Kilos de calidad

El fútbol es uno de los deportes más democráticos que existe, de los que menos discriminaciones hace para aceptar nuevos miembros. Altos y bajos, guapos y feos, ricos y pobres, futbolistas con un cuerpo modelado en el gimnasio o que lucen barriguita, da igual, todos tienen su espacio en este espectáculo. La única condición que se les pone es que sepan jugar al fútbol, aunque el concepto de jugar al fútbol no sea interpretado igual por todos los entrenadores, aficionados y periodistas.
Cuando uno tiene calidad, pocos se atreven a reparar en la forma de su cuerpo, salvo que te llames Cassano o Ronaldo. El italiano ha tomado el relevo del brasileño en las mofas y chistes sobre las dimensiones de su estómago, muy alejado ahora del que se le presupone a un deportista de élite, ciertamente. Cassano es un futbolista con un talento enorme, un jugador de barrio, de los de antes, pillo y listo como pocos, que suple sus limitaciones físicas con imaginación, habilidad y oportunismo. De personalidad difícil y con tendencia a la dispersión y a la rebeldía también, pero un jugador capaz de decidir partidos. Otra cosa diferente es que le haga falta a este Real Madrid, pero sus condiciones para este deporte no se las puede negar nadie, pese lo que pese.
A Ronaldo, el mejor definidor del mundo, nadie le pregunta cuánto pesa cuando celebra un gol, algo que, por cierto, ha hecho más y mejor que nadie en la última década. No hay delantero como él en el mano a mano y cuando encara al rival en velocidad es casi imposible de parar. Un futbolista de Primera División, cuyo anonimato respetaremos, reconocía en privado no hace mucho que el mejor jugador del Real Madrid actual es Ronaldo. "En carrera y con el balón controlado es tan rápido y tan bueno que no puedes pararle ni con una falta. Intentas frenarle con una patada y siempre llegas tarde".
Ronaldo es uno de esos gorditos maravillosos que han hecho de este deporte un espectáculo por el que merece la pena dejarse parte del sueldo e invertir el tiempo libre. Pero ha habido otros. Quién no se acuerda de Ferenc Puskas, uno de los más grandes de la historia, que llegó al Real Madrid con 31 años y luciendo tripita. Muchos pensaron que Puskas ya nunca se parecería a aquel futbolista que conquistó Wembley con Hungría en 1953. Se equivocaron, Pancho se retiró con 40 años y los que le vieron jugar con el Madrid aseguran que nunca habrá uno como él, con la potencia y precisión de su disparo. El balón siempre le obedecía. Para el recuerdo dejó actuaciones memorables, como los cuatro goles que le marcó al Eintracht de Fráncfort en la final la Copa de Europa de 1960 en Glasgow. Di Stéfano logró otros tres y el Madrid ganó 7-3. Y todo ello con una figura nada estilizada. Daba igual. Era uno de los buenos.
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Menos memoria hay que hacer para recordar a Diego Maradona, ese "barrilete cósmico" al que el periodista Víctor Hugo Morales le preguntaba de qué planeta vino para desparramar por el césped a cuanto inglés le salió al paso en México 86 para marcar el gol más memorable de la historia de los Mundiales. Bajito y regordete, Maradona ha sido el último rey del fútbol.
Cassano nunca será, ni en sueños, como Puskas o Maradona, ni siquiera como Ronaldo, pero como a todos ellos y a otros muchos, al italiano le sobran kilos, pero de calidad.



