La historia interminable

Mundial 2006 | España 1 - Francia 3

La historia interminable

La historia interminable

Reportaje gráfico: jesús aguilera, carlos martínez y agencias

La Selección se volvió a estrellar contra su destino Francia se adelantó en el 83' Y Zidane nos remató

Será que somos así, será que hay algo en nosotros que nos impide superar estos trances, algo que se debe compensar con lo que no se me ocurre ahora. Porque la mala suerte, por recalcitrante que sea, tiene un reverso de fortuna, lo malo es que en este caso no hay regalo ni talento que pese más que esta tristeza, que este desfile de caras pintadas y camisetas rojas. Hemos perdido. Hemos perdido otra vez, y lo repito para allanar el camino del psicoanalista. No hay derecho. Ni sequía. Porque se nos juntan estas lágrimas con las de la Eurocopa de Portugal y aquellas se mezclaron a su vez con los llantos de Corea. Personalmente, llevo moqueando desde España 82.

Si les soy sincero, también en esta ocasión intuía un destino trágico, pero más adelante. Pensé que eliminaríamos a Francia y que luego, contra todo pronóstico, conseguiríamos derrotar a Brasil. Imaginé todo eso y que, cuando nos viéramos campeones, perderíamos en semifinales contra Inglaterra. Ya lo ven, no soñaba con ganar el Mundial, sino con una muerte hermosa. Y ahora me temo que tal vez esa sospecha nos contagie a todos, de los aficionados a los jugadores. Quizá esa sensación invoque nuestra desgracia y probablemente el asunto se hunda en nuestras más profundas raíces, Cuba, Trafalgar...

España no mereció perder y según tecleo la frase me queman los dedos porque me suena a las eternas excusas, a las despedidas habituales. Además, el Mundial no es una cuestión de méritos, sino un problema práctico que se debe resolver en cada partido, de la manera que sea, con piruetas o a martillazos. Tampoco ayer lo entendimos. Es cierto que cumplimos la primera parte del objetivo, salimos y tocar, y tocamos. La pelota fue nuestra, hasta le pusimos nombre. Sin embargo, nuestra circulación fue un círculo vicioso al fallar sistemáticamente el último pase, el que abre el hueco y desequilibra al contrario. Por centímetros o por metros las paredes se nos quedaron cortas, nos fallaron los regates, las maldades. Y sin eso, aunque muevas el balón, te mantienes a kilómetros de distancia de la portería enemiga. Sin eso, eres un rico en una isla desierta.

Nuestros errores favorecían el plan de Francia, que cada vez que robaba se encontraba con el campo cuesta abajo, ellos al galope y nosotros corriendo hacia atrás. Jugar con la defensa tan adelantada parecía un riesgo contra selecciones menores, pero se podía convertir en un suicidio contra los grandes equipos. Cada vez que el árbitro nos dio la razón en los fueras de juego no lo sentí como un alivio, sino como una advertencia: nos acabarán pillando.

Sin embargo, nuestro fatalismo estuvo a punto de esfumarse cuando el árbitro señaló penalti a favor de España, falta sobre Pablo, rigurosa pero cierta. Villa marcó de tiro cruzado y entre un jolgorio de abrazos quisimos pensar que algo había cambiado para siempre, pues aquello que nos ocurría antes en contra nos sucedía ahora a favor. Quisimos pensar.

Francia despertó y comenzó a marcar su ritmo. Y nosotros, entonces no caí y en estos momentos me desespero, no alteramos nada, seguimos igual, como si no tuviéramos un gol a favor ni un tesoro que proteger. Por eso una pérdida de Xabi Alonso que vino precedida de falta se convirtió en una contra mortal, pase de Vieira a Ribery, que rompió desde atrás, nuestra defensa otra vez adelantada.

Reacción.

Había tiempo. Luis dio entrada en la segunda parte a Luis García y Joaquín por Raúl y Villa. Eso volvió a equilibrar el choque. Recuerdo un par de buenos desbordes de Joaquín y un disparo suyo que salió medio mordido. Hasta que el partido entró en esos diez últimos minutos que no pertenecen a nadie más que al destino. Puyol se anticipó a Henry en otra contra y el árbitro vio falta donde no la hubo. La sacó Zidane, Xabi Alonso rozó el balón con el flequillo y la bomba le cayó a Vieira. Su remate de cabeza tropezó en las piernas de Sergio Ramos y se coló dentro, aunque tardamos unas eternas décimas de segundo en entenderlo. No me extenderé en el tercer gol francés: Zidane lo marcó para que no siguiéramos sufriendo.

No es cuestión de entrenador, ni de árbitro, somos nosotros, el paso que damos hacia atrás cuando los otros se inclinan hacia delante y entonces alguien nos quita el mundo que nos sostiene.