Zidane y Guti, pareja de baile
Soberbia actuación del francés y el canterano. Magnífico partido en el Bernabéu. El Sevilla nunca se rindió y estuvo a punto de empatar.

Magnífico el Madrid y estupendo el Sevilla, que mantuvo la emoción hasta el último instante a pesar de enfrentarse a un equipo en estado de gracia. Muy pocas veces el espectáculo se ajusta al precio de las localidades o amortiza el tiempo que invertimos en él y ayer fue uno de esos días en los que nada resulta decepcionante, si acaso el trío arbitral, reiteradamente torpe.
Si el Sevilla cumplió con las expectativas que nos lo presentaban como un equipo dinámico y peligroso, el Madrid fue, durante muchos momentos, verdaderamente admirable. Rápido, entregado, comprometido, virtudes que repetimos porque no son frecuentes y nos sorprenden. Por primera vez en mucho tiempo, el Madrid dio muestras de ser un grupo compacto con un plan común. Y esa versión maravillosamente solidaria no impidió el lucimiento de algunos futbolistas, ya que no convirtió al equipo en una triste factoría, como podía temerse, sino en el caldo de cultivo perfecto para que se expresaran algunos jugadores, especialmente Zidane, que volvió a ser el de sus mejores tiempos, el director de orquesta y el malabarista, el artista sin melena. Cuando resurge su enorme talento, capaz de inspirar a todos sus compañeros, es difícil no sentirse culpable por haberlo dado por muerto y, personalmente, me asalta un remordimiento casi infantil, como de haber blasfemado. Hay otras estrellas en el Madrid, pero la única que será insustituible es Zidane. Lo escribiré mil veces en el pizarrín de mi cerebelo.
Pero si Zidane rozó lo sublime, Guti no se quedó atrás ni un milímetro; de hecho, podría decirse que ambos formaron pareja de baile, y no como Gema y Poti, por favor, sino como Olivia y John e incluso como Ginger y Fred. Conectaron en el primer gol, combinaron en el tercero y se volvieron a encontrar, ya de forma premeditada, en el cuarto, que remató el partido con un número apoteósico y tras el que podría haberse bajo el telón de terciopelo granate.
El encuentro lo comenzó el Madrid con tanta intensidad que el Sevilla tardó en reaccionar. En realidad necesitó un gol en contra para hacerlo. Intuyo que no le benefició en nada el uniforme azul ilusión con el que saltaron al campo sus jugadores, víctimas de un osado diseñador que no le habrá dado una patada a un bote en su vida y que no sabrá que los uniformes son banderas. El caso es que la presión que desplegaron los locales atascó la circulación sevillista, arrollada por el ímpetu enemigo y el tul de su propia camiseta.
Desde muy pronto se distinguió a Zidane como responsable del ritmo del partido. Aunque es complicado saber si ese Zidane resucitado era el que movía al Madrid o si era el nuevo Madrid el que impulsaba a Zizou. Porque hay que admitir que los movimientos de apoyo al compañero, los desmarques, los cambios de banda y el juego por los flancos invitaban al baile. Es encomiable cómo López Caro ha sido capaz de transformar al grupo, anímica y tácticamente.
Contraataque.
Esos primeros minutos también nos descubrieron algo que dábamos por extinguido en el Madrid actual: el juego al contragolpe. Por algún extraño motivo en el que tendrá mucho que ver el nuevo entrenador, el equipo está convirtiendo esa suerte en una de sus armas más letales, lo que nos lleva de nuevo a Guti. El canterano, especialista en encontrar caminos ocultos, se multiplica cuando toca pensar deprisa. Y lo mejor del caso es que no le faltan soluciones, porque Robinho le susurra bastantes al oído. Sí, Robinho ha vuelto para quedarse y aunque aún no es el crack que se esperaba parece que ha tomado el camino adecuado.
El primer gol del Madrid constató el brillante dominio de los blancos. Robinho controló con el muslo, abrió a Zidane a la izquierda y este centró al área, donde Guti remató de media volea y con el instinto del delantero que fue. Palop, que es buen portero, ni la vio.
Llegaron entonces los mejores momentos del Madrid, que se empezó a adornar con las joyas que tanto gustan al Bernabéu, cabriolas de Zidane, centros teledirigidos de Beckham y otras perlas, como las internadas de Cicinho, sobresaliente en ataque. Cómo sería que hasta Gravesen se apuntó a la fiesta y se marcó un regate de mérito. No obstante, pese al disfraz, se seguía notando que era él.
El despertar del Sevilla, progresivo, se concentraba sobre todo en los ramalazos de Adriano, uno de esos prometedores brasileños que Monchi se saca de la chistera. Un par de regates suyos dejaron a sus compañeros en boca de gol, pero no es precisamente filo lo que le sobra al Sevilla. Kanouté es un delantero interesante, pero carece de gol. Y Luis Fabiano da la impresión de necesitar bastantes balas para hacer diana.
Después de varios errores en la señalización de los fueras de juego, en el minuto 38 el árbitro cometió su error más flagrante. Robinho se coló por la izquierda y, una vez dentro del área, con un giro de cintura burló a Daniel Alves, que lo derribó al ver que se escapaba. Penalti como la catedral de Burgos y el colegiado gritando "sigan, sigan".
Empate.
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Así terminó la primera parte y así se inició la segunda, con sensación de victoria cómoda del Madrid. Hasta que Luis Fabiano agarró un rechace de Casillas a disparo de Maresca (buen centrocampista, por cierto) que valió el empate. En tiempos cercanos el Madrid se habría desmoronado, pero los tiempos han cambiado. Claro que también hay que resaltar la impagable colaboración de Aitor Ocio, que cinco minutos después de la igualada cometió un penalti absurdo sobre Baptista, al que agarró de la camiseta con alevosía y al que faltó ponerle cartuchos de dinamita en la espalda para derribarlo. Fue tan obvio que hasta el árbitro lo vio. Zidane lanzó la pena y restableció el orden y estado de optimismo, como en su día declaró Valdano a una mañana que amaneció sin nubes.
El tercero del Madrid, nacido de un prodigioso taconazo de Guti que Zidane remachó a quemarropa, pareció sentenciar el choque. Por el marcador y por la obra de arte. Pero el Sevilla demostró su carácter irreductible. Después de dos palos, Ocio, en plena purga de sus pecados, alimentó la esperanza al dar destino a un balón perdido en el área de Iker. En ese momento, tras 85 minutos de peripecias, había dos equipos en el campo que confiaban en llevarse el gato al agua. No cabía más emoción. Y de esa sucesión de ataques, los del Sevilla con su portero rematando los córners, salió la última contra del Madrid, dirigida por Guti, que se iba relamiendo mientras corría. Cuando llegó al área de Palop, exhausto por la carrera de vuelta, tuvo varias alternativas, entre ellas, su propio disparo. Pero no muy lejos distinguió a Zidane y decidió dedicarle la última bola, un balón templadito que Fred bajó con las chorreras de su camisa antes de dar el zapatazo que ponía punto final a una soberbia actuación.



