Como en los viejos tiempos
El partido empezó bonito y se convirtió en una batalla tras la expulsión de Puñal. Soldado igualó el tanto de Milosevic. El coraje salvó al Madrid.

Roberto Carlos fue el personaje más relevante del partido, estoy por asegurarlo. Y es extraño, porque, excepción hecha del árbitro poseso, suele ser protagonista quien marca, ya sea en puerta ajena o propia, o quien falla un penalti o quien lo detiene. Y Roberto Carlos no hizo ninguna de esas cosas. Es más, su intervención se concentró en apenas un minuto, cuando todavía no había transcurrido un cuarto de hora del partido. Pero le bastó ese tiempo para transformar el encuentro en algo completamente diferente a lo que se nos había presentado hasta ese instante: un buen partido de fútbol que podría haber llegado al mismo resultado por un camino totalmente distinto. Nunca lo sabremos.
Corrían esos primeros instantes en los que el tanteo inicial se convierte en intercambio de golpes cuando Roberto Carlos cortó una internada de Valdo con una entrada excesiva; tocó el balón, cierto, pero se lanzó con desmesura y, con la pierna que no buscaba la pelota, rebañó al futbolista. Además, tocar el balón no debería ser la coartada universal. El árbitro le enseñó la amarilla porque no existen las tarjetas naranjas. La jugada provocó revuelo, porque Valdo, un jugador de fina osamenta, se retorcía en el césped tan dolorido que luego tuvo que pedir el cambio.
Muy poco después de reanudarse el juego, Puñal (ay, los apellidos) se tomó la justicia por su mano, o más bien por su codo. El balón se perdía por una banda y el justiciero aprovechó la excusa para chocar con Roberto Carlos y soltar el brazo. Como el golpe resultó evidente y como la interpretación de Roberto en el césped fue conmovedora, el árbitro expulsó al navarro, aunque lo más acertado hubiera sido, otra vez, la tarjeta naranja. La preocupación por el estado del brasileño no duró mucho: antes de sacarse la falta consiguiente, ya estaba bromeando con Beckham.
Si no habláramos de deporte, Roberto Carlos hubiera merecido una condecoración, porque recién iniciada la contienda ya había herido a un enemigo y eliminado a otro. Por ser fútbol, su actitud no merece más que el sincero abucheo: la veteranía no es eso. Además, la pillería no favoreció en absoluto a su equipo, ya que lo metió un conflicto que no existía y en el que no supo desenvolverse. A partir de ese momento, lo que había sido un fabuloso despliegue de ambos equipos, con fútbol rápido y alegre, se convirtió en un ajuste de cuentas en el que el árbitro no era más respetado que el sargento Matute.
En toda esa pelea, ni el Madrid dio la impresión de jugar con un futbolista más ni pareció sacar ventaja por ello. A simple vista, pensamos, tampoco Osasuna salía muy damnificado, como si Aguirre fuera tan buen entrenador que le sobraran los futbolistas, al menos uno. Era asombroso, pero su equipo había rellenado el hueco del ausente sin modificar apenas el dibujo, todos juntos, todos corriendo juntos, basculando, ayudándose. Personalmente, creo que el hombre que se multiplicaba era el inconmensurable Webó, al que vi controlar con el pie balones que él mismo había despejado de cabeza. En el fondo, con ese apellido no sería nada extraño que tuviera un par.
Mientras Osasuna reaccionaba de forma encomiable a los imprevistos, el Madrid no conseguía sobreponerse, en parte porque la presión de su enemigo era asfixiante y no había mucho tiempo para pensar. En parte porque este equipo hace ya mucho tiempo que no juega al fútbol.
Guti, estupendo al principio (y al final), se enredó en infantiles vendettas que bien pudieron provocar su expulsión. El ardor de Sergio Ramos casi no se distinguía del fuego general. Y sin un centro del campo que los active, Robinho, Baptista y Ronaldo no pasan de comparsas. Y no debería ser así. La primera mitad se cerró sin una ocasión clara para ninguno de los dos equipos.
Amputados.
En la segunda mitad, Osasuna sintió que su hazaña podía ir más allá del empate. Pero tal vez sólo entonces se dio verdadera cuenta de que le faltaba un futbolista. Milosevic se había retrasado varios metros de la posición de delantero centro y, aunque su trabajo de contención en espera de ayuda era excelente, el movimiento dejaba al equipo sin rematador. Y el asunto era evidente cuando Osasuna se venía arriba, y lo empezaba a hacer con cierta frecuencia.
El paso de los minutos y el cansancio comenzaron a abrir algunos cerrojos y lo detectaron los entrenadores, que se reforzaron con pulmones nuevos. Deporte entró por Moha y Zidane por Robinho (o por su doble, ya no está claro). Como es fácil de comprender, salió ganando el Madrid. Y así debió percibirlo también el Bernabéu, que acogió al francés con las ovaciones con las que se reciben a los salvadores.
Y no le faltaba razón. En una situación que si se mantenía en tablas era por el esfuerzo al límite de Osasuna, la calidad de Zidane era un elemento desequilibrador, sólo había que esperar.
A falta de fútbol, quedaba la emoción. Baptista reclamó penalti por un agarrón en el área, aunque lo cierto es que se dejó caer un par de segundos después. Josetxo pudo marcar en un balón que quedó muerto en el área tras un rechace. Salgado hizo un penalti a Delporte que pasó inadvertido porque resultaba demasiado evidente, crudo, sin teatro, sin salto del ángel. Demasiado vulgar.
Poco después llegó el gol de Osasuna: Josetxo sacó una falta en la medular, el balón fue cabeceado por Muñoz, Helguera despejó mal y Milosevic, que había tenido tiempo de recuperar su posición natural, cabeceó a la red. Sólo de una jugada así podía haber llegado el tanto y así llegó.
Como era de suponer, el público se revolvió y por momentos hubo levantamiento en armas. Sin embargo, Soldado volvió a ser el salvador, no sólo del empate, sino en este caso de la revolución. El canterano remachó una extraordinaria asistencia de Zidane, que había aprovechado a su vez un gran pase de Guti en profundidad.
El público, que se entusiasma cuando le dan motivos, encontró uno. La gente adora a los héroes jóvenes y se entrega cuando su equipo lo hace. Y el Madrid sacó ese balón de la portería de Ricardo con el gesto de querer comerse el mundo y al Osasuna si se ponía de por medio; con ese mismo gesto que pone Raúl.
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No salió nada más de ese último acoso madridista, aunque no es poco sofocar un motín, o seguramente posponerlo, porque los problemas del Madrid, más obvios cuando el rival es un verdadero equipo, no los arregla un nuevo entrenador, sino una nueva planificación deportiva. Lo demás son parches.
Sinceramente, creo que es muy posible que el hermoso partido que nos hurtaron al cuarto de hora hubiera terminado de forma casi idéntica. Hubiera dado algo por recorrer esa banda, pero estaba Roberto Carlos.



