Arnau sitúa al Zaragoza en estado de depresión
Ewerthon hizo la ventaja local y Edgar igualó de golazo

No hay peor mal para un equipo en estado de ansiosa necesidad que un portero dispuesto para la gloria. El Zaragoza se encontró en La Romareda con Arnau, quien ya avisó en el Camp Nou de que puede hacer tres o cuatro decenas de paradas en una sola tarde y quedarse tan ancho. No resultó tan profuso el Zaragoza como el Barça, claro, pero con tres o cuatro acciones de portero manopla Arnau frenó a un Zaragoza que genera ocasiones incluso jugando tan mal como ayer, pero no mete una. Así que anda en estado de depresión.
Tapia dijo que su equipo había tenido actitud ganadora, algo subjetivo porque en la segunda parte ramoneó bastante. Le bastó con una aplicación táctica notable en la primera (su presión sobre los flancos es de libro) para desquiciar a un Zaragoza que pierde argumentos con cada empate. Lleva ya siete. Ayer al equipo de Víctor le faltó frescura y armazón de juego. Movilla amontonó errores y el Málaga fue ganando espacio en los fallos locales, donde nadie daba un pase correcto. Couñago se pasó el partido callado y Salva habló, sobre todo, con Rubinos. También tiró una al palo.
Cambios. Cani se inventó el primer gol donde no había nada: le birló una pelota a Valcarce sobre la banda que pudo ser falta, entró al área más solo que la luna y ahí hizo una pausa sin pararse, como Butragueño: entre dos defensas le enhebró a Ewerthon un pase en la puerta del gol. Luego, a cinco minutos del intermedio, empataría Edgar con un zambombazo envenenado que César no vio. La segunda parte dibujó la frustración del Zaragoza, que logró más dinamismo con Celades y acumuló tres opciones más que Arnau le negó a Savio y Ewerthon. Cani tuvo la última pero tampoco la hizo. A esas horas Arnau ya era un tótem psicológico para los locales.
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El guardameta del Real Zaragoza dejó el campo de juego a la carrera nada más oír el pitido final de Rubinos Pérez y se encaminó al Hospital Clínico de Zaragoza. Allí su esposa María se disponía a dar a luz al segundo hijo de la pareja, un niño que alegró la decepción del empate.




