Primera | Real Madrid

El vértigo le retiró a los 26 años

Sus dos últimas aventuras (Villarreal y Mallorca) acabaron en despido.

<b>EXÓTICO.</b> Después de volver al Alba y al Sporting, entrenó en Japón y luego en México.
José A. Espina
Jefe de Sección en la Delegación de Andalucía
Jefe de Sección de Diario AS en Andalucía. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Sevilla. Pegando teclazos desde 1998, durante toda una década en Madrid (2000-2010). Sevilla, Betis, Selección española y lo que se ponga por delante. Loco por el fútbol, guarda un poco de esa pasión para su otro deporte favorito, el tenis.
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La vida futbolística de Benito Floro Sanz (Gijón, 1952) quedó marcada por la desgracia de haber colgado las botas a los 26 años y sin haber trascendido más allá de equipos en Regional. Jugó en el Manzanares, el Silla, el Benifalló y el Alzira, donde abandonó el fútbol prematuramente por culpa de un mal de altura que luego se haría figurado: el vértigo. Asturiano de nacimiento pero valenciano de vocación-adopción (ha dirigido en varias ocasiones a la selección autonómica de esta Comunidad y ejercido en la Escuela Valenciana de Entrenadores), Floro palió su precoz trauma balompédico sumando los tres títulos de entrenador (juvenil, regional y nacional) en tiempo récord.

Luego retomaría su amor por el fútbol donde lo dejó: en los banquillos del Levante español. Ascendió al Denia a Tercera, entrenó al Gandía y volvió a cantar un alirón con el Alzira, esta vez a Segunda B. Tras pasar por el Onteniente, el Olímpico de Játiva y el Villarreal, Floro emigró tierras adentro, al Albacete, en una estación fundamental que culminaría en su fichaje por el Real Madrid.

Tras Beenhakker.

Su semblante pintado en serio y con unos anteojos redondos de los que se desprendería para su aventura en Japón, donde venden mucho más los ojos anchos y el fenotipo occidental, contribuyeron a su pose de entrenador científico. Mientras elogiaba la importancia del saque de banda en el fútbol de ataque y las tribulaciones de la zona (copiada, por cierto, del Milán que entrenó su antecesor, Arrigo Sacchi) el Albacete se hizo Queso Mecánico. Con Pepe Carcelén, que luego emigraría a otra mano derecha, la de Camacho, de copiloto, Floro comenzó a vivir sus años de gloria ascendiendo al equipo manchego de Segunda B a Primera en sólo dos tiradas, 89-90 y la 90-91. La campaña siguiente, aquel equipo de Menéndez, Salazar y Aquino flirtearía con la UEFA, lo que concedió a Floro el aval suficiente para que en el verano del 92 Ramón Mendoza le hiciera el sustituto de Leo Beenhakker, tras perder el holandés la primera Liga en Tenerife.

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Y en Chamartín duró una temporada y tres cuartos. De su proyecto, aderezado con fichajes como Zamorano, Nando, Dubovsky, Alkorta, Vítor (al que se fichó en lugar de Cafú) y el regreso de Martín Vázquez, resultó un fútbol encorsetado que se quedó en el camino de los resultados (perdió la segunda Liga en Tenerife pero logró una Copa del Rey, la última que ha ganado el Madrid, y una Supercopa) y que nunca convenció al Bernabéu. 'Padre' del psicólogo deportivo, Floro destapó su lado más oscuro en un vestuario de Lérida, en lo que sería el principio de su fin como madridista, el 7 de marzo de 1994. Cuatro meses después volvía a Albacete, donde comenzó a caer su fulgurante carrera de entrenador.

Volvió a casa en un semidescenso con el Sporting (duró 34 partidos) y fue trotamundos con dos aventuras exóticas: una en Japón con el Kobe y otra en el mexicano Monterrey. Después de tres temporadas mediocres allí, Floro regresó a los banquillos españoles para salvar al Villarreal en la 02-03, dejarlo malherido en la 03-04 y gozar de una efímera y fallida oportunidad en el Mallorca a principios del año pasado. Ahora abandona el césped y sube a los despachos, a las alturas del equipo que le hizo popular de verdad. Y espera que el vértigo no se interponga de nuevo en su camino.

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