Yo digo | Mario Ornat

El aroma de un futbolista sublime

Mario Ornat
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El dolor es insondable. Y la culpa, un invento poco generoso. Nada que decir ante la decisión de Savio, que nace en lo más íntimo. Pero era preciso que el Diez explicase las razones de su prematura marcha sin intermediarios, porque su largo silencio animó la versión de un conflicto con Víctor, que vende bien pero es injusta. El entrenador no merece que cuatro buitres de pluma escolar, algún desocupado y un par de sabihondos imberbes (personajes figurados) le cuelguen la etiqueta de haberse cargado a uno de los jugadores más grandes que ha visto La Romareda. Porque no lo ha hecho. La suplencia no es un asesinato, es sólo una circunstancia del fútbol.

Uno cree que en el adiós siempre se debe ser generoso. La despedida de Savio no merece preguntas impertinentes. Si incluye una exigencia es la de recordar lo que verdaderamente resulta imprescindible para la memoria: los goles, la brillantez, su condición sublime. Su paso por Zaragoza deja en el aire un aroma de futbolista soberbio al que, en último caso, han vencido circunstancias personales.

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