Primera | Real Madrid 1 - Valencia 2

El árbitro se coló en la fiesta

Victoria del Valencia en un gran partido. Daudén fue lo peor del choque. Incomprensible expulsión de Beckham. El Madrid acabó con nueve.

<b>PARADÓN </b>Cañizares, que es todo un veterano, centró la ira del respetable y estuvo durante todo el partido provocando a la afición madridista. En sus intervenciones estuvo irregular, pero demostró que todavía le queda algo de lo buen portero que fue.
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Hay partidos que bien podrían jugarse sin árbitro, como en el colegio, como los domingos por la mañana, en el campo de tierra. Cualquiera que haya participado en esos encuentros sabe que es extraño que se produzcan incidentes y que intimida más la recriminación de un compañero que una tarjeta en las narices. Ojalá el de ayer hubiera sido uno de esos partidos, pero con el estadio lleno y dos brillantes ejércitos a los lados. Natalie Portman hubiera lanzado la moneda y la autoridad hubiera sido reemplazada por el sentido común. Ojalá, porque pocas veces he visto estorbar tanto a un árbitro, hasta el punto de que sobró todo aquello que hizo, sus decisiones, su chulería en los postres, su manera de inmiscuirse en una batalla formidable y su forma de asomar la cabeza en el marcador final.

Que nadie me malinterprete: no pretendo decir que el Valencia ganara por el árbitro, no creo que fuera así, aunque el simple análisis de los hechos indique que el gol de la victoria lo consiguió al transformar un penalti que no fue. Me resisto a pensar que un tipo de negro pueda ser más influyente en el juego que dos grandes equipos con tiempo y categoría para reponerse a sus desvaríos. Lo que me irrita es que otra vez un colegiado se nos cuele en la fiesta y nos desvíe del buen fútbol, y ayer hubo mucho. Me desespera encontrarme, por fin, con un gran partido y que lo toquetee un árbitro hasta llenarlo de huellas dactilares que me recuerdan su cara, el asunto me crispa, qué quieren.

Pero si conseguimos liberarnos del árbitro, de su jaleo final, admitiremos que lo que se vio ayer fue un estupendo choque que no hizo sino engrandecer a los contendientes y del que el Madrid sale sin puntos, pero con el orgullo intacto. Y no sólo por su incansable esfuerzo, por su buen tono general, sino por la talla de su enemigo, el Valencia ha vuelto, Aimar también, y Vicente.

Aunque la segunda mitad no fue desdeñable ni carente de miga, lo cierto es que el choque se resolvió en la primera parte. Lo más sobresaliente de esos primeros 45 minutos fue todo sin excepción, porque estuvieron plagados de un sinfín de peripecias. Del primer al último instante. De hecho, la primera acción reseñable fue una tarjeta amarilla a Pablo García a los 18 segundos. El uruguayo se la ganó por entrar a Baraja con los tacos por delante y desde entonces anduvo por el campo en libertad condicional.

En los cinco primeros minutos se registraron tres disparos a portería que se fueron altos, pero que bien pudieron no volar, y en el séptimo minuto Cañizares protagonizó una jugada que empezó surrealista y terminó pecaminosa. El portero quiso atrapar un balón llovido del cielo que seguramente se perdía por la línea de fondo y olvidó que sus licencias terminan en el área. En situaciones así uno recuerda aquella plegaria del Di Stéfano entrenador a un guardameta negado: "Las que van dentro no me preocupan, pero por favor no se meta usted las que van fuera". La salida de Cañizares provocó la falta que dio origen al penalti de Moretti, que tenía agarrado a Sergio Ramos cuando el central cabeceó. Aunque el madridista también sujetaba a su marcador, lo cierto es que Ramos fue el único de los dos que hizo por jugar la pelota; Moretti ni miró el balón.

Entre que Zidane chutó flojo y Cañizares no se tiró, sino que se descolgó (al más puro estilo Zubizarreta), la pelota tardó un rato en golpear el palo y buscar cobijo entre los muchachos de la prensa. Penalti fallado, las espadas en alto y la polémica contenida, de momento. Por cierto, el paso del tiempo es cruel con los deportistas de primera línea, los ridiculiza.

