El fútbol que todos queremos
El fútbol que todos queremos es ese que se practica universalmente por hombres y mujeres de todas las razas, sin distinción de ideologías ni religiones. Ese que es capaz de sensibilizarse en contra de los gritos racistas a un jugador por el color de su piel. El que celebra con júbilo los triunfos de su equipo y lamenta con tristeza, pero con deportividad, la derrota de los suyos. El fútbol que es capaz de convocar en un campo a cien mil espectadores que aplauden y ensalzan las genialidades de los virtuosos de este bello deporte.
Estamos en contra de los que se cobijan en el fútbol para dar rienda suelta a su instinto criminal, a su ira incontenida, a su cruel estrategia de la humillación para alcanzar el objetivo de la intimidación.
Creemos que el fútbol debe prevalecer en un partido, pero no a costa de la degradación humana. Es lamentable el estado en el que quedan las espaldas de los asistentes al finalizar un partido en determinados campos, sus camisetas tienen que ir directamente a la ducha por el asco que produce comprobar cuanta materia derramada procedente de gargantas sin escrúpulos, de personas sin sentimientos, de individuos con tan alto grado de desprecio a sus congéneres. No podemos elevar a categoría especial un partido de fútbol en detrimento de la integridad física de los jueces ni de los jugadores. No podemos consentir que la barbarie se apodere de este deporte refugiada en la pasión por unos colores. Quien así actúa no busca el daño físico, busca la intimidación, la humillación. Busca que sus intereses prevalezcan a la razón y la justicia. Trata que el juez no tenga independencia en su escenario, que sienta miedo. En definitiva, que no sea libre para decidir en conciencia.
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No debemos preocuparnos sólo de la suspensión de un partido, sino de las garantías que este tendría de continuar en esas circunstancias. No consiste en tapar una herida externa y arriesgarnos a que la interna actúe sobre el subconsciente. No se trata de ponerle un casco a los árbitros y una armadura romana a los asistentes para que vayan a situarse delante de una barricada. Si queremos garantías en la competición, debemos proteger como se merece a quien tiene la facultad de juzgar, de lo contrario, habrá ganado la batalla la intimidación y no la fuerza de la razón.
Díaz Vega es el director del Comité de Árbitros.



