Gutiérrez
Hasta los más acérrimos detractores de José María Gutiérrez no tienen reparos en reconocer que se trata de un jugador especial, de enorme talento, con unas cualidades técnicas extraordinarias. Resulta difícil de explicar, pero esa incuestionable calidad no le ha convertido en uno de los mejores futbolistas de la última década, algo para lo que estaba sobradamente preparado. Ahora, al borde de la treintena, más maduro y experimentado, y quizá con una mentalidad distinta, Guti puede convertirse en el futbolista que todos imaginábamos. Ojala sea así.
Blanco frecuente de críticas (algunas acertadas, otras, inmerecidas) lo cierto es que Guti jamás ha contado con la confianza y la continuidad que otros futbolistas del equipo si han tenido, aunque atravesaran por un horrible momento de forma. Guti siempre ha sido un jugador doblemente exigido, por el público, por la crítica y por los técnicos, aunque siempre acabara jugando fuese quien fuese el entrenador del Real Madrid.
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Todo lo que se podía esperar de Guti, todo lo que es capaz de ofrecer, llegó anoche en el partido frente al Sevilla. El madrileño regaló un partido memorable, dejó para el recuerdo esa maravillosa asistencia de tacón a Zidane, un gol estupendo y un completo repertorio de pases milimétricos; 51 pases correctos de 54 intentados. Una maravilla de precisión y sentido, porque Guti no es de los que toca en corto para asegurar, no, Guti siempre arriesga y no duda en buscar el mejor camino para la sorpresa, aunque sea el más difícil.
Corren malos tiempos para el talento nacional y la gran cita en Alemania se acerca. El taconazo de Guti dará la vuelta al mundo y, por una vez, los elogios irán dirigidos hacia alguien de la casa, del barrio, de aquí. Queda por ver en qué condiciones van a llegar Raúl y Xavi al Mundial, pero si hace falta una estrella, una referencia, se llama Guti y anoche manejó a la perfección los hilos del equipo más prestigioso del mundo.



