Medina Cantalejo se cargó el clásico
Señaló un penalti injusto contra Madrid. Expulsó a Roberto Carlos y no vio una pena máxima a Ronaldo.

Somos nosotros los que deberíamos declararnos en huelga de árbitros. Aunque en nuestro caso, en el de todos, no hay dinero que compense la frustración que nos causa quien corrompió un gran partido y nos impidió sacar conclusión alguna, designar a los héroes, contar una hazaña. Estos duelos nos citan cada demasiado tiempo como para entender que somos humanos y erramos, como para no irritarse y patalear, quién paga ahora el despliegue que hiciste, los panchitos por el suelo, el desorden de casa, los disfraces, la espada de Conan; lo pagas tú, no el árbitro pinturero que se larga con la dignidad de Gandhi y que perjudicó al Barça por hacerle regalos que no necesita y, por supuesto, al Madrid, y especialmente a Ronaldo, a quien robó la oportunidad de hacerse perdonar la mitad de los pecados que acumula, no pocos.
No, no fue penalti, vaya por delante. Cierto que Roberto Carlos resbaló por el césped de forma un tanto inconsciente, pues, aunque recogió las piernas al comprobar que no alcanzaba el balón, su movimiento impetuoso, su bobsleigh, era una invitación al piscinazo de algún rival, y era una acción todavía más innecesaria porque quien controlaba el balón, Van Bommel, buscaba ángulo alejándose de la portería, sin significar una amenaza inmediata. Así que cuando el holandés descubrió que Roberto Carlos había descarrilado decidió acercarse y simular un encontronazo que no se produjo, tiene cierta habilidad en ese tipo de simulaciones. El árbitro picó y lo peor, ahora que ha terminado el partido, es que deja la impresión de que no hubiera necesitado una gran interpretación para dejarse engañar, así de horriblemente casero fue durante toda la noche. Hay quien asegura que se dejó aconsejar por el línea, pero eso no le exime de culpa, he visto cientos de veces a colegiados ignorar a los tipos de las banderas.
Consecuencias.
En las protestas que siguieron, Medina Cantalejo (que no catalejo, ay) amonestó a Roberto Carlos y Guti, el segundo jugador más veterano del equipo y el capitán del Madrid. Lo digo por si alguien piensa todavía que la experiencia es un grado y el brazalete da empaque. Ronaldinho burló a Casillas y adelantó al Barcelona en el marcador. Goles así son amargos, y quiero pensar que también para los seguidores del equipo que ha sido beneficiado, aunque tal vez soy muy ingenuo.
No habían pasado ni cinco minutos cuando Roberto Carlos hizo falta en el lateral, un agarrón clarísimo. El brasileño protestó al árbitro y al juez de línea de autos, con insistencia, siendo, en apariencia, más pelma que grosero, más pesado que faltón, sonriendo, susurrando, comentando, jugando con el balón. La actitud era, desde luego, altamente irresponsable, pero no hubiera pasado a mayores si el árbitro se hubiera alejado de allí, porque los árbitros no son sólo robots encargados de hacer cumplir la ley (en ese caso serían robots muy defectuosos), sino jueces que han de tener una mínima sensibilidad de lo que es el fútbol y el juego, que han de saber cómo se siente un futbolista al que acaban de señalar un penalti. Y eso no es escaquearse, es favorecer el espectáculo y guardarse las tarjetas para cuando un tipo deslome de una patada a otro, en esos momentos no hacen falta advertencias ni reflexiones.
Medina Cantalejo expulsó a Roberto Carlos, que no se lo cre tampoco el resto de sus compañeros. En 25 minutos el Madrid era víctima de un penalti injusto y de una expulsión desproporcionada. Y echar una tonelada de polémica sobre un gran partido es tanto como reducirlo a cenizas. Cualquier cosa que suceda desde entonces, por buena que sea, estará condicionada por lo ocurrido, será excusa o ensañamiento.
