Agonizante racha triunfal
Nueva victoria del Madrid sin brillantez. Roberto Carlos marcó de penalti. Robinho falló una pena máxima. El Zaragoza estuvo reservón y timorato

El Real Madrid prosigue con su agonizante racha triunfal, esa que le lleva a sumar victorias y dejarse jirones de piel por el camino, como un caballo que rozara con su panza los obstáculos y aún así consiguiera ganar las carreras, herido pero orgulloso. Aunque todavía no se sabe si el equipo corre hacia los títulos o escapa del desastre, lo cierto es que ha llegado con la esperanza intacta hasta el parón liguero, ese oasis.
Desde aquí, y en las dos próximas semanas, el Madrid vivirá instalado en el optimismo y confiado en recuperar a los lesionados y reunir fuerzas suficientes para enfrentarse al Barcelona, rival que no se vislumbra como una amenaza, sino como una oportunidad, como si derrotarlo fuera un modo de apoderarse de sus superpoderes y de acortar la enorme diferencia que existe entre ambos equipos. En esa ensoñación el regreso de Ronaldo juega un papel fundamental.
Como en partidos anteriores, el triunfo ante el Zaragoza volvió a carecer de brillantez, lo que no significa que no fuera justo, porque si alguien tuvo verdadero interés en ganar fue el Madrid. La actitud de los visitantes, concretamente la de su técnico, pasó de la natural prudencia a la inacción imperdonable. Víctor Muñoz, que como entrenador ha cosechado en el Bernabéu siete derrotas y un empate, sólo se la jugó cuando se vio por detrás, cuando era manifiestamente tarde. En ese momento, dio entrada a Movilla, que en apenas once minutos hizo diez veces más que Celades en los 79 anteriores, incluido un cañonazo que repelió Casillas como si bateara un meteorito.
Ese último arrebato y un disparo de Diego Milito al larguero es lo único que se puede consignar en favor del Zaragoza, mucho más preocupado por no perder que por ganar y ya sabemos qué resulta de esos temores: siete partidos sin conocer la victoria y un buen equipo reprimido por mezquindades tácticas. Buen equipo, sí.
Aunque acabó como siempre, para unos y otros, el partido empezó bonito, con Luxa enfundado en un abrigo con cuello de visón que le hacía parecer el doctor Zhivago y con el Zaragoza vestido con colores que recordaban a los de la Juventus cuando visita el Bernabéu. Siempre he pensado que la estética tiene su trascendencia y que del mismo modo que los campeones suelen lucir hermosas y limpias camisetas, el descenso se lo suelen jugar equipos con publicidad en el trasero, y no la lleva el Zaragoza, por si se lo están preguntando.
A los cinco minutos, Woodgate cabeceó sin puntería un magnífico centro de Beckham desde la derecha. A los nueve, Sergio Ramos tampoco atinaba a dirigir su cabezazo. El centro provenía desde el mismo lugar y tenía el mismo autor: Beckham. A los doce minutos, Robinho ya había sido embestido dos veces por Gaby Milito, que es uno de esos defensas que marcan su territorio.
Esos primeros movimientos servían para extraer las primeras conclusiones: Beckham era el camino más corto hacia la portería de César y Robinho sería manteado; el Zaragoza esperaría acontecimientos.
Espíritu Ramos. Tácticamente, el inicio resolvía una duda (yo la tenía, al menos): Sergio Ramos posee calidad y capacidad de liderazgo suficiente para jugar en el centro del campo, no sólo fuera de casa, sino también en el Bernabéu. El sevillano, que se permitió el lujo de hacer una roulette para escapar de un par de enemigos, se descubrió como un fabuloso pasador en largo, cualidad que se añade a su desbordante entrega. Siendo su poder de adaptación una magnífica noticia, creo, sin embargo, que todavía está un poco verde para ser el conductor del Madrid.
Junto a Ramos, Diogo se movió con aplicación y aseo en el centro del campo, repartiendo balones y oxígeno, pero muy lejos de lo que debería ser un organizador en uno de los mejores equipos del mundo.
