Mundial 2006 | Oleg Blokhin

Del atletismo a la política pasando por el Balón de Oro

Un mito en el banquillo ucranio

Fue 101 veces internacional.
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Oleg Blokhin (Kiev, 1952) pudo haberse perdido para el fútbol de haber seguido los consejos de su madre, Yekaterina Adamenko, una famosa velocista soviética que sabía que los 10,8 segundos que su hijo invertía en correr cien metros o los 6,5 metros que volaba en salto de longitud podían llevarle a la gloria olímpica si se dedicaba al atletismo. Incluso Valery Borzov, medalla de oro en los 100 metros lisos de Múnich 72, trató de convencer al joven Oleg de que dejara la hierba por el tartán.

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No hubo manera de quitarle el fútbol de la cabeza y no se equivocó porque al poco de entrar en las categorías inferiores del Dinamo de Kiev y empezó a utilizar sus cualidades de atleta con el balón pegado al pie se convirtió en la estrella del equipo. Lo apadrino el viejo zorro Lobanovsky, que le guió hasta el Balón de Oro tras conquistar la Recopa de 1975 y hacer una exhibición en la Supercopa de Europa ante el Bayern de Múnich, al que le hizo tres goles, uno de ellos tras sentar a medio equipo alemán, incluido el Kaiser Beckenbauer.

Saltó el telón. Desde entonces se convirtió en objeto de deseo prohibido para los grandes clubes europeos, que chocaron con la normativa de la extinta URSS, que impedía la salida de sus deportistas al otro lado del telón. Aún así, fue el primero en romper esta norma al fichar por el Vorwarts austríaco en 1987, justo un año después de haber bailado al Atlético de Madrid en Lyon en la final de la Recopa (3-0). Antes de hacerse cargo de Ucrania, desarrolló su carrera como técnico en Grecia (Olympiacos, PAOK e Ionicos) donde puso fue puliendo los conceptos heredados de su maestro Lobanovsky: defensa de anticipación, fútbol vertiginoso de apoyos en corto y contragolpe. Como el atletismo, la política también pudo apartarle del fútbol poco antes del Mundial al no ser compatibles su sueldo de parlamentario con el de seleccionador. Y de nuevo ganó la pelota, Blokhin renunció a su salario en el parlamento para poder seguir explicando que el contragolpe es bello, cuando se ejecuta como él lo hacía.

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