estructura Económica de España a los chicos y chicas que ayer se solazaban a la luz del tibio septiembre amarillo. El presidente-profesor llegó en punto. Liviana chaqueta azul y pantalón a juego. Castellanos color whisky. Saludó a viejos compañeros que lo recibían en el corredor iluminado y pasó entre los universitarios con naturalidad acostumbrada. "No hablo, vengo a clase. No sé qué pensarán mis alumnos de esta escena", se disculpó en una leve protesta. Lo aguardaban 70 jóvenes economistas, sonrientes como buzones. Un grupito de chicas dudó: "Ay, no, que me dan mucha vergüenza las cámaras". Dorada juventud. Entre flashes, abrió su cartera de piel chocolate y desplegó la ciencia en varios folios. Se le veía tan a gusto como a un Adam Smith en la Universidad de Glasgow.




