La derrota más cruel de la historia
La La Séptima tendrá que esperar. El Zaragoza tenía miedo a perder esta final y la perdió.


La gran decepción. La Séptima tendrá que esperar. Al Zaragoza se le acabó anoche en el Bernabéu su espíritu de campeón y completó quizá la mayor decepción de toda su historia. Tuvo miedo a perder esta final y la perdió. El partido se le complicó desde el inicio y se le acabó indigestando por completo. Tuvo, es verdad, algún arranque prometedor en la segunda parte y nunca se rindió, pero jamás se sintió cómodo. Se le vio atenazado, nervioso, demasiado responsabilizado. Y luego se encontró con un rival al que le salió todo. Tiró cinco veces a puerta y marcó cuatro goles. Nunca con tan poco se ha ganado tanto.
Tamudo hizo de las suyas. Tamudo, cómo no, marcó nada más empezar, a los dos minutos, y el Espanyol ya no quiso jugar más. Todos atrás, colgados del larguero y con Kameni perdiendo todo el tiempo del mundo. Pura especulación, la peor medicina para un Real Zaragoza, que, cuando empató en una jugada de estrategia, se volvió a encontrar enseguida con un segundo gol. Lo fabricó Tamudo, decididamente la bestia negra, y lo remató Luis García. Por supuesto, de cabeza. Dos ocasiones, dos goles. Mayor eficacia es imposible. Demasiado para un Zaragoza nervioso y siempre a remolque, que jamás estuvo en condiciones de explotar sus mejores armas. La salida de Savio en la segunda parte animó el cotarro, pero fue un querer y no poder. Todo acabó con el tercer gol del Espanyol, también de Tamudo, y con la expulsión de César. Y la derrota ya se hizo fracaso. Llegó un humillante cuarto gol y la desolación de todo el zaragocismo.
La maldición de César. Muy pocos en el Zaragoza estuvieron a su nivel, pero la desgracia se encarnó en un hombre, en César. Lo de César y la Copa es más que una maldición. Había perdido dos finales con el Real Madrid, incluida la del Galacticazo en Montjuïc, y ayer perdió su tercera. Y además fue expulsado. Tardará años en olvidar esta derrota, igual que los 35.000 zaragocistas que acudieron al Bernabéu y todos los que lloraron delante de la televisión en sus casas. El 4-1 fue un castigo durísimo, excesivo, pero así es el fútbol.
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Insuperable afición. Lo mejor del Zaragoza fue su afición. Modélica. Respetuosa. Deportiva. Siempre ha sabido ganar y ayer supo perder. Animó a su equipo sin desmayo hasta el último minuto y luego supo aplaudir al campeón. Probablemente nunca olviden esta derrota, pero la Copa, no lo duden, le seguirá dando satisfacciones al Zaragoza. Quizá al año que viene. O muy pronto. Y todos tendrán su desquite. Seguro.
La caja de los truenos. Lo peor de esta concluyente derrota son las consecuencias que puede generar en el Zaragoza. La Liga murió hace un mes y sin la Séptima se puede abrir la caja de los truenos. Savio ya ha dicho en Brasil que quiere volverse y a Víctor le quedan muy pocos apoyos en el vestuario. La Copa lo hubiera aplazado todo, pero ahora ya todo es imprevisible. Ya no vale ni el 6-1 al Madrid. Ya no vale nada.



