Diez mil llegaron tarde
Las obras provocaron el caos a las puertas del Calderón el domingo.


Domingo. 16:03. Los primeros atascos son en el metro. Línea 5. Pirámides. Madrid. En los vagones buscan sitio como pueden cientos de personas, bandera rojiblanca en ristre. "Obras". "Gallardón". Dos palabras se repiten casi airadas. Gallardón. Obras... Un runrún.
"Si es que no se puede. Cada domingo es más difícil. Llevo cuarenta años, cuarenta ¡eh!, viniendo al Calderón y ésta es la primera vez que lo hago en metro. Si esto fuera el Bernabéu ya habrían hecho algo, lo que fuera, para evitar semejante caos", carraspea Antonio Mart "y esto viniendo a pata porque, de aparcar, ni hablamos", trata de ironizar, pero no le sale. La marabunta tarda quince minutos en salir a la calle. Obras y Gallardón siguen repitiéndose entre dientes. "Antes la gente se repartía entre Marqués de Vadillo y Pirámides, pero una vez derruida la pasarela, todos vienen por aquí", reconoce un guardia de seguridad del metro.
Más que al fútbol, el rojiblanco va al Calderón para participar en una gymkana. Vallas. Cortes. Socavones. Polvo. Todas las pruebas en una: llegar al Calderón. A un lado, la Policía reordena el tráfico y responde paciente al conductor ("Pero, entonces, ¿por donde voy?" "¡Qué tengo que dar toda la vuelta!" "Y esto, dígame, ¿hasta cuándo?"). Al otro, bajo el túnel de la M-30, gestos de desaprobación a la polvoreda que levantan los caballos de los agentes. Cuando el partido entre el Atlético y el Espanyol comienza, en la grada, apenas hay 25.000 espectadores; fuera, 10.000; el colapso se concentra en el acceso sur y la puerta cuatro. "Parece que a Gallardón le molesta el estadio y quiere mandarnos a La Peineta o por las buenas o así, con las obras", critica uno. "Esto es un desastre, no se puede aparcar, hay gente por todas partes... Y la próxima ¿qué? ¿Brasas para caminar sobre ellas antes de entrar?".
Tarde y mal.
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El puente de San Isidro y el paseo de los Melancólicos se han convertido en los únicos caminos que llevan al Calderón. Punto de atascos y "mec-mec" desesperados. El rojiblanco, aún así, acostumbrado a sufrir, rumia entre dientes, pero asume. "Si hace un año venía un par de horas antes, ahora lo hago cuatro", valora Eudaldo Hervalejo. "Yo no tengo problemas porque vivo enfrente", señala Miguel Batule; "pero cada vez ponen más difícil venir al fútbol". "He llegado tres horas antes para aparcar, si no, imposible. Nunca ha sido fácil, pero al menos podías dejar el coche por ahí, en la M-30, ahora vete debajo del túnel, vete...", esgrime Antonio Perales. "La próxima vez vendré con arneses y calzado especial... nunca sabes lo próximo que te encontrarás por aquí", avisa Miguel García.
17:09. Calderón. Los aficionados siguen llegando en riada desde Pirámides. De pronto, un clamor ("¡Gol!") sale del estadio y la marabunta echa a correr, se cuela en los bares cercanos y ve por la televisión el golazo de Luccin que las obras y los atascos les han impedido vivir en el estadio. "Lo que yo me digo es: difícil está entrar, pero, y si tuvieran que evacuarnos, ¿cómo lo harían?", se pregunta Antonio Perales. Pero prefiere no pensar en la respuesta.



