El Chelsea fue...

Un equipo triste y sin imaginación. Ordenado y serio en defensa, pero plano en ataque. El Chelsea es como esas personas que tienen un físico imponente e impresionan de lejos, pero cuando te acercas y hablan pierden todo el encanto. De lejos, cuando debe conservar un resultado, el Chelsea impone, porque se defiende como pocos equipos en Europa, pero cuando debe asumir la iniciativa descubre sus carencias. La imaginación se reduce a las acciones a balón parado, nacidas en la cabeza de Mourinho, magnífico estratega que alcanzó la gloria europea con el Oporto y suma ya dos fracasos en la Liga de Campeones con el Chelsea.
Los ingleses se tomaron el partido con mucha calma, demasiada, como si la Champions fuera la Liga inglesa, donde ejerce un dominio casi humillante para sus rivales. Allí inicia sus encuentros sabiendo que, a poco que transcurra todo con normalidad, los ganará. Una acción aislada, una falta, un córner y tres puntos más en la clasificación.
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Pero ni la Liga de Campeones es la Premier ni el Barcelona un rival contra el que esté acostumbrado a jugar el Chelsea. En esta eliminatoria, el Barça ha demostrado que está un peldaño por encima y ello lo han acusado todos los jugadores ingleses. Lampard no ha existido y si fuera por estos dos partidos pensaríamos que quienes le designaron como el segundo mejor jugador del mundo han perdido el juicio. Sabemos que no es así, pero Lampard es una estrella en la Premier y se diluye en el Continente.
Pero lo mismo cabría decir de Duff o Joe Cole o Robben, convertidos en nada por el Barcelona. Sí estuvieron al nivel al que estamos acostumbrados a verlos Terry y Makelele y ese fue precisamente el problema del Chelsea. Destacaron los futbolistas que hacen el trabajo sucio, pero nadie apareció en ataque. Este barco construido a precio de yate de lujo por Mourinho con el dinero de Abramovich, cuando navega más allá del Canal de la Mancha no pasa de ser un petrolero. Muy grande y poderoso, pero al que nadie se subiría para ir de vacaciones.