No había pasado ni media hora cuando Woodgate se lesionó en una jugada aparentemente inocua, sin escorzos ni rivales de por medio. Estoy por asegurar que en ese mismo instante, en Londres, Eriksson leía su nombre en la convocatoria de la selección inglesa. Dando por seguro que hasta el futbolista más desafortunado tiene una considerable fortuna, hay que admitir que Woody es víctima de un tozudo maleficio que exige un rápido exorcismo. Aunque la lesión no tiene relación con la que le apartó de los campos durante año y medio despierta los peores temores.
Mejía reemplazó al inglés y Luxa colocó al canterano durante algunos minutos en el centro del campo, para lo que retrasó a Sergio Ramos. Cuando comprendió su error, intercambió la posición de ambos jugadores. Me sorprende mucho que al entrenador le valga casi cualquier cosa en uno de los puestos primordiales de cualquier esquema: el pivote.
Poco después de la lesión de Woodgate llegó la primera contra con peligro del Zaragoza: Diego Milito controló una pelota en el área y se la cedió a Ewerthon, que tardó varios años en acomodar el cuerpo para fusilar a Casillas, de modo que Roberto Carlos terminó por robarle el balón y la gloria. De haber dispuesto Diego Milito de más suministros estoy por asegurar que se hubieran repetido más situaciones de peligro, pero la transición del Zaragoza era desesperantemente lenta, mortecina. Por cierto, es increíble que Víctor no planeara una mínima presión sobre el inexperto medio campo del Madrid
Más miserias. El choque viraba del interés inicial a la sucesión de desgracias: César era la última víctima, después de chocar con Alvaro, que debe ser como chocar contra un mercancías. Pese a lo evidente de sus achaques, Víctor no lo sustituyó.
En la segunda mitad, la desgracia rondó a Robinho, desacertadísimo en ataque, y víctima de un claro penalti que pareció cambiar su suerte, pero que la empeoró. Fue falta porque Toledo se apoyó en el hombro del delantero sin reparar en que el ariete es peso pluma y lo doblan las mariposas. Fue infortunio porque el chico lanzó la pena máxima y César despejó con cierta comodidad.
Y sin tiempo para digerir la jugada, Robinho fue objeto de otro penalti, también indiscutible, y que dice muy poco del oficio defensivo de Ponzio, que se lo llevó por delante sin que la acción pareciera peligrosa.
Entonces asistimos al meollo del encuentro. Robinho quiso tirarlo otra vez, e incluso jaleó al público para que le animara. Pero en ese instante Raúl habló con Roberto Carlos para que le quitara esa idea de la cabeza, y así lo hizo, después de hacérselo entender a su compatriota más a gritos que a susurros. La escena dejó un cierto aire de nerviosismo e improvisación y nos confirmó dos cosas: esta no es la primera reprimenda que recibe Robinho y Roberto Carlos debería tirar los penaltis. Cuando Roberto se puso delante del balón para patearlo las alternativas de César eran dos: susto o muerte. Y fue muerte. Y gol.
Luego vino la reseñada reacción de Zaragoza (la entrada de Movilla y Oscar), ese último agobio que resolvió como casi siempre un magnífico Iker Casillas y que maquilló la cara de un equipo que dejó pasar la oportunidad de recuperar la confianza en el mejor escenario posible.
Hay partidos en los que sólo se puede marcar de penalti y ayer se necesitaron dos porque uno no fue bastante. Pero los penaltis, que siempre son pitidos que provocan gran estruendo, no deberían servir como excusa al Zaragoza, que se metió solito en la cueva de la prudencia de la que nunca salen los visitantes del Bernabéu. De la misma manera, también sería un error que los buenos resultados le hicieran olvidar al Madrid su mal juego, porque aunque el mal juego no siempre acaba en derrota, conduce irremisiblemente a ella.
Para el Madrid, ya sólo queda el Barcelona en el horizonte. Quince días de optimismo, vacaciones en el oasis. La silueta de Ronie da una magnífica sombra.
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