El ritmo

El Valencia se adelantó cuando el Madrid parecía tener más controlado el choque, lo que no era poco controlar, porque insisto en que el partido era fabuloso. Fue en un magnífico lanzamiento de falta que botó Baraja. La pelota entró por la escuadra sin que Casillas tuviera tiempo de volar siquiera, y no se recuerdan muchos tiradores que dejen a Iker con los dos pies en el suelo.

El gol no aminoró el ritmo de una pelea sin respiro porque a las acometidas de uno se sucedían las del otro. El Madrid, en su empeño, dejaba demasiado campo libre entre su ataque y su línea de defensas, apoyada únicamente por Pablo García. Y ese espacio era un regalo para Aimar, principal ingeniero de las contras visitantes, perfectamente secundado por Vicente y Villa.

Pese a tener esa espada sobre su cabeza y pese a sufrir al filo de la media hora los mejores minutos del Valencia, el Madrid logró empatar gracias a una de las pillerías típicas de Raúl. Roberto Carlos sacó de banda, el capitán controló con el muslo y sin dejar botar la pelota voleó con más intención que fuerza. Empate, nuevo mundo, idéntica intensidad.

Pero por si no fueran bastantes los alicientes, el árbitro se imaginó en el minuto 39 un penalti en el área del Madrid. Sergio Ramos salió al paso de una incursión de Aimar y el centro del argentino golpeó primero en el costado del defensa y luego en su brazo, que no estaba estirado, sino cercano a su cuerpo. Acción involuntaria que sólo hubiera podido impedir la amputación del miembro, y no es plan. No creo que a los árbitros les falte conocimiento del Reglamento, sino anexos que se lo expliquen, es evidente que no lo entienden. Villa transformó la pena y puso por delante a su equipo.

En la segunda mitad, el Madrid hizo su asedio más agobiante y el Valencia dio un paso atrás y apostó con mayor claridad por un contragolpe que finiquitara la faena. Muestra de que el cerco se estrechaba es que Soldado relevó a Zidane. Y consecuencia del entusiasmo local es que hasta Robinho terminó por contagiarse hasta recuperar, en un par de jugadas, su mejor perfil. Fue necesario que corriera, amagara y regateara. Es incomprensible que no lo intente más veces.

Ejemplo del frenesí que se vivía en el campo es que en el minuto 80 Sergio Ramos estuvo a punto de marcar de cabeza e inmediatamente después salvó bajo palos un remate de Villa tras un maravilloso pase de Aimar. Luego vino el lío. Gravesen, que salía para proteger a Pablo García, fue justamente expulsado por una entrada absurda a Vicente. Fue tan claro que creo que se hubiera marchado solo, por eso digo que no hizo falta el árbitro.

La afrenta.

Poco después, Daudén amonestó a Beckham por protestar, pero lo peor no fue eso. Lo peor es que, con el inglés girado, fue el colegiado quien buscó al jugador y no viceversa, para acabar castigándolo con la roja por aplaudir su decisión. Lo curioso es que ese mismo árbitro vengador había pasado por alto en la primera parte unas protestas del amonestado Albelda, que llegó incluso a aconsejarle que se pusiera gafas con un gesto inequívoco. En ese caso no se sintió molesto, tal vez las necesite.

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Me he referido en el primer párrafo a la actriz Natalie Portman y sería injusto no volver a mencionarla, más aún cuando la considero causa de la inspiración general e incluso de la chulería arbitral. La muchacha, arrebatadora, estaba en el palco porque rueda en Madrid Los fantasmas de Goya, película en la que ejerce de musa del pintor. También se esperaba, aunque no se le vio, al camaleónico Javier Bardem, que hace de avieso monje en el film y no de Goya, papel que corresponde a un actor sueco con cara de entrenador del Rosenborg.

Pues ni aún sirviendo de inspiración hubo quien le dedicara un gol a la bella; personalmente, de haberlo logrado, me hubiera dirigido al palco y, con una aparatosa reverencia, hubiera simulado quitarme un sombrero de plumas de marabú, pose galante que hubiera mantenido hasta que mis compañeros me rompieran la espalda. Claro que es muy probable que el árbitro me hubiera expulsado por mostrarle la retaguardia o por quitarle a la musa.

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