Y algo así debieron sentir los futbolistas del Barcelona, que en lugar de envalentonarse por el gol y la expulsión, tuvieron momentos de duda. Les honra. De repente, el odiado rival tenía gafas y un brazo escayolado. No es ese el enemigo que te preparaste para destruir.
La reacción del Madrid fue justo la contraria: rebelión, resistencia, pelea. Ronaldo, en concreto, se tomó el asunto como algo personal. Una muestra: en el penalti, antes de que Ronaldinho golpeara el balón, él ya había entrado en el área furioso y ansioso por despejar el rebote que no llegó.
Entre los muchos defectos de Ronaldo no está que desaparezca en los grandes momentos, pero ayer parecía motivado de forma extraordinaria, como si además del partido estuviera en juego su propia reivindicación como estrella mundial. Es maravilloso encontrar alguien que todavía se da por aludido y recoge los guantes que le arrojan.
Al Barça se le borró la timidez por la injusticia cuando Deco intentó un pase de rabona, que acabó siendo un buen centro a Etoo, que disparó forzado y repelió Casillas. El choque estaba en situación de que cualquier robo en el centro del campo podía convertirse en hecatombe. Pero esa amenaza sólo la convirtió en realidad Baptista, que atrapó una pelota al rival y la transformó en pase a la carrera de Ronaldo, que inició el sprint emparejado con Motta, roto a un par de metros de su área. Una vez que se plantó ante Valdés, en momento tan dramático, Ronaldo pareció tomarse una hora en cargar la escopeta. No fue distracci fue la absoluta confianza del que se sabe muy bueno. Cuando todos esperábamos un cañonazo, Ronie sorprendió con una mariposa, con una vaselina exquisita. Más que un gol, una tarjeta de visita, la de un ladrón. Debo admitir que en momentos así uno tiene la tentación de retractarse para siempre y se plantea si a este jugador lo único que le falta es equipo, pases así, suministros, confianza. No lo sé.
Amenaza.
El Barcelona acusó el gol como si hubieran sido un par y entendió tras el golpe que su superioridad técnica quedaba en duda y su superioridad numérica anulada, porque Ronaldo, ayer, valía por dos. Por eso anduvo el resto del partido como quien pasea por el bosque donde cuentan que se escapó un tigre del circo.
La salida del Barcelona en la segunda mitad fue todo lo en tromba que le permitió ese miedo, Ronaldo suelto. Etoo, que se movió demasiado alejado del área (pecado de Rijkaard), puso a prueba a Casillas. También Larsson, que ocupaba los terrenos del camerunés. Pero cuando Casillas está inspirado lo que en otro partido sería considerado como una magnífica ocasión de gol se queda en leve incidente; ese es el poder de los grandes porteros, convertir el dominio enemigo en impotencia. No obstante, a pesar de que el balón pertenecía al Barcelona, el Madrid nunca dejó de tener tantas opciones como su rival para obtener la victoria, y no hablo de tiros altos o fuera, sino de la permanente amenaza. Ambos equipos estaban a la misma distancia del triunfo, aunque estuvieran en caminos diferentes.
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Así estaban las espadas cuando Ronaldo se apoderó de un contragolpe, no tan peligroso porque el pase le hizo cruzarse demasiado y perder portería. Pero en lugar de rendirse, peleó con Oleguer, se dio media vuelta y aceleró a tope, tanto, que el defensa le tomó del brazo para frenarle. Si Ronaldo cayó por eso o se tiró cuando sintió el contacto no lo sé, pero aun en el caso de que el agarrón fuera "nimio" (como oí decir) merecía un penalti "nimio" y tal vez un gol nimio y que hubiera dado una nimia victoria al Madrid. Al árbitro vengador no se le ocurrió otra ocurrencia que amonestar a Ronaldo por fingir falta.
Terminó así, sin que sepamos quién fue mejor, sin campeón ni brazo que levantar, combate nulo, panchitos por el suelo.



