Mourinho y las tarjetas de Navidad
Mourinho y Wenger. Arsene y José. Qué ojeriza se tienen estos dos. Y los tabloides británicos aplaudiendo, poniendo sal en las heridas y vistiendo contraportadas; la verdad es que desde la retirada de Eric Cantona, no quedaban "continentales" que dieran tanto juego.
Un día, Mourinho, al que a veces se le nubla el sentido, se despachó con la siguiente perla: "Wenger es un 'voyeur'. Le gusta mirar a la gente. Es de esos tipos que tienen un telescopio en casa para ver qué sucede en otras familias. Habla, habla y habla sobre Chelsea."
Como era de esperar, al técnico francés de los "cañoneros" le enfurecieron terriblemente esas declaraciones y a punto estuvo de llevar al portugués ante los tribunales. Entonces, "the special one", como le llaman a Mourinho en las Islas, amenazó con poner sobre la mesa un dossier de 120 páginas que probarían sus acusaciones.
Tras varias semanas de ofensas y agravios y de dardos y chinas, el asunto se fue diluyendo, que no la tirria entre ambos, hasta quedarse en una especie de guerra fría. Hasta el pasado domingo, hasta el derby londinense, el día en que, tras una nueva derrota del Arsenal, los dos técnicos regresaron al campo de batalla.
La culpa la tuvo una tarjeta de felicitación navideña. Mourinho había enviado el mismo "Christmas" a todos los entrenadores de la Premier League. A todos menos a uno. Porque Wenger tuvo un mensaje especial, una felicitación que incluía la disculpa formal por haberle llamado "voyeur".
Antes del partido, Mourinho estuvo esperando a Wenger para sellar la paz con un buen apretón de manos, pero el técnico portugués se encontró con algo que no esperaba; un empleado del Arsenal se acercó y le preguntó si la tarjeta navideña era auténtica, si la había enviado realmente él.
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Las dudas le sentaron muy mal a Mourinho, no podía creer que, para una vez que se comportaba de forma elegante y educada, se dudase de la sinceridad de sus intenciones.
Al final del partido, Mourinho desapareció al final del túnel de vestuarios de Highbury sin estrechar la mano de Wenger, sin saludar, como es tradicional, al entrenador contrario, lo que siempre ha sido una excelente costumbre pase lo que pase sobre el terreno de juego. Al Arsenal le pareció intolerable. Y vuelta a empezar.



