Sopor en el Bernabéu
Triste estreno de Madrid y Villarreal. Se oyeron algunos pitos. Los blancos, lentos y sin imaginación. Los amarillos, conformistas Sólo Riquelme dejó algo.

En estos casos es frecuente recurrir a la paciencia como solución universal: todavía es pronto. Que no cunda el pánico. Zamora no se tomó en una hora. Las prisas son para los ladrones y los malos toreros. Los chicos deben asimilar el sistema y afinar su forma física. Además, hubo ocasiones (un par) y el rival apenas gozó de oportunidades (dos). La autocomplacencia es el saboteador que vive entre nuestras orejas.
Lo peor del empate a cero entre el Real Madrid y el Villarreal no es el mal fútbol o su ausencia, accidentes de los que nadie está libre. No. Lo peor es que se trata de la confirmación de una sospecha y eso ofrece a nuestra decepción larga vida y poco consuelo. El comentario vale para ambos equipos, aunque empezaremos por el Madrid, el local.
Se intuía que un centro del campo formado por Diarra y Emerson podía andar escaso de imaginación y sentido del ritmo para marcar el juego de un equipo tan grande. Sucedió. Con el agravante de que Diarra no fue el futbolista deslumbrante de su debut y Emerson sigue comportándose como los niños aleccionados para no molestar. Dan la impresión de ser dos buenos futbolistas perfectos para acompañar a un futbolista excepcional que también debería habitar en el mediocampo.
Sin ese jugador, el Madrid es previsible y monótono. Y no sólo eso, termina por pararse. Ayer sólo se reactivó cuando apareció en escena Cassano. El juego del italiano, de momento, es como una tormenta de ideas. No todas son buenas, pero se le agradecen. Se mueve, conecta con la última línea y, en general, da guerra. Digamos que apetece ver qué planea. Junto a Raúl, es el único jugador con cierta libertad de movimientos. La diferencia es que uno se desplaza con un pincel y una paleta y el otro con el paño en una mano y el Cristasol en la otra. Raúl limpia y fija, pero ya no da excesivo esplendor. Como siempre, su actitud es irreprochable, incluso hizo unos diez primeros minutos notables, pero su posición en el campo exige brillantez, el último pase o el primer gol. Si somos resultadistas deberíamos serlo hasta las últimas consecuencias. Robinho aporta más agilidad y no salió hasta el minuto 77. En lugar de Beckham.
La defensa, bien, gracias. Diarra y Emerson siempre andan cerca y Cannavaro es un rayo; Raúl Bravo cumplió. De los laterales, sin embargo, cabe esperar más. En ciertas situaciones Roberto Carlos es el único desatascador posible, pero para ejercer debe subir con insistencia. No lo hizo. Salgado lo intenta, pero arriba no se mueve con soltura. Es evidente que Cicinho le ofrecería al equipo una salida mucho más profunda. Ayer ni jugó. En cualquier caso responsabilizar a los laterales propios del ataque por los extremos me ha parecido siempre un encargo que merecería paga extra. Sin alas, no hay quien vuele.
Otra decepción.
Al Villarreal le corresponde el otro cero. Sacó un buen resultado del Bernabéu, pero tampoco puso mucho interés en que fuera mejor, y eso es pecado mortal en un equipo grande. En demasiados momentos pareció desapasionado, sostenido por Riquelme, que acabó llevando el partido al patio de su casa. Muchos de sus compañeros fueron ayer como las sillas del jardín y los gnomos de escayola. Forlán está desconocido y Nihat irreconocible. Cani estuvo desesperadamente tímido. Senna funcionó, aunque anduvo distraído y el debutante Somoza se pegó hasta consigo mismo. La defensa es claramente mejorable.
El resultado es que el Villarreal sólo lo intentó con lejanos disparos de Senna y Riquelme. Una intervención de Iker a disparo raso del brasileño fue de especial mérito, porque le obligo a estirarse hasta casi el descoyunte. Casillas desvió con la yema de los dedos.
La primera parte se cerró con un cabezazo de Cassano que rozó el palo, el citado tiro de Senna, otro más de Cani y las protestas de Diarra, que reclamó penalti por agarrón en el área. Más que agarrón fue embestida de Somoza, una de esas melés que se forman en la salida de los córners. Pudo haberse castigado.
En la reanudación, Van Nistelrooy dispuso, tal vez, de la mejor ocasión del Madrid. Viera cantó por alto o salió por uvas, que de todo hizo. El balón le cayó al holandés, pero remató de media volea sin esperar a que la pelota bajara lo suficiente. Este delantero tiene aspecto de marcar muchos goles, lo hemos dicho, pero también de fallar otros tantos. Justo al revés que Ronaldo, que tira poco y mete mucho. Visto así su combinación sería mortífera. Siempre y cuando alguien les suministre balones.
En la segunda mitad ya resultaba claro que Riquelme lo controlaba todo, aunque con su displicencia habitual, con ese desmayo, con esa generosidad que desespera. Es tan superior a los otros que por allí deambulan que dan ganas de decirle "chupa Riquelme, chupa". Entiendo que hay ciertos gritos que sólo se pueden hacer en silencio.
Guti entró por Cassano en el minuto 56. En cuanto el canterano comenzó a calentar no fue difícil intuir el sacrificado. Los pivotes son inamovibles, Beckham es respetado y Raúl resulta implanteable. Antonio a la ducha. Lo curioso es que Guti no se colocó en el timón, sino en la mediapunta, lo que no mejoró mucho las cosas.
Van Nistelrooy cruzó demasiado la pelota al culminar él mismo un contragolpe y estoy por asegurar que aquella fue la última incursión de un futbolista en el área enemiga. Pellegrini relevó a sus dos delanteros y no cambió absolutamente nada. Guille Franco estuvo torpe y José Mari se inventó una buena jugada que finalizó con un mal remate. A falta de 14 minutos, Capello dio por fin entrada a Robinho, por Beckham. El resultado fue ligeramente alentador porque el chico creó, al menos, una ocasión de gol. Su centro, después de un caracoleo, paseó por el área sin encontrar respuesta. Hay futbolistas a los que el banquillo, en lugar de estimular, deprime. Y creo que Robinho es uno de ellos. En la pasada temporada mejoró cuando se sintió importante, exactamente igual que le sucedió a Baptista. Por otro lado, nadie crece metido en un cajón.
A esas alturas de la segunda parte el público ya había pitado algunas veces, sin grandes estridencias, pero lo suficiente como para aumentar la ansiedad de los jugadores y la tranquilidad de Riquelme, que probó con un último lanzamiento de falta.
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El número total de regates que se hicieron durante el encuentro fue de uno o ninguno. Quizá una roulette de Cassano que no rodó ni un metro por culpa de una falta. Tal vez un quiebro de Riquelme, aunque pudo ser de otro partido. Y sin algo tan primitivo como el desborde el fútbol se convierte en futbolín, los entrenadores a los mandos.
El Madrid y el Villarreal necesitan chispa, atrevimiento, alegría. Necesitan jugar. Olvidarse de todo y empezar de nuevo. Esto es divertido, lo juro.



