Iñigo, el número uno de su clase en Empresariales
El canterano empezó de portero, fue delantero y ahora es central.


Recibir el premio extraordinario fin de carrera por ostentar el mejor expediente académico de Empresariales (LADE) sólo es una muesca más en el currículum de Iñigo López (Logroño, 1982) porque el defensa del filial no sólo tiene una cabeza prodigiosa, sino que lo suyo, siempre, ha sido un ejemplo de superación constante.
Formado en las categorías inferiores del Villarreal y hermano de Jorge López (del Valencia), Iñigo antes que central era portero y lo fue durante seis años hasta que, en cadetes, le fichó Las Rozas. Al llegar, Iñigo pidió: "No quiero seguir siendo portero. A mí ponedme de delantero. Cuando era niño mis hermanos siempre me ponían en la portería, ¡ala!, a recibir pelotazos". Y ya se había cansado y, como en Las Rozas no le admitieron porque el club había fichado un portero y no un delantero, Iñigo se entrenó un año "con un grupo del colegio" y se presentó a las pruebas un año más tarde. Y sí, era bueno, le ficharon como punta para el Juvenil de primer año.
"¡No soy un empollón, eh!", explica risue "lo único es que yo creo en el trabajo y el esfuerzo. Mi madre, a quien dedico mi premio, me ha enseñado que todo aquello que empiece he de acabarlo". Le pasó en su cambio de la portería a la delantera y le pasó con la carrera. "El primer año fue el peor. Suspendí todas menos dos". Al siguiente, ya en Las Rozas, se sacó dos cursos en uno y alternó entrenamientos con estudios hasta obtener el expediente más brillante de su promoción en la Universidad María Cristina del Escorial, adscrita a la Complutense. "Sólo tenía que sacrificarme un poco: si había comida y todos se quedaban hasta las seis de la tarde, pues yo me iba a las cuatro a estudiar. El premio me sorprendió. No lo esperaba".
Selección.
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Sabe que, si por lo que fuera, el fútbol fallara, tiene "algo a lo que agarrarse". Este es su segundo año en el filial rojiblanco, aunque los colores los ha llevado adentro siempre. "Me viene de mi abuelo paterno y de mi padre", esgrime riendo; "me hice socio en el año del doblete y, la verdad, me sentí muy orgulloso cuando me ficharon". Llegó al B hace dos años y ya en el primero demostró que lo suyo es la superación. "En enero me rompí el quinto metatarsiano y hasta mayo no volví a entrenarme".
Hoy aquello está olvidado, Iñigo es una pieza indiscutible del B. Tiene físico, fuerza, velocidad y la virtud de no cejar nunca, jamás, ante nada. "Mi hermano me enseñó que en el fútbol lo difícil es hacerlo fácil. Y eso es lo que trato de hacer: trabajo, lucho, brego y me concentro por ser cada día un poco mejor". Por eso le gusta su técnico, Pepe Murcia, "porque cree ciegamente en el trabajo". Su ambición, la más alta: "la Selección española absoluta. A mí me han enseñado a maximizar objetivos, ¿no?". Pues eso.



