Luxemburgo se hace el harakiri
Cambió a Beckham por Salgado y enfureció al público. Guti adelantó al Madrid y Carew empató de tacón. El técnico se la jugará en San Sebastián

Luxemburgo gana tiempo, pero tampoco mucho. El público del Bernabéu estaba ansioso por señalar a un culpable y él se ofreció voluntario. Pocos minutos después de que el Lyon empatara el partido, cuando reinaba la inquietud general, el entrenador retiró a Beckham, lesionado, y dio entrada a Michel Salgado. En un estadio como el Bernabéu ese cambio sólo se entiende de una manera, nadie atiende a consideraciones tácticas. Un defensa por un centrocampista significa falta de ambición, conformismo, miedo, pecados mortales porque esto es el Real Madrid y aquí se muere matando, más aún en un encuentro donde no estaba en juego la clasificación para octavos, sólo la victoria. O la derrota... y la destitución. Ahora lo veo más claro.
Pero ese cambio no sólo hería la sensibilidad de los aficionados, sino que también ofendía al sentido común. Desde el primer instante del encuentro, casi desde que se conoció la alineación, resultó evidente que el Madrid carecía de un rematador, por lo que se hacía inexplicable que el joven Soldado no tuviera una oportunidad.
Quizá apostar por el canterano le hubiera bastado a Luxemburgo para liberarse de los abucheos que siguieron o para repartirlos más ecuánimemente con el palco y el césped. Sin duda, fue una torpeza.
El enfado también se alimentó de la decepcionante actuación de Robinho, que en ese tramo final del partido era incapaz de salir bien parado de sus duelos directos con los defensas del Lyon y que finalmente optó por no arriesgar y ceder el balón al compañero más cercano. Cuesta creer que este sea el mismo futbolista que nos deslumbró en Cádiz un lejano 28 de agosto. Nadie pretende que fulmine a los contrarios con sus driblings, pero al menos debería intentarlo, porque si no explota su habilidad se queda en un futbolista menor, sin cuerpo y sin remate, sin apenas presencia.
Pero no quisiera hacer sangre con Robinho, porque el muchacho tiene sólo 21 años y probablemente sea víctima de la ansiedad y de la situación crítica que vive el equipo. Sin embargo, es significativo que el Madrid mejore cuando le faltan algunas estrellas y dé la impresión de poder progresar todavía más si otras se quedaran en el banquillo.
Ayer, sin Ronaldo ni Raúl, el Madrid completó una notable primera parte, al menos en cuanto al espíritu del equipo se refiere. Hubo movilidad y entusiasmo, frescura, garra, y si no un sistema definido, al menos un compromiso común. Supongo que también había mucho orgullo herido.
Volvió Zidane. El resultado de todo eso es que el equipo dominó con autoridad al Lyon, que se agazapó atrás con sorprendente tranquilidad, más por abulia que por temor, y renunció a presionar a su rival en la circulación del balón. En esa primera parte, Juninho, que es un futbolista maravilloso, estaba extrañamente ausente. Y justo lo contrario le ocurría a Zidane, que recuperaba el tono, seguramente ayudado por su posición más adelantada y por el respeto reverencial que le tienen sus compatriotas.
Sin embargo, el optimismo que despertaba el juego madridista se tropezaba con la ausencia de remate. Sólo Guti, que se movía con acierto como segundo punta, daba la impresión de tener pólvora en las botas. Por cierto, su polivalencia es una bendición.
Los primeros córners a favor del Madrid nos dieron pistas de cuál sería el camino más corto para llegar al gol: el balón parado. En esas circunstancias puntuales, el equipo sin remate se transformaba en un aluvión de rematadores concentrados en el área, algunos buenos cabeceadores como Ramos o Helguera, todos con el cuchillo entre los dientes. Si a eso se añade que esos balones parados los pone en juego Beckham, el peligro se multiplica: sus balones gritan cómeme.
Así se suponía que llegaría el gol y así llegó. En una buena contra del Madrid, Cris obstruyó a Robinho, que se marchaba al galope por la derecha. Beckham botó la falta y soltó el boomerang. Y el resto de la acción fue casi como un asalto de los Geos. La pelota rebotó en Helguera antes de que Guti zanjara la cuestión con un zurdazo que sonó como una patada en la puerta del Olympique.
El goleador lo celebró tapándose un ojo con la palma de la mano, dedicatoria para el preparador físico Pedro Chueca que me declaro incapaz de descifrar. Echo de menos los tiempos en los que los futbolistas saltaban y levantaban los brazos.
El gol hacía justicia al mayor interés del Madrid y mantenía al público en situación de descansen, pero con los rifles bien a mano. Conozco a un sector del madridismo, cada vez mayor, dispuesto a sacrificar una victoria si eso sirve para una catarsis mayor, para una purificación total. A eso hemos llegado.
Cambio de guión. En la segunda parte, los jugadores madridistas acusaron el cansancio y el Lyon se adelantó un paso y luego un par, y después tres. Los franceses, muy lentos, comenzaron a controlar el balón con suficiencia, pero con un estilo alejadísimo del fútbol champán que se les suponía.
Sin embargo, sus ocasiones empezaron a sucederse, muchas de ellas protagonizadas por Carew, un delantero difícil de catalogar, como otros de semejante estatura (1,98) porque cuando ya estás seguro de que es un tronco sorprende con una acción de cierta relevancia técnica.
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La entrada de Wiltord dotó al Lyon de una rapidez que no tenía y una de sus incursiones sirvió para poner el balón en los pies del gigante noruego, que se encontró en la frontal del área pequeña de espaldas a la portería de Casillas y sólo cubierto por Roberto Carlos (1,68). A Carew no se le ocurrió otra cosa que sacarse un taconazo que creó que pifió a medias y por eso le salió cruzado. Casillas, que no esperaba semejante exquisitez, hizo la estatua. El Madrid, últimamente, hace colección de goles dolorosos.
A falta de visitar al Olympiacos en Atenas, el Madrid ya sabe que será segundo de grupo y se medirá en octavos a un primero, con el partido de vuelta en territorio enemigo. Los pronósticos más morbosos apuntan al Inter de Figo. Pero eso queda lejos. Antes, Luxemburgo disputará su segunda final como entrenador del Madrid contra la Real Sociedad. Ayer salvó el match-ball, pero se proclamó primer culpable y ofreció una magnífica coartada para su despido. El palco respira. De momento.



