Le hicieron el pasillo al Barça
Mal partido. El árbitro perdonó un penalti al Madrid. Ronaldo falló una pena máxima al final.

Las fotos que se hacen el Valencia y el Madrid siempre salen movidas y con sombras. Generalmente, no falta la sombra del árbitro, pero también son frecuentes halos y otras apariciones fantasmagóricas; excusas, al fin y al cabo. La consecuencia de todo ello es que el fútbol pasa del primer al segundo plano y al día siguiente se habla más de las caras de Belmez (o de Mejuto) que del partido, de lo accesorio antes que de lo sustancial, un pecado que no tendrá penitencia esta vez porque no hubo nada sustancial y sí mucho accesorio.
Por otro lado, el análisis del empate a cero no ofrece más conclusión que Valencia y Real Madrid le hacen el pasillo al Barcelona y del título mejor no hablamos. Porque el empate de ayer no fue una de esas igualadas gloriosas que resultan del choque de dos gigantes del mismo tamaño e idéntica fuerza. No fue eso, ni siquiera el equilibrio agónico que presenciamos hace no mucho en Highbury. Fue una igualada vulgar y apática, dos ceros en dos exámenes, preséntense el año que viene.
Dicho esto, pasemos a lo paranormal. Discurría el minuto 26 cuando Sergio Ramos salió al encuentro de un balón manso, lo picó y lo agarró con las manos, con las dos. Muy dentro del área. El sevillano supuso que el árbitro había señalado falta en una pugna entre Mejía y Villa, tal vez confundido por el banderazo del línea o quizá engañado por algún silbato furtivo. Porque Mejuto no pitó. Tanto los protagonistas como los testigos tardamos en procesar lo ocurrido, pero el árbitro resolvió el dilema en un instante, así son ellos: pitó falta contra el Valencia. ¿Por qué? Sencillo: era la forma más rápida de alejarse de la escena del crimen. Quien dude de la inteligencia de este colectivo debería saber cuánto cobran. Y quien quiera anunciar gomina debe considerarlos el último reducto de los bien peinados.
Mestalla rugió y, por un momento, hubo quienes pensamos que lo que el Valencia necesitaba para reactivarse era una injusticia así, algo que vengar. Fue un error. También hubo quien comentó que de haberse señalado el penalti el lanzador debiera haberlo tirado fuera y hubo quien le replicó que esa galanura hubiera acabado con el lanzador en el Turia o dentro de un ninot. Nunca lo sabremos.
Veteranos.
El caso es que el encuentro continuó igual, a ritmo de veteranos, con el Madrid tocando más el balón porque es más veterano, y el Valencia empeñado en un contragolpe improbable, porque Aimar y Villa no emitían anoche en la misma frecuencia. Por cierto, los fenómenos paranormales nos han hecho pasar por alto que López Caro volvió a confiarse al sector oficialista y alineó como único delantero a Ra se quedaron en el banquillo Ronaldo, Robinho y Cassano. También fue titular Zidane, aunque es sabido que tolera mal los partidos cada tres días, especialmente si son fuera de casa. Personalmente, se me escapa el mérito de Raúl para estar en el once y las razones por las que se excluye a Robinho, no sólo el mejor futbolista del equipo en lo que va de año, también la única cara alegre que sobrevive en la plantilla.
Por lo demás, en el partido se descubrían cosas tan asombrosas como que Sergio Ramos subiera hasta el área contraria a rematar sin mediar faltas desde los flancos o que el Valencia, al defender un golpe franco, se olvidara de dejar un futbolista en punta, el clásico y socorrido palomero. Sin duda, síntomas del desquiciamiento colectivo que sufren ambos equipos.
Al inicio de la segunda mitad, Baraja tuvo la que fue la mejor oportunidad para el Valencia. Miguel, bastante activo por la banda derecha, llegó hasta la cocina y centró hacia atrás. El centrocampista disparó sin fe y el balón se perdió entre las estrellas. A esas alturas los porteros seguían sin tener necesidad de mancharse con el verdín, ese extraño tinte del césped que tanto cuesta borrar, como advierten las madres.
Muy poco después, cuando todavía faltaba casi media hora de juego, se produjo otro de los grandes momentos accesorios del partido. El Madrid pedía cambio y se mostraba el dorsal de Raúl... y el de Ronaldo. El asunto era indudablemente morboso, porque el capitán no sólo dejaba su puesto sin haber rascado bola, sino que se cruzaba con el príncipe enemigo y le ofrecía la ocasión de marcar el posible gol salvador. Y por si todo esto fuera poco, ¡Raúl es de los que besa en las sustituciones! Boris Izaguirre debería haber narrado el cambio. Yo, más limitado, les diré que, aunque hicieron el intento de cumplir la tradición, más que besarse, pusieron el moflete, que es lo que hacen las guapas en estos trances, motivo por el cual conviene corresponderlas con sonoros besos tipo ventosa, aunque esa es otra cuestión.
Los cambios.
Después de Ronaldo, no tardaron en entrar primero Robinho y luego Cassano. El Valencia correspondía a la coherencia de su adversario dando entrada a Rufete y a Fabio Aurelio. El hecho de que el brasileño reemplazara a Pablo Aimar provocó las airadas protestas del público, y le damos la razón porque aunque no estaba haciendo gran cosa era el único que ofrecía la esperanza de hacerlo. Villa, muy voluntarioso, se movía demasiado lejos del área, si bien se entiende su desesperación por la falta de suministros.
Pero tampoco cambió apenas nada. Si acaso, el Madrid ganó en profundidad y el choque se apretó porque siempre ocurre en los minutos finales, cuando el cansancio juega más que el talento. Eso no sirve de excusa para Cassano, que ayer pareció extrañamente torpe y nos hizo pensar que en lugar de Cassano había entrado Baldasano, dicho sea con todos los respetos para el posible candidato. El italiano perdió él solito uno de los balones más absurdos que se recuerdan: su arrancada terminó en desmorone sin que le rozara una mariposa.
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Tuvimos que esperar hasta el final para presenciar el último fenómeno paranormal. Ronaldo hizo la pared con Cassano (esta vez bien) y penetró entre la tupida defensa del Valencia. Cuando se enfrentó a Cañizares recortó hacia fuera y el portero le hizo penalti, bastante claro. Ronie tenía la ocasión de dedicarle el gol a quien quisiera: de Raúl a todos los endocrinos del universo. Él tiraría el penalti, y lo tiró a la basura concretamente, porque el disparo fue flojo y Cañizares, inspiradísimo, lo atrapó sin problemas.
Hay quien asegura que fue una especie de justicia divina, ya que el Madrid debió sufrir un penalti en contra en la primera mitad. Yo no lo veo tan claro. Aunque admito que los fenómenos paranormales son así. Anormales